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TERESA DE JESÚS, LA SANTA EN LA URBE DEL PECADO PDF Imprimir E-mail

EL MUNDO / 15/1/2015

JAVIER GONZÁLEZ COTTA

A Teresa de Jesús, la mística de Ávila, la asociamos al desmayo, al trance divino y erotizante que talló Bernini. De ahí la famosa obra, que parece labrada como en albayalde. Teresa veía a Cristo con el pensamiento y no con el ojo del común gentil. Pero aquí, en Sevilla, le costó ver el rostro del Ungido entre tanto calor y tanta licencia para pecar. En ningún sitio como en Sevilla tenía el demonio más mano para tentar. Así lo cuenta en su Libro de las fundaciones.

 

Nunca soportó esta ciudad. Era la Sevilla del XVI, la Puerta y el Puerto de Indias, el infierno soñado de Lope, la Roma triunfante de Cervantes. Para Teresa fue solo la urbe del pecado. Un librito escrito hace años repasa la estancia de la santa en la Sevilla de aquella hora: La Sevilla imposible de Santa Teresa. Su autor es Pedro M. Piñero y apareció en las publicaciones del Ayuntamiento. ¿Por qué no su reedición en el V centenario de la santa de Ávila?

Teresa sufrió en Sevilla lo que ella definió como los «tiempos recios». Aquí sudó la gota gorda de principio a fin. Y lo hizo desde que vino a fundar su convento descalzo un 26 de mayo de 1575. Se fue de Andalucía un 4 de junio de 1576. Y jamás regresó. «Yo confieso que esta gente de esta tierra no es para mí y que me deseo ya ver en la de promisión, si Dios es servido». La tierra promisoria no era otra que su Castilla. Teresa nunca congenió con los sevillanos. Fue el calor su mayor tormento y obsesión. Pero el Carmelo descalzo era orden de asiento urbano. Buscaba mantenerse con el óbolo y la limosna y no con la renta. La Sevilla indiana del XVI le resultó insufrible. Pero era pródiga en nuevos banqueros y mercaderes.


Ningún resto ni detalle se conservan de los dos primeros conventos que albergaron a las monjas llegadas con Teresa de Ávila a Sevilla en 1575. El actual cenobio, frente a la casa de Murillo, fue reorganizado por San Juan de la Cruz. Junto al torno se halla la recia cruz que colocó el autor de 'Noche oscura del alma'. En 1603 la finca palacial se amplió con la compra de casonas aledañas. La priora del convento en tiempos fue María de San José. Fue la destinataria de un sinfín de misivas enviadas por la santa (el otro destinatario principal fue el padre Damián, general del Carmelo descalzo en Andalucía). La reforma teresiana se atenía a la pobreza y el recato. Dios habitaba entre los peroles. Y mejor ser santas que latinas, tal era la máxima franciscana. Nada de vanagloria, que era cosa de poetas.
Tras fundar el primer convento en Beas de Segura (Jaén), la comitiva de monjas abulenses atravesó la Andalucía y llegó por fin a Sevilla en mayo de 1575. Aunque licenciosa y ardiente, la ciudad era harto abundante en clerecía. Buena parte del caserío lo evidenciaba: 28 parroquias, 20 conventos de religiosas y 16 de religiosos. El Santo Oficio atajaba toda llama de herejía, caso de la de los alumbrados. Cuando llega Teresa a Sevilla aún estaban recientes los horribles autos de fe ocurridos de 1559 a 1562. El foco erasmista había saltado al monasterio de jerónimos de San Isidoro del Campo. Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera tuvieron que huir. Aparte, los partidarios del Carmelo calzado -«los del paño», según Teresa- fueron muy hostiles en Andalucía con la idea teresiana de la descalcez. En plena canícula sevillana, se conserva una carta del 19 de julio de 1575 que la santa envía a Felipe II. Solicita amparo para su reforma carmelitana.

El primer convento que funda Teresa es en la calle de Armas (hoy Alfonso XII). Es un inmueble en alquiler, pobre y lóbrego. La primera bienhechora sevillana se llamó Leonor de Valera. Pero desde el inicio los sevillanos no simpatizaron con las descalzas. Aparte, Teresa está en el punto de mira del Santo Oficio por culpa de bulos y calumnias (entre los inquisidores del castillo de San Jorge se hallaba por entonces el licenciado Carpio, tío de Lope de Vega).

Lorenzo de Cepeda, hermano de Teresa, aportó el peculio suficiente para el segundo convento de las descalzas: 6.000 ducados de oro. Se hallaba en la calle de la Pajería (actual Zaragoza). El hermano había regresado de Indias tras hacer fortuna en el Perú. El 1 de mayo de 1576 las monjas se mudan a la Pajería. Pero el solar colinda con la espaciosa huerta del convento de San Francisco. Entre otros dimes y diretes, los monjes no quisieron compartir el agua con las nuevas vecinas. Además, a Teresa le preocupa lo suyo las lenguas viperinas, tan de Sevilla. ¿Monjes y monjas tan cerca? Ya lo decía el refrán: «Entre santa y santo, pared de cal y canto».

En la calle de la Pajería las descalzas vivirán durante doce años. Poco antes de su marcha de Sevilla, a los 61 años, la santa posa para el cuadro de fray Juan de la Miseria. Un retrato infantil, pero que es el que se ve en la azulejería del muro exterior del actual y tercer convento de San José del Carmen, en el barrio de Santa Cruz (conocido hoy como el de Las Teresas). Lo reorganizó en 1586 otro místico, San Juan de la Cruz. Teresa nunca conoció la tercera casa de sus hijas descalzas. De Sevilla acabó ahíta.

 
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