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Ene

2014

EL ÚLTIMO CUARTO DE DON MIGUEL MAÑARA PDF Imprimir E-mail

ABC SEVILLA / 28/12/2013

AURORA FLÓRES

La Hermandad de la Santa Caridad abrirá a principios de 2014 las estancias en las que don Miguel Mañara pasó los últimos años de su vida y en las que murió el 9 de mayo de 1679 con una fama de santidad que atrajo a toda Sevilla a las puertas del Hospital. El paso de los siglos, la confusión de la historia, el mito y la leyenda, el olvido y la inercia propia de la ciudad relegaron al Venerable Sier vo de Dios, cuyo proceso se abrió inmediatamente, sólo un año después de su f allecimiento, a l os meandros del recuerdo colectivo de los sevillanos, circunstancias unidas que restaron valor, importancia y relevancia a la enorme figura y labor de un laico que dejó todo por servir a Dios y a los demás, a los más necesitados, a los que nada tenían, a la «suma vejez» abandonada, en un empeño acérrimo de un auténtico pionero de la acción social en el seno de la Iglesia y un carisma que siguen vivos en el seno de la hermandad, que, puede decirse, refundó y dotó de su mayor obra: el hospicio, hoy residencia que acoge a más de ochenta ancianos.

 

Hasta ahora estas estancias que ocupó Mañara estaban cerradas a las visitas públicas y la Hermandad, con esta apertura «a todos los fieles sevillanos» quiere recuperar y reactivar la memoria del que fue llamado «padre de los pobres», inmerso en un proceso hacia los altares que se abre y se cierra y que, en este momento, está a la espera de un milagro. El camino es claro, sólo se producirá si hay fieles y devotos que encomienden sus peticiones a Miguel Mañara.

Para subir a las dependencias de don Miguel primero hay que presentarse con él a las puertas de la Hermandad de la Santa Caridad —que hunde sus raíces en la Edad Media—, en cuyo dintel hoy, tras su paso por ella, sigue luciendo la leyenda «Domus pauperum scala coeli» —Casa de los pobres escalera al cielo—. De todos es sabido, y si no hay que recordarlo, que este caballero de Calatrava, aristócrata, descendiente de ricos mercaderes de origen corsos, ingresó en esta Hermandad —dedicada a dar cristiana sepultura cadáveres de ajusticiados y ahogados, a los que morían en la calle— tras la muerte de su esposa y de haber sufrido una profunda crisis y no menos hondas transformación y conversión. Era el año de 1662. Menos de un año después, el 27 de diciembre —fecha de la que ayer se cumplieron 350 años— Mañara sería elegido hermano mayor. Hasta su muerte, en 1679, el Venerable Siervo de Dios hizo una labor difícilmente i gualable, tanto espiritual como materialmente. Su «Discurso de la verdad» sigue vigente, pujante, entre los viejos muros de la Santa Caridad, su mística y su doctrina pueden leerse en las obras de arte del panorama iconográfico con lo mejor del Barroco que dejó en la iglesia de San Jorge.

Allí, en ese espacio en el que se funden arcos de las Atarazanas Reales, quiso don Miguel Mañara vivir entre sus acogidos. Dejó su casa palacio de la calle Levíes, se acercó físicamente a la obra de su vida en una casita en la plaza de la Contratación. Pero no era suficiente y solicitó oficialmente en Cabildo licencia para residir en el hospicio en 1677 en un tiempo de nueva epidemia de peste, hambre y miseria. Llegó libre de ataduras materiales tras ir repartiendo sus bienes y llevando aquellos ocho rosales inmarcesibles que hoy perviven en el patio detrás de la Sacristía desde el que se ven sus estancias, donde fueron colocados en 1920, rodeando una columna con un busto suyo, obra de Antonio Susillo.

En la Positio super virturibos de 1971, elaborada por Francisco Martín Hernández, profesor de Historia Eclesiástica de la Facultad de Teología de la Pontificia de Salamanca, se halla la descripción, recopilada de los testimonios de quienes conocieron al Venerable en la primera apertura de la Causa, de la celda «muy sencilla y humilde, pegada a la iglesia y a las enfermerías... poca cosa tenía en ella «la cama, como la de los demás», de tablas y cubierta de un paño de jerga», «la cortina de la alcoba, de estameña frailuna, tan rota y llena de abujeros que parecía una red», «un santo Cristo de marfil», «dos sillas viejas de baqueta y dos de paja y algunos libros de devoción».

Hay certeza de que las estancias que se abrirán fueron las de don Miguel, pues, según la información que nos facilita Victoriano Valpuesta, hermano e integrante de la junta para la Beatificación, en el segundo proceso diocesano de la Causa, en el archivo, se encuentra un documento singular en el que se lee (con ortografía actualizada): «habiendo caído un desconchado de la pared este año 1765, se halló un letrero del tenor siguiente: Este cuarto, alcoba y escalera, es del Señor Fun-

dador de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo y los pobres».

En 1837 se colocó una lápida conmemorativa en que fue oratorio privado de las Hermanas de la Caridad durante más de cien años en el primer piso entre la iglesia y las enfermerías. Una escalera interior lleva a dos piezas sobre la sacristía y frente al patio. Éstas están comunicadas. Se arreglaron en 1957 y fueron bendecidas por José María Bueno Monreal, a la sazón arzobispo de Sevilla después de una misa rezada en la iglesia. «Signo evidente —apunta Valpuesta— de su importancia espiritual, y así se confirmó en un comunicado del hermano mayor», que decía que las habitaciones «quedarán abiertas para que, visitadas por los fieles, exciten la devoción hacia el Venerable Fundador del Hospital».

La escalera interior a la que hemos hecho referencia fue mandada construir por el propio Mañara para tener acceso directo a la Iglesia, donde desde el 29 de diciembre de 1678 pudieron tener el Santísimo Reservado y los Santos Óleos, un acontecimiento que se celebró en la Caridad con fuegos y luminarias en «el día más alegre que ha tenido, ni podía tener nunca esta santa casa». Por ella descendía cada día y cada noche varias veces don Miguel para postrarse ante Jesús Sacramentado.

Ahí, en esas sencillísimas y austeras estancias, pasó don Miguel los últimos años de su vida, ya enfermo, con «fuertes dolores de cabeza y vómitos de sangre», dedicado a la oración y a la contemplación y a la atención a esos pobres que llegaban a las puertas de la Caridad, con «alforjuelas» con «tronchos de hortalizas y otras cosas inmundas que recogían en la calle y hasta pedazos de carne de gato», como narró en un cabildo; repartiendo pan a los necesitados en plena calle, junto a su gran amigo, el cardenal Ambrosio Spínola justo hasta antes de su muerte.

Fallecería don Miguel a los 52 años, en la antevíspera de la Ascensión, con «ansias de ver a Dios». Pidió que en su cabecera estuvieran dos pobres del hospicio, la lectura de su Protestación de Fe , dio las disposiciones de su mortaja y enterramiento, que pusieran su cuerpo «sobre una cruz de ceniza, los pies descalzos, descubierta su cabeza... que fuera llevado su cadáver en las andas de los pobres, «sin pompas ni músicas», que le dieran «sepultura terriza en el pórtico exterior de la iglesia» con una lápida en la que pusiera «Aquí yacen los huesos y cenizas del peor hombre que ha habido en el mundo. Rueguen a Dios por él». En su testamento repartió lo poco que ya tenía para «sustento de los pobres enfermos y leña para que se calienten los pobres peregrinos», y hasta su camastro, para Ana Jiménez, una «pobre viuda que vive en Triana».

 
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