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Sep

2008

SEGUNDO BOICOT A CARRANZA PDF Imprimir E-mail
Actualizado Lunes, 25-08-08 a las 13:28
Mientras más vueltas se le da al caso Carranza menos se entiende que una colección de cerámica de Triana de esta categoría pueda ser rechazada una y otra vez tras doce años de intentos para donarla por parte de su propietario, Vicente Carranza, que lo único que quiere es que todo el mundo la disfrute, pero en Sevilla. Siempre lo ha dicho: «Esta colección está pensada para Sevilla y tiene que ir a donde nació».
Ya sabemos como se portó con él el alcaide del Alcázar, Antonio Rodríguez Galindo, haciéndole creer durante más de un año que las salas que Patrimonio Nacional había cedido para el museo de cerámica de Triana iban a acoger su excepcional colección de barros vidriados. Recordemos la primera maniobra: primer boicot municipal a su museo. Galindo llamó a Carranza, lo recibió en el Alcázar el 28 de septiembre de 2004, le mostró las salas donde iban a ir sus platos y azulejos y le ordenó que empezara a prepararlo todo, mientras se restauraban las salas. Carranza volvía a ilusionarse después de 8 años y se dedicó a poner a punto las más de 1.000 valiosas piezas trianeras para su traslado a Sevilla, sin saber que esas salas acabarían destinándose a exposiciones permanentes, tal como quedó demostrado el 23 de septiembre de 2005, cuando se inauguró «El Quijote de Carlos III». Vicente Carranza quedó muy afectado por este hecho incomprensible, cuando ya tenía todo preparado para el Alcázar: los azulejos, los platos, las vasijas y tantas cosas que él había ido adquiriendo durante más de 50 años en sus visitas a Sevilla y en los mercadillos de otras ciudades e incluso en subastas, en compañía de su mujer y de su hijo Ángel.
Pasaron meses de silencio, como siempre, sin que Carranza recibiera noticia alguna de Galindo. Ni una explicación ni una palabra, ningún gesto tras el rechazo. La ciudad se había olvidado completamente de la Colección Carranza, como se había olvidado de otra muchas donaciones que la administración había dejado sin efecto. Y Galindo seguía programando en las salas del museo de cerámica buenas exposiciones pasajeras, que venían y se iban, como el turismo de paso.
Por fin, en el año 2006, Vicente Carranza, que ya no esperaba nada, recibió una llamada del Ayuntamiento de Sevilla, pero no de la Galindo; y aquella llamada acabó en un encuentro esperanzador, que tuvo lugar en esta ciudad el 4 de enero de 2006. El coleccionista fue recibido por el entonces delegado municipal de Cultura, Juan Carlos Marset, con el único objetivo de encontrar una solución para que el legado de Carranza se quedara en Sevilla. Ante las adversas circunstancias que se habían producido en el Alcázar, Marset le propuso como sede de su colección el convento de Santa Clara. Allí lo llevó, donde Carranza, después de ser reconocido y saludado por una restauradora de Madrid que estaba interviniendo en los azulejos del monasterio, comprobó que el lugar no reunía de momento las condiciones necesarias. Las obras podrían durar muchos años y el quería ver con sus propios ojos su colección montada en Sevilla, y en el Alcázar, como le habían prometido en varias ocasiones.
Finalmente, Marset pensó que la Casa del Asistente, en el Alcázar, podía ser una solución, aunque no tan buena como las salas acordadas encima del Cuarto del Almirante. Así que fueron a verla y comprobaron que, si bien no cabían todas las piezas, al menos si podía albergar una gran parte de ellas. Carranza sabía que no era lo ideal, pero aceptó. Al alcalde le pareció buena la idea y Galindo se mostró encantado. De nuevo Carranza se llevo la ilusión a Madrid.
El Museo de Cerámica estaba otra vez en marcha. El 27 de diciembre de 2006, el entonces director del Alcázar, José María Cabeza, y la arquitecta María Dolores Robador, viajaron a Madrid para conocer la colección, y se quedaron maravillados al verla.
Poco después, Marset ocupó un nuevo cargo en Madrid, convencido de que el museo era cosa hecha. Pero Galindo boicoteó una vez más el proyecto. Hasta hoy.
 
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