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Lun

01

Sep

2008

El alcaide permite varias colecciones permanentes en el Alcázar menos la de Carranza PDF Imprimir E-mail

La posibilidad de que la Colección Carranza de cerámica trianera no se quede en Sevilla es cada vez mayor, a favor de otras ciudades de tradición alfarera que tienen la mirada puesta desde hace años en este patrimonio único. Muchos pagarían por tenerla. Y aquí, si no se remedia, en muy poco tiempo esta joyas nacidas en Triana podrían pasar para siempre al museo de Santa Cruz de Toledo, a Talavera, a Madrid, a Valencia o a cualquier lugar culturalmente serio donde sean bien recibidas, valoradas y cuidadas. Será el momento en que el propietario tire la toalla después de más de una década de promesas incumplidas.

La experiencia negativa de los últimos años pone de manifiesto que el alcaide Antonio Rodríguez Galindo no tiene el menor interés en que estos barros vidriados que integran la mejor colección privada de España en su género recalen en el Alcázar; y ello pese a los acuerdos que se han ido tomando en el Ayuntamiento desde el año 2004, después de que el propietario, Vicente Carranza, llevara ocho intentando que le aceptaran las piezas -más de un millar- que ha reunido durante cincuenta años. Nadie en esta ciudad entiende el cambio de actitud de Rodríguez Galindo, que dijo sí hace cuatro años, y desde hace al menos tres se opone a que se materialice esta donación, bloqueando su entrada en el Alcázar y privando de su contemplación a los sevillanos y a los numerosos turistas que visitan el palacio real sevillano.

Han de haber razones que no conocemos, porque la última que Rodríguez Galindo ha dado a ABC se cae por falta de consistencia. Galindo rechaza la cerámica de Carranza «porque no es una colección intinerante». Y con este pretexto priva a la ciudad de un regalo excepcional por el hecho de ser un legado permanente, y al mismo tiempo olvida que, desde su origen, el Alcázar es un museo plural en el que se exponen desde hace siglos diversas colecciones permanentes como la de los tapices del salón del mismo nombre. En este sentido, el profesor Rafael Cómez recordaba ayer que en el Alcázar existen otras colecciones permanentes como la de abanicos antiguos en una de las salas adyacentes al Cuarto del Almirante. Cualquiera que visite el Alcázar puede ver las vitrinas donde se exhiben los abanicos y un rótulo en la pared que dice así: «Exposición de abanicos antiguos. Donación de Dª. Gloria Trueba Gómez. 1997». Once año lleva esta interesante colección que Rodríguez Galindo considera que no es permanente. Y doce, los azulejos que se muestran en el patio y salas de la Casa del Asistente: 222 azulejos, en su mayoría del siglo XX, que siguen allí expuestos, como colección estable, gracias a Enriqueta Vila, que tomó esta decisión en 1996 cuando era delegada del Alcázar. Rodríguez Galindo, en su negativa a admitir la Colección Carranza, podría alegar que estos azulejos ya estaban en el Alcázar; y es cierto: se encontraban en la Puerta del Campo, cuando aquello era un estercolero. Allí se rescataron 6.000 piezas de cerámica: la parte seleccionada de la Casa del Asistente y el resto que se encuentra en los Baños de María Padilla, piezas que llegaron al Alcázar, como tantas otras, por su función también de almacén de enseres artísticos. Todas las colecciones tienen cabida menos la de Carranza, que cuenta allí con cinco salas expresamente restauradas para ello y cedidas para este fin por Patrimonio Nacional en 2004.

 
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