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Ene

2014

LA LUZ DE UN INSTANTE PDF Imprimir E-mail

EL MUNDO / 16/1/2013

JUAN MIGUEL VEGA 

El ser humano sólo ha sido capaz de hacer un milagro desde que plantara sus pies sobre la faz de la Tierra y se adueñara de ella: inventar la fotografía. Volar por el cielo, salir de la atmósfera escapando de la gravedad para llegar hasta la Luna, sumergirse en los océanos o escalar las más altas montañas desafiando feroces presiones no son más que meros alardes, punto menos que deportivos. Componer una sinfonía, pintar Las Meninas, escribir un soneto o labrar la agonía del Laocoonte y sus hijos al ser devorados por las serpientes no son sino sofisticadas manualidades, que, en efecto, pueden resultar admirables, subyugantes incluso, pero en ningún caso comparables con el prodigio de parar el tiempo, de detener el insobornable correr del reloj hacia el borde del abismo definitivo que logra la fotografía. Si en ese prodigio media además el arte, estaremos sin duda ante un acontecimiento definitivamente sublime: un milagro.

 

Ningún artificio consigue estremecer del modo que lo hace una simple fotografía, ese pequeño fragmento de papel donde quedó, vivo para siempre, un instante de la existencia; una sonrisa, un gesto, una mirada. No es cuestión de repetir aquí, aunque inevitablemente he de hacerlo, que una imagen vale más que mil palabras.

No hay mejor ni más épico relato sobre la construcción de la ciudad de Nueva York que esa fotografía donde se ve a once obreros que trabajan en la construcción del Rockefeller Center mientras descansan, sin mostrar el menor atisbo de vértigo, sentados sobre una viga que se eleva, aparentemente en vilo, a decenas de metros sobre Manhattan; por supuesto, ninguno lleva sujeción de ningún tipo; uno de ellos incluso agarra con la mano izquierda algo que parece una botella de ginebra.

También la Sevilla moderna, la que fue extendiéndose por las tierras de labor de los contornos tras desbordar sus viejas murallas, cuenta con valiosas crónicas fotográficas de ese mismo tipo que igualmente podrían ser símbolos de nuestra ciudad. Imágenes de Serrano,CubilesGelán Manuel de Arcos que son mucho más que simples retratos gráficos; son narraciones sentimentales de un tiempo que, en virtud del milagro obrado por las cámaras de aquellos fotógrafos, nunca se irá del todo.

Hasta finales de este mes podremos admirar una buena muestra de ellas en la exposición Camino a Nervión que la Delegación Municipal de Cultura ha instalado en el palacio de la Buhaira. Sus promotores andan pensando en grabar las conversaciones que esas fotos provocan entre quienes las ven, tan desgarradoras resultan.

Desde una de esas fotos, acaso la más sencilla de todas, nos miran sonriendo dos mujeres anónimas que vienen paseando por el antiguo bulevar de Eduardo Dato en un eterno atardecer del invierno de 1959. Esa foto, como otras muchas que también verán allí, nos cuenta una historia distinta a cada uno; la historia que remueve dentro de nosotros el único milagro que ha sido capaz de obrar el hombre: preservar de las garras del tiempo la luz de un instante.

 
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