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EL MUNDO / 24/6/2014

JUAN MIGUEL VEGA

Hace justo un siglo, la mejor y más influyente generación de arquitectos que ha tenido la Sevilla contemporánea estaba en pleno proceso creativo y a punto de alcanzar su mejor y más fecundo momento. Aníbal González, Juan Talavera o José Espiau, y junto a ellos un nutrido y extenso grupo de excelentes profesionales, daban los primeros trazos de una creación que, inspirada en las corrientes nacionalistas vigentes en aquel momento, se vendría en llamar la Arquitectura Regionalista. Hasta entonces, la mayoría de ellos había cultivado, y con notables resultados, el estilo modernista, del que nos dejaron magníficos exponentes. Sin embargo, fruto de su creatividad y genio, inventaron un nuevo estilo con el que, acaso sin pretenderlo, vinieron a establecer la nueva y definitiva estética de la ciudad. El canon del estilo arquitectónico sevillano. Que ese canon se impusiera de un modo tan rotundo fue un fenómeno en el que posiblemente intervinieron muchas circunstancias, entre las cuales no cabe duda de que ha de incluirse necesariamente lo

afortunado de la creación. Nada que no valga la pena triunfa y perdura en el tiempo. Eso debe tenerse muy claro. De hecho, ninguno de los estilos que sucesivamente se irían proponiendo luego logró alcanzar el éxito adquirido por el Regionalismo. Atribuir este hecho, como hacen algunos de forma mecánica, al 'catetismo sevillano' es demostrar una ignorancia supina sobre las circunstancias de la época, al tiempo que desconocer los valores reales y la altura creativa y técnica de los integrantes de aquella generación fastuosa, brillante, y desde luego sin parangón, de arquitectos. Lamentablemente, entre quienes han pensado así ha estado durante décadas la Escuela de Arquitectura de Sevilla, que no se sabe si por mediocridad, envidia, desconocimiento o todo ello junto, despreció la obra de aquellos. La Arquitectura Regionalista sevillana surge en un momento en el que los ambientes culturales de la ciudad abrazan todas las vanguardias, empezando por las literarias, pero también las filosóficas y, evidentemente, las artísticas. Sevilla viene en esos años de haber sufrido un proceso de destrucción enorme que, por el contrario, no le produjo ningún beneficio (leer La Venta de los Gatos, de Bécquer, corrobora esta afirmación), los nuevos arquitectos, por eso, quisieron hacer una relectura de la ciudad, reinventarla, pero siendo fieles a su pasado. De ahí su creación. La prueba de lo afortunada que resultó es el hecho de que en sus edificios veamos retratada la Sevilla histórica, -la Sevilla eterna que algunos sevillanos acomplejados desprecian, pero que todo el mundo admira- a pesar de que muchos de esos edificios ni siquiera tienen aún un siglo. Algunos ya lo están cumpliendo. No sé a qué espera la ciudad, su Ayuntamiento, para celebrarlo. Ahí, en ese catálogo de edificios, en ese tesoro invisible cuya principal joya es la plaza de España, el segundo monumento más visitado de la ciudad, sí que tiene una oferta cultural, tangible y evidente, que vender al turismo y no en las etéreas y humeantes vísperas de la Semana Santa.

Revisar el Corpus

Ayer se celebró la festividad litúrgica del Corpus Christi, con motivo de la cual salieron a las calles de Sevilla numerosas procesiones eucarísticas. Tres días antes, la ciudad también celebró lo mismo, de forma anticipada y no litúrgica, con la gran procesión catedralicia, el baile de los seises y la custodia de Arfe, por aquello de mantener la tradición. La pregunta que, pasadas todas esas procesiones, habría que hacerse es ¿qué tradición es la que pretendemos mantener? ¿Realmente le merece la pena a Sevilla y los sevillanos consagrar una de sus dos festividades locales reglamentarias a una celebración ya carente de sentido litúrgico, para organizar en ese día festivo una procesión cuyos detalles y parafernalia resultan manifiestamente mejorables, dando una imagen de la ciudad no muy a la altura de su reputación artística, y que, además, es seguida por una proporción de la ciudadanía mínima? Digámoslo alto y claro: la imagen provinciana, cateta hasta el extremo y de gusto discutible que, hoy por hoy, ofrece la procesión del Corpus no compensa el día de fiesta que le dedica la ciudad. Cualquiera de las procesiones que salieron ayer, la de la Magdalena por ejemplo o la de Triana, superan en buen gusto y sabor a ese interminable desfile de modas de Almacenes Vilima en el que se ha convertido el Corpus. Una especie de congreso de aficionados al Manga que van vestidos de traje de chaqueta, como podían ir vestidos de personajes de La Guerra de las Galaxias. En medio de ese cosmos, resulta indecente la presencia de los magníficos pasos que salen en la procesión. Y no digamos ya la de la Sagrada Forma, o sea, Dios. De ello, naturalmente, el principal responsable es el Cabildo Catedralicio, una institución esclerótica y anquilosada que precisaría una urgente reforma. O al menos, que se le despojase de ciertas atribuciones. Me consta que en muchos círculos de la Iglesia diocesana el descontento es grande. O esto cambia o nos quedamos con la Magdalena y Triana.

 
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