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Jue

19

Mar

2015

UN PASEO POR LO QUE ESCONDEN LOS ALMACENES DEL BELLAS ARTES PDF Imprimir E-mail

CORREO DE ANDALUCÍA / 16/3/2015

ANTONIO MORENTE

No hay nada que dispare más la curiosidad que lo que no se puede ver porque está en ese espacio tan oculto, y a la vez tan propicio para disparar la imaginación, que es un sótano. Y si ya hablamos de los supuestos tesoros de un museo, aquello que esconde a la vista de sus visitantes alimentando la fantasía, pues ya tenemos todos los elementos para una buena historia… aunque luego la realidad se empeñe en poner las cosas en su sitio.

 

Es lo que ocurre en el Museo de Bellas Artes, que de vez en cuando saca de la supuesta oscuridad de sus sótanos cuadros que hace años que nadie ha visto, con lo que aviva ese fuego de la imaginación. Un fuego, por cierto, que te apagan rapidito diciéndote que la pinacoteca no tiene sótanos sino almacenes. Y efectivamente, un viaje a esas supuestas profundidades del museo demuestra que no hay profundidades que valgan, que no existe un mundo subterráneo por la sencilla razón de que las obras que no se exponen se ubican en un espacio de la planta baja.

Es verdad, asimismo, que esto no es como el almacén aquel que acumulaba tesoros al final de la primera aventura de Indiana Jones, En busca del arca perdida, sino que tiene más parecido con un guardamuebles. Lo advierten antes de iniciar el paseo: aquí hay mucha leyenda urbana. ¿Por qué se dispara entonces tanto la imaginación? «Pues porque es un espacio cerrado y desconocido, eso fomenta la fantasía», explican los conservadores del Bellas Artes, que lo dejan claro desde el principio: «Ningún museo tiene tesoros ocultos en sus almacenes, los que hay están colgados en las salas. Aquí no te vas a encontrar ni un Velázquez ni un Murillo…».

Una verdad como una catedral, lo que no quita para que nos encontremos con algún que otro Valdés Leal (cinco en concreto), algún Zurbarán (más bien de su círculo, se puntualiza)… Lo de los Valdés Leal es por la sencilla razón de que no caben más, ya hay una sala repleta con sus de obras, así que en su momento se decidió retirar estos cinco (tres de ellos de la serie de San Jerónimo: el bautismo, la flagelación y las tentaciones), porque esta es otra de las características: todo lo que está en el almacén o ha sido expuesto (el Bautismo de San Jerónimo de Valdés Leal se quitó hace poco tras medio siglo colgado en el museo) o, como mínimo, ha sido estudiado y catalogado por los expertos, así que ya podemos irnos olvidando de esa otra fantasía de encontrarnos un Velázquez descatalogado. Lo que sí nos toparemos será con Gonzalo Bilbao, García Ramos, Fortuny o Antonio María Esquivel, «que necesitaría dos salas para él solo» porque se conservan más de 60 piezas.

La mayoría de lo que se guarda o es de segunda fila o necesita restaurarse, de ahí que acabe en un almacén que en realidad son cuatro, repartidos por todo el museo. Hay una pequeña sala en la que está la colección de orfebrería (muy menor, unas 60 piezas) y otra que alberga la azulejería, mientras que la pintura se reparte entre un espacio que colinda con la hermandad del Museo y el depósito principal, que además de cuadros alberga la colección de dibujos en papel y una entreplanta por la que se reparten la escultura y las artes decorativas, como cerámica, tejidos e incluso alguna que otra arma.

En total, el Bellas Artes atesora unas 1.400 obras, de las que se expone en sus instalaciones una mínima parte, alrededor de 300, lo mejor con diferencia. En los almacenes se custodian 700 y las 400 restantes son piezas entregadas en depósito (prestadas) a, por ejemplo, a instituciones u otros museos como puede ser el de Artes y Costumbres Populares. Todo lo que está sin exponer «está a disposición de los investigadores, se ha publicado, sale para exposiciones temporales u ocupa el hueco de obras que prestamos», apostillan los conservadores, «aquí no hay nada que lleve 200 años sin verse».

Este «aquí» es el almacén principal, que tiene conexión con la sala 1 de la pinacoteca y al que también se accede desde el taller de restauración (que está en la primera planta) con un montacargas. Se entra por una puerta estrecha, dividida en dos partes y muy alta, para permitir la salida de piezas grandes, adentrándonos a un recinto que tiene «las mismas condiciones de seguridad, control de accesos, antiincendios y conservación que el resto del museo».

Los cuadros están colocados en lo que se conocen como peines, estructuras metálicas como una puerta corredera, lo que permite aprovechar el espacio y acceder a la obra que se busca con facilidad, sin tener que rebuscar. En cada peine (56 aquí y 15, más altos y anchos, en el almacén junto a la hermandad del Museo) caben varias pinturas, y en el pequeño espacio llaman también la atención un robot que se utiliza para fotografiar las piezas y una máquina para trasladar los cuadros más grandes y pesados.

«Antes se exponían en el museo muchas más obras, estaban todas apegotonadas y en varios niveles en la misma pared, pero la manera de exponer ha cambiado mucho», lo que acabó con muchísimas piezas en el almacén. También las hay que no se exponen por una cuestión de conservación dada su fragilidad, como los dibujos (unos 650, guardados en planeros) o los tejidos (dalmáticas, casullas…), dispuestos en un mueble diseñado específicamente.

Junto a ellos, un armario que recorre toda la pared con puertas de cristal que dejan ver esculturas, la mayoría necesitadas de restauración. Hay obras de Martínez Montañés y Juan de Mesa(básicamente mártires jesuitas japoneses, como San Pablo Miki o San Juan Goto), Pedro Roldán, Illanes, Coullat Valera, Roque Valduque o Delgado Brackembury, pero también muchas piezas anónimas, como un llamativo crucificado del siglo XV.

En esta entreplanta se acumulan las piezas de una forma más aparatosa, más vistosa para el profano, con un cierto regusto a esos gabinetes de maravillas del XIX, y es que el espacio es el que es. Pero aunque hubiese todo el mundo eso no acabará con los almacenes, porque «lo normal es que un museo no lo tenga todo expuesto, a no ser que sea pequeño o una casa-museo». ¿Y 700 obras en estos depósitos, como tiene el Bellas Artes, son muchas o pocas? «Esto no es nada comparado con otros museos, el Prado tiene 10.000…».

 
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