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Mar

03

Feb

2015

ARQUITECTURA MALDITA PDF Imprimir E-mail

ABC SEVILLA / 3/2/2015

JAVIER RUBIO

EN todas las ciudades del mundo hay edificios a los que gustosamente sus habitantes les arrimarían unos cuantos kilos de explosivo plástico para hacerlos saltar por los aires. En Berlín lo hicieron, por ejemplo, con el Palacio de la República, un proyecto megalómano de la RDA contaminado con asbestos y que representaba el espíritu de aquel socialismo real del que ya no se acuerda ni siquiera la madre del protagonista de la película «Good bye, Lenin!». En realidad, no lo volaron como les hubiera gustado, sino

que lo fueron demoliendo como se hacían estas cosas en nuestra Sevilla: con un albañil en camiseta subido a un pretil que iba levantando con la piqueta uno por uno los ladrillos del muro bajo sus pies. Qué destreza y qué equilibrio. Ni línea de vida ni la madre que trajo a las más elementales normas de seguridad laboral: así se apearon las casas palacios de media Sevilla, pero apeadas del todo, vamos, que les dieron café. Por eso laarquitectura contemporánea tiene tan mala prensa en Sevilla, porque el rostro de los nuevos edificios proyecta en la memoria colectiva la sombra de los inmuebles –por lo general monumentales– a los que vinieron a sustituir: el rastro de un asesinato, por seguir con la metáfora debida a Queipo.

Si a ello se suma que el siglo XX arquitectónico acabó para Sevilla con la Exposición Iberoamericana de 1929, no extraña que la arquitectura contemporánea goce de tan poco aprecio colectivo, repudiada a partes iguales por el pueblo llano y por sus sectores más ilustrados, incapaces de apreciar en lo que valen las aportaciones de las épocas que siguieron a la eclosión estelar del regionalismo, adoptado como estilo propio por los sevillanos en vista de que les resultaba imposible recrear el modelo constructivo de siglos atrás. Lo más sorprendente es que este tipo de construcciones modernas (en el sentido que le dio el Movimiento Moderno y no en el peyorativo con que se suele tildar todo lo que no está bendecido por la pátina del tiempo) sigan generando controversia y avivando un debate que en otros sitios está más que superado.

La ciudad resulta ser inevitable: con sus ensanches a medio hacer, sus murallas derribadas, sus adefesios impostores, sus pastiches postineros, sus fachadas horrendas, su rascacielos huérfano y sus mamarrachos satélites, pero también sus edificios de lustre, sus monumentos intocables, su conjunto urbanístico sin alterar y su funcionalidad perdida, sacrificada en el altar de la representación al más puro estilo barroco. Los arquitectos se quejan de que los que no sabemos de la misa la media nos entrometemos en el debate sin encomendarnos a Dios ni al diablo.

A este paso, cualquier día los artificieros también nos acusarán de injerencia en su trabajo, pero qué a gusto nos íbamos a quedar si nos regalaran unos cuantos kilos de goma 2.

 
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