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24

Sep

2014

UNA PELI EN EL CERVANTES PDF Imprimir E-mail

EL MUNDO / 24/9/2014

JUAN MIGUEL VEGA

Alguien me recomendó el otro día que fuera a ver la película El Niño, pero al mismo tiempo me advertía de que no lo hiciera en el cine Cervantes, el de la calle Amor de Dios, por si usted no se acuerda o no se orienta. «El sonido es muy malo», explicaba. Ignoro si al final iré o no a ver esa película, porque por desgracia hace mucho tiempo que no voy al cine y esa -la de ir al cine- es una costumbre que se tiene o no, pero si me decido a verla en alguna sala en vez de esperar a que la echen por televisión o la pirateen en Internet, la veré, sin ningún género de dudas, en el cine Cervantes. Me importa un bledo si suena mal y al final me entero de la mitad por no haber podido captar bien

los diálogos. La veré de todos modos en ese cine. Tomé la decisión de manera inmediata. Nada más recibir esa advertencia, tuve claro que no la tendría en cuenta. La gente ha desarrollado un estúpido sentido práctico de las cosas que le impide saborear la hermosura que en ocasiones esconden tras sus aparentes imperfecciones. Reconozco que no soy ningún cinéfilo, pero sé muy bien que ir al cine es mucho más que sentarse a ver una película. Es un rito, magia, un milagro. Y también sé que ir al cine Cervantes es mucho más que ir al cine. Para varias generaciones de sevillanos, es, sobre todo, regresar emocionalmente hacia ese lugar del tiempo que ya no existe donde alguna vez fuimos jóvenes, fuimos ingenuos, fuimos felices, tuvimos ilusiones. Recuerdo como si el tiempo no hubiera pasado, a una alegre pandilla de adolescentes saliendo del Cervantes una noche de finales de los setenta después de haber visto Grease. Los chicos caminábamos imitando el 'contoneo chuloputas' (que diría Tom Wolfe) de Danny Zuko. Digo íbamos, porque yo era uno de ellos. Pueden parecer tonterías, de hecho lo son, pero esas cosas no se olvidan. Marcan. La sala estaba llena, también me acuerdo. Creo que desde entonces no vuelvo. Supongo que ya saben por qué me importa un bledo que el sonido no sea perfecto. Y también imaginarán que, si al final me decido a ir a ver la película, el niño con el que me encontraré en el Cervantes no será exactamente el que aparezca en la pantalla.

El reto de un futuro incierto

Las ciudades que más admiramos por su cosmopolitismo están llenas de cines y teatros. Londres, por ejemplo. En Sevilla, sin embargo, nos estamos quedando sin ellos, lo cual evidencia una cierta decadencia cultural. El Cervantes sigue milagrosamente -como para que el charlatán de Stephen Hawking siga sin creen en los milagros- en pie, pero otros muchos han caído o han sido grotescamente transformados. El Llorens lo fue en una sala de juegos y el Álvarez Quintero en un salón de actos, tan moderno como hortera. La misma suerte que esos viejos cines han acabado corriendo nuestras cajas de ahorros, quien sabe si producto de la misma decadencia social. Se dice que la Fundación Cajasol, el muñón filantrópico que resta del descuartizado Monte de Piedad, quiere dejar la sala que ha usado en los últimos años como epicentro de sus actividades culturales, lo cual traza un incierto futuro ante ella. Bien, tal vez sea una prueba que debamos ver por el lado positivo: ¿alguien se anima a tomar el relevo? Alguna vez tendrán que cambiar las cosas y cesar la decadencia, vamos, digo yo.

La verdad del mosto

No había estado en mi vida en Olivares. Sí, es un pecado, lo confieso. La primera impresión fue la misma que me dio su vecino inmediatamente anterior: Salteras. Vaya tela lo feo que es esto. No es feo ni ná. Claro, el progreso, esa cosa, y la arquitectura, esa milonga, han recubierto de un caparazón infuloso, macarra y estrambótico la hermosura blanca y encalada que se fue depurando a través de años de tradición. Dentro del horror que los envuelve, sobreviven maravillas dignas no ya de ser declaradas patrimonio de esto o de lo otro, sino de que vayamos a disfrutarlas, a gozar de su contemplación. Nuestro cercano Aljarafe nos ofrece múltimples ejemplos de ello. Uno es Olivares, con esa plaza donde está la iglesia de las Nieves y la casa del Conde Duque. También allí cerca hay un característico bodegón, de esos de los de antes, en el que empiezan ya a sentirse los vapores del mosto. He ahí la verdad oculta del cuento del alfajor que recubre de polvo insípido la auténtica belleza de nuestros pueblos.

 
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