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Lun

01

Sep

2008

Crónica de un despropósito PDF Imprimir E-mail
«Crónica de un engaño». Este podría ser el título de un libro que cuente las maniobras del actual alcaide del Alcázar, Antonio Rodríguez Galindo, para impedir que la colección de cerámica trianera donada por Vicente Carranza a Sevilla se instale en las cinco salas del Alcázar restauradas para ello. Esta negativa significa, en la práctica, cerrarle literalmente las puertas de la ciudad a la mejor colección de barros vidriados de Triana que hay en España. Galindo está a punto de salirse con la suya y provocar que los sevillanos pierdan para siempre este extraordinario «patrimonio de la Humanidad» - como dice Carranza-, realizado en Triana.
La historia de este engaño y rechazo es un escándalo de consecuencias culturales muy tristes para Sevilla. Su narración detallada daría para un documental de varios capítulos nada difícil de recrear. Existen los escenarios reales: el Alcázar, el restaurante, la tienda de antigüedades, las calles y plazas céntricas y otros muchos detalles urbanos; viven los testigos y están los documentos: los de tipo oral, los escritos, las cartas y los publicados. Y también se hallan archivadas, de momento, las actas.
Todo ello existe para demostrar que Antonio Rodríguez Galindo aceptó en el año 2004 el compromiso por el que el alcalde, Alfredo Sánchez Monteseirín; el anterior delegado de Cultura, Juan Carlos Marset, y Patrimonio Nacional, acordaron destinar cinco salas del Alcázar, cerradas y si uso, a museo de cerámica trianera de la Colección Carranza; salas que llevarían el nombre de Miguel Ángel Carranza, el hijo fallecido del coleccionista. En este acuerdo medió la Dirección de ABC de Sevilla, coincidiendo con los actos de 75 aniversario de la fundación de este diario. Fue entonces cuando el alcalde, Alfredo Sánchez Monteseirín, envió una carta al duque de San Carlos, presidente de Patrimonio Nacional, solicitándole el uso de las cinco salas que hay encima del Cuarto del Almirante para instalar allí de forma permanente la Colección Carranza.
Al duque de San Carlos le pareció muy buena la idea del museo, y como presidente de Patrimonio Nacional, permitió que se retiraran los viejos enseres que allí había, de manera que se pudieran llevar a cabo las obras necesarias para la instalación de las piezas de cerámica. Se conservan las cartas y sus copias. Pero lo más curioso es que Galindo, entonces consejero delegado del Patronato del Alcázar, se implicó en el proyecto y llamó a Vicente Carranza para darle su conformidad. Galindo siguió de cerca la restauración de las cinco salas del museo, pero antes, cuando el entonces director del palacio, José María Cabeza, recibió las llaves, el Ayuntamiento invitó a Vicente Carranza al Alcázar para que conociera sus salas, y allí fue recibido por Antonio Rodríguez Galindo. Todo está documentado.
Esta es la crónica resumida de cómo Galindo se «adueñó» de las cinco salas del Museo Carranza, aprovechando la cesión que Patrimonio Nacional había hecho para la donación de las piezas de cerámica. Seguramente vio las puertas abiertas para hacerse de unas estancias que llevaba tiempo reclamando para otros usos. Y utilizó a Vicente Carranza.
Los momentos felices
22 de abril de 2004. Ese fue un día muy feliz para Vicente Carranza, pues recibió la buena noticia del acuerdo municipal de destinar las cinco salas del Alcázar a su colección.
17 de junio 2004. El generoso coleccionista estaba siendo entrevistado por Radio Daimiel,cuando recibió una llamada de Sevilla. Era la secretaria de Galindo:
-Llamo de parte del señor don Antonio Rodríguez Galindo, teniente alcalde de Sevilla, para comunicarle que el tema del museo de cerámica está prácticamente aceptado, y que don José María Cabeza dispone ya de las salas.
Es de suponer la emoción que sintió Vicente Carranza, que por fin veía que sus cerámicas trianeras, sus favoritas, se quedaban en el Alcázar de Sevilla, tras ocho años intentando donarlas a esta ciudad.
28 de septiembre de 2004. Otro día muy especial y de grato recuerdo para Carranza. Fue el día que vino a Sevilla en calidad de benefactor, concretamente al Alcázar, por invitación del Ayuntamiento. Su mujer estaba enferma y le acompañó Ángel Sánchez Cabezudo, toledano, e investigador y coleccionista de cerámica. Allí, en el Patio de la Montería, fue recibido por Antonio Rodríguez Galindo y el entonces director y conservador del palacio, José María Cabeza. Al grupo se habían unido, entre otros, dos historiadores expertos en cerámica: el profesor Alfonso Pleguezuelo, el mejor conocedor de la colección de Carranza y comisario de varias de sus exposiciones, y Anthony Ray, del Victoria and Albert Museum de Londres.
Rodríguez Galindo se dirigió a Carranza y le dijo:
-Ahí están las salas. Ya puedes empezar a preparar el museo.
Galindo mostraba decisión y confianza. Enseguida ordenó preparar el proyecto y mostró su intención de firmar cuanto antes. Y Carranza le preguntó:
-¿Conoces el contrato que envié al Ayuntamiento?
-Sí, lo conozco
-¿Y sabes que he pedido que las salas lleven el nombre de mi hijo?
-Sí, lo sé
Seguidamente, Galindo les enseñó a Carranza y a sus acompañantes las cinco salas del Museo de Cerámica, situadas encima del Cuarto del Almirante, antes de que fueran restauradas.
Nunca olvidará el prestigioso coleccionista aquella visita a Sevilla en día tan luminoso. José María Cabeza y Galindo se quedaron en el Alcázar y Carranza invitó a almorzar a sus acompañantes y amigos a un restaurante del Postigo. Hablaron, claro está, de cerámica, pasearon por la calle Tetuán y se fotografiaron junto a los azulejos del Studebaker, del pintor y ceramista Orce. Luego pasaron un buen rato en la tienda de antigüedades de Antonio Plata, en la calle Placentines, de donde proviene una parte de la cerámica que ha donado a Sevilla, como las estupendas 14 piezas de su Vía Crucis del siglo XVIII.
Vicente Carranza cogió el AVE y se fue satisfecho a Madrid. Iba con la ilusión de un niño, entusiasmado con que todo fuera adelante y confiando en el compromiso del Ayuntamiento y en la palabra del actual alcaide del Alcázar. Carranza es persona de palabra y en ningún momento dudó de lo que le habían prometido.
Alfonso Pleguezuelo empezó a trabajar en el proyecto del museo y Vicente Carranza se dedicó a poner a punto las piezas y a restaurarlas. Se gastó una fortuna en ello.
Por su parte, José María Cabeza se encargó de la restauración de las cinco salas, lo cual no fue nada fácil, por deficiencias de estructura que presentaban, entre otros problemas.
Se descubre la maniobra
25 de febrero de 2005. Cinco meses después de la bienvenida oficial que Galindo dedicó a Carranza en el Alcázar, las cincos salas altas de Cuarto del Almirante ya estaban completamente restauradas. Galindo mostró esas salas, que suman casi 500 metros cuadrados, y no pronunció una sola palabra sobre la Colección Carranza, que era el verdadero motivo por el que se habían acondicionado. En sus declaraciones, Galindo parecía el protagonista que había hecho posible que se ganaran esos salones para el palacio. Y se limitó a decir: «Lo que no podemos es tener salas cerradas ni tampoco infrautilizadas o a medias. El Alcázar necesita espacio porque además va a ir incrementando sus actividades». Pero entre esas actividades no figuraba, como luego se vio, el Museo de Cerámica de Carranza. Galindo había conseguido aprovechar el nombre del donante para «adueñarse» de las cinco salas del Museo.
Mientras tanto, en estos cinco meses, el bueno de Vicente Carranza seguía sin recibir noticia alguna de Sevilla: ni una carta ni una llamada. Pero él tenía la esperanza de que se cumpliera el acuerdo municipal y no olvidaba las palabras e instrucciones que le dio Galindo el 28 de septiembre de 2004, en presencia de seis persona, seis testigos. El coleccionista de Daimiel lo tenía todo ultimado para trasladar las piezas al Alcázar, y Alfonso Pleguezuelo empleaba buena parte de su tiempo en cumplir el encargo del proyecto del montaje del Museo Carranza, como comisario.
Primavera del 2005. Los miembros del Consejo del Patronato del Alcázar visitaron las cinco salas del Museo Carranza para interesarse por las obras de restauración que allí se ejecutaban. La parte estructural ya estaba lista, pero faltaban algunas instalaciones y el acabado final. Carranza seguía sin recibir novedades de Sevilla, y eso le preocupaba.
23 de septiembre de 2005. Se inaugura la muestra itinerante «El Quijote de Carlos III» en las cinco salas del Alcázar destinadas al Museo Carranza. Ya no había ninguna duda de la actitud de Galindo y el desprecio con que trató al donante Vicente Carranza durante más de un año. Ni una llamada. Ni una sola palabra. Todo se hizo a sus espaldas, y el coleccionista sufrió un gran revés al enterarse. No podía creerlo, porque eso significaba una sucesión indefinida de exposiciones pasajeras, que no dejarían ni un resquicio de entrada a su donación. Galindo ha intentado aburrir a Carranza con su estrategia y su silencio, pero no ha conseguido acabar con su infinita paciencia. A Carranza le da fuerzas la memoria de su hijo fallecido, enamorado, como él, del pincel suelto e inimitable de la cerámica de Triana. Han sido muchos los viajes a Sevilla con él y su mujer en busca de azulejos. A Carranza le anima hojear las más de mil dedicatorias que le escribieron los sevillanos en el libro de oro de la gran exposición de 1996, celebrada en el convento de San Clemente.
Cuando después de un año y medio preguntó en Sevilla por el museo prometido le contestaron únicamente que lo habían rechazado porque el proyecto presentado por Alfonso Pleguezuelo no se ajustaba al presupuesto que ellos tenían . Presupuesto, por otra parte, irrisorio, comparado con el de otras exposiciones itinerantes que han pasado por esas salas. En realidad, fue solo un pretexto para negarle lo que le habían prometido.
El profesor Pleguezuelo, catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Sevilla, había ido varias veces al Alcázar para medir las salas, después de la restauración.
Pero todo fue una farsa. Vicente Carranza fue burlado. Hay un acuerdo y una promesa que siguen sin cumplirse, pero hasta el día de hoy ni siquiera existe en el Alcázar el expediente del inicio de la exposición permanente de la Colección Carranza. Tampoco hay constancia de que el proyecto del profesor Pleguezuelo pasara por el Consejo del Patronato del palacio.
Las salas que estaban destinadas al Museo Carranza llevan varios meses cerradas y la última exposición temporal se ha montado en el salón alto del Apeadero, donde tradicionalmente se celebraban estas muestras pasajeras.
Las otras donaciones de Carranza hace tiempo que se exponen en el Museo de Santa Cruz de Toledo y en el de Daimiel, mientras Sevilla está a punto de perder, a favor de otras ciudades, el regalo más valioso que el donante manchego ha reunido durante más de medio siglo: la cerámica de Triana.
(ARCHIVO ABC) Artículo de PABLO FERRAND en ABC
 
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