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06

Oct

2014

LA MURALLA CAÍDA PDF Imprimir E-mail

ABC SEVILLA / 6/10/2014

FRANCISCO ROBLES

Se ajustó los quevedos y se puso a mirar los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes y almohades, hoy desmoronados. De la carrera de la edad cansados. Como él mismo. Harto de coles y de tanto postuero hispalense que luego no se traduce en un verdadero compromiso con la ciudad. Miró las murallas que resistieron en la Macarena. Los lienzos que no fueron víctimas del falso progresismo decimonónico que derribó puertas y barbacanas, merlones y piedras que hoy serían preciosas. O deberían serlo. Porque esas murallas están cayéndose ante la indiferencia de una ciudad que a su vez se cae a pedazos.


«Si las murallas fueran de la Hermandad de la Macarena, ¿se imaginan ustedes cómo las tendrían los priostes de sacadas de brillo? A Sevilla le faltan priostes. La Alcaldía debería ser una priostía... (Puede citarme... si quiere buscarse más enemigos de los que tiene)». Citado queda el cronista que nació en el Arenal, cerquita de ese Postigo que también resistió el paso de la piqueta. Antonio Burgos lo tiene claro. Y añadimos lo evidente. Si Sevilla funcionara como su Semana Santa, esta ciudad sería inalcanzable. Si conserváramos el patrimonio histórico y artístico como el capillita cuida los enseres de la cofradía, ni Venecia. Ni Florencia. Ni Praga. Ni la mismísima Roma. Seríamos la envidia del mundo. Y la meca de los camareros y de los albañiles que son los únicos que encuentran trabajo en esta ciudad abonada al turismo.
Pero la ciudad se cae a pedazos. Y no sólo materialmente. La Alfalfa se degrada por culpa de la botellona, de esos niñatos que no respetan el descanso de los mayores que viven en una residencia de ancianos. La t orre Pelli provocará, cuando se inaugure, esos atascos que está esperando la Junta para echárselos en cara a Zoido: por eso veta un puente que traería consigo ese impacto visual sobre el monasterio de la Cartuja que no provoca el rascacielos. ¿Se puede tener menos vergüenza en una comisión de patrimonio? Las setas siguen ahí hasta que se caigan por culpa del óxido y la improvisación. La Alameda es un vulgar y churretoso paseo marítimo sin el encanto del mar. Y todo en ese plan.

Si se hubiera caído una macolla de un varal de un palio, o una voluta de un respiradero, los cirios de alarma se habrían encendido en la cofradía. Se cae un trozo de la muralla de la ciudad y todo sigue igual. Como si aquello fuera un tabique. Como si al sevillano no le importara lo más mínimo el patrimonio que heredó y que no está dispuesto a conservar. ¿Rascarse el bolsillo en piedras, en retablos, en espadañas, en azulejos? ¡Venga ya! Quevedo miró los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes ya desmoronados. Si hubiera sido de aquí, no habría escrito el soneto porque habría mirado a otra parte. Que ésa, y no la ensaladilla, es la especialidad del sevillano que tanto presume de su ciudad.

 
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