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Mar

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Oct

2014

SANTA INÉS YA NO PUEDE ESPERAR MÁS PDF Imprimir E-mail

EL MUNDO / 12/10/2014

FRANCISCO JAVIER RECIO

Tras una lona basta prendida con un imperdible se guarda una de las muchas joyas del convento: el altar del Calvario, obra del siglo XVIII atribuida a Cristóbal Ramos. Velado a las miradas, como un tesoro escondido dentro de otro, el pequeño altarcillo es el mejor símbolo de todo el conjunto, extrañamente olvidado, oculto pese a su situación central, camuflado a pesar de su enorme valor.

 

Así está el convento de Santa Inés, un bien de interés cultural que la Junta se obligó por escrito en 1990 a restaurar íntegramente y que hoy, dos décadas y media más tarde, presenta en algunas zonas un estado de deterioro que parece ya irreversible. El ejemplo más evidente está en las pinturas al fresco del claustro del Herbolario, únicas en Sevilla por su disposición y sus dimensiones, y en las que se constatan desprendimientos no ya de la pintura, sino incluso del muro que las sustenta.

El convenio que firmaron el 12 de junio de 1990 la entonces abadesa, sor Mercedes Gaviño, y el consejero Javier Torres Vela establecía la cesión a la Consejería de dos naves -los antiguos dormitorios- para su uso durante 50 años como sala de exposiciones.

La contraprestación aparece en la estipulación tercera y no ofrece dudas: la Consejería se obligaba a la restauración de «la zona monumental», que incluye «el claustro del Herbolario, el refectorio, la sala capitular, el resto de dependencias anexas al claustro y el compás de entrada».

También se comprometía a adecuar la portería antigua como hospedería, y a restaurar la azulejería de la galería baja del claustro «y las pinturas murales de la galería alta». El convenio establecía un presupuesto estimado de 385,7 millones de pesetas, distribuido en cuatro anualidades. La restauración debería haberse terminado en 1993. Las monjas han cumplido; la Junta, no.

En 1992, y con vistas a su uso durante la Exposición Universal, se acondicionaron las naves de los dormitorios, que aún hoy utiliza la Consejería como sala de exposiciones. Un año después, la Junta retomó las obras y rehabilitó la cubierta y la solería del claustro alto, reforzando los forjados y reponiendo parte de la estructura de madera, y algunas zonas anexas, como la sala capitular.

Y ahí acabó todo. Del resto de zonas que la Junta se comprometía por escrito a restaurar, nada se ha hecho, y han pasado veinte años desde que los últimos albañiles enviados por la Consejería salieron del convento.

Es más, algunas de las obras efectuadas bajo la responsabilidad de la Junta han dado problemas. Un tramo de la cubierta del claustro alto, reconstruido en la obra de 1993, hubo de ser apuntalado posteriormente por las monjas ante la evidencia de que las vigas se venían abajo. La bóveda de la sala capitular, también incluida en aquella fase, tuvo goteras cuyos efectos aún se observan a simple vista.

El convento, fundado en 1374 por Doña María Coronel, de quien la leyenda cuenta que se quemó la cara con aceite hirviendo para eludir los amores pecaminosos del rey Pedro I, está declarado bien de interés cultural (BIC) con categoría de monumento desde 1983, y dispone de la catalogación B (protección global) en el PGOU de Sevilla. La configuración actual del conjunto tiene su origen en la reforma efectuada en el siglo XVI, cuando aparece la disposición a partir de un claustro principal, el del Herbolario, y varios patios.

Es precisamente en ese claustro, de grandes dimensiones, donde se encuentra una de las piezas históricas más deterioradas, las pinturas al fresco que recorren toda la galería alta. Fueron pintadas a mediados del siglo XVI, probablemente por el taller de Alejo Fernández, y restauradas -o más bien repintadas- en 1853 por una religiosa del convento. Representan 32 escenas del Antiguo Testamento y 75 santos vinculados a la Orden de Santa Clara.

El fresco presenta pérdidas a lo largo de toda su extensión, pero en algunas zonas la situación es dramática por el desprendimiento del mortero que sustenta la pintura, dejando a la vista el relleno y la estructura interior del muro. Son también abundantes las grietas en la pared, que atraviesan verticalmente el fresco y podrían provocar nuevos desprendimientos.

La galería alta del claustro tiene algunos tramos andamiados. Se trata de la cubierta reconstruida en 1993, pero que las monjas tuvieron que proteger posteriormente tras comprobar que algunas de las vigas de sustentación se estaban combando.

La actual abadesa, sor María Rebeca, mexicana como otras siete religiosas que habitan el convento junto a tres españolas y cuatro keniatas, asegura que han informado en numerosas ocasiones a la Junta de esta situación. La Consejería ha enviado a sus técnicos a evaluar el estado del edificio, incluso se les anunció que las nuevas actuaciones comenzarían antes del pasado verano, pero siguen esperando. Al final, la respuesta siempre es la misma: ahora no hay dinero.

El estado de deterioro se hace evidente en otras estancias del convento. Por ejemplo, en la denominada escalera de Nuestra Señora, que conecta las galerías baja y alta del claustro. Está cubierta con una techumbre de madera, y su situación es tan preocupante que fue necesario instalar una red protectora para evitar daños a las personas.

En la red se observan varios trozos desprendidos de la bóveda, algunos de considerable tamaño. Las religiosas han retirado o cubierto los muebles de la estancia con plásticos, porque cuando llueve el agua cae «a torrentes» por el techo y las paredes, según cuenta la abadesa.

Aún más preocupante, sobre todo porque afecta a la seguridad de los viandantes, es la situación de la antigua portería y la casa del sacristán, linderas con la calle Doña María Coronel. Gran parte del tejado de la portería se ha desplomado, arrastrando con ella el forjado intermedio. Las monjas han cubierto la oquedad con una lona, pero la entrada de gran cantidad de agua ya está provocando daños en el muro exterior del edificio.

La abadesa asegura que ha propuesto a la Junta la posibilidad decancelar el convenio para, así, tener manos libres para buscar financiación en otras instituciones y poder acometer, al menos, las obras más urgentes. Tampoco ha habido respuesta.

Fuentes del Arzobispado han asegurado que allí son conscientes de la situación, y que han aconsejado a la comunidad la ejecución de obras que palíen el deterioro. Las comunidades de clausura tienen un amplio margen de autonomía en la administración de sus bienes con respecto del Arzobispado, salvo en la venta de su patrimonio.

Este periódico intentó conocer la versión de la Junta sobre estos hechos, así como sus planes para la restauración de Santa Inés, pero no ha obtenido ninguna respuesta.

 
 
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