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2015

LA FONDA QUE HIZO HISTORIA QUIERE REPETIRLA PDF Imprimir E-mail

EL MUNDO / 26/4/2015

CHEMA RODRÍGUEZ

Abril de 1930. Cientos de sevillanos se agolpan a las puertas de la Real Venta de Antequera -ese mismo año el rey Alfonso XIII le concedía el título- para ver de cerca los toros que poco después se van a lidiar en la Real Maestranza. Los imponentes astados habían llegado esa misma mañana a la estación de trenes de los Merinales y los corrales de la venta son su última parada antes de ser lidiados por los mejores espadas de la época. Desde allí serán conducidos a la Maestranza por una treintena de caballistas. Primero, a la vega de Triana y de allí, ya por la ciudad, a la Maestranza.

 


Aquello era todo un espectáculo. Decenas de toros de las mejores ganaderías llenan los corrales y ofrecen una vista incomparable desde las terrazas del pabellón de González Byass, construido para la Exposición Iberoamericana de 1929.

La Feria, aquel y durante muchos años, tenía en Bellavista un tercer escenario, junto al Prado de San Sebastián y la propia Maestranza. La Venta de Antequera era parte de la fiesta y su nombre estaba indisolublemente unido a las tradiciones sevillanas en general y al mundo taurino muy en particular.

La memoria, siempre frágil, de la ciudad había olvidado durante décadas que aquel variopinto conjunto de pabellones, corrales y jardines, a los que Felipe Medina Benjumea añadió en 1962 una plaza para becerradas, fue parte esencial de la Feria, de la propia Sevilla, en alguno de cuyos acontecimientos principales, como la Exposición Iberoamericana de 1929, estuvo muy presente.

Volver a convertir la Real Venta de Antequera en aquel apéndice de la ciudad y en epicentro del mundo del toro y del flamenco es la aventura en la que se han embarcado los nuevos propietarios, Daniel de la Fuente y Lola Rojas, quienes, al frente de la empresa Arrendaluza, llevan un año devolviendo a lo que el mozo de espadas del matador Antonio Fuentes, Carlos Antequera ideó como una fonda para dar descanso a los viajeros en 1916.

Languideció durante años, convertida en mero salón de celebraciones y durante los últimos años dejó de tener actividad y los jaramagos se adueñaron de los jardines y los corrales, mientras en los pabellones quedaban marcadas las huellas del tiempo y el abandono.

En los últimos meses, los azulejos del reconocido ceramista Enrique Orce han recuperado su aspecto original y los pabellones de las grandes familias bodegueras de Jerez, los González Byass, los Osborne, Garvey, Domecq o Blázquez han visto desaparecer el polvo y el abandono acumulados.

El mes que viene, o como muy tarde en junio, la Real Venta de Antequera volverá a abrir sus puertas como lugar de celebraciones y eventos, sí, pero también con la aspiración de convertirse en un punto de referencia de la historia y la realidad taurinas.

De momento, como explica Daniel de la Fuente, «ya hemos tenido aquí la reunión de la Unión de Criadores de Toros de Lidia», un encuentro al que acudió en masa el mundo del toro. Y, además, sus corrales vuelven a tener actividad, la de los aficionados de la escuela en la que participa muy activamente el diestro Eduardo Dávila Miura, que precisamente ayer ensayaba las verónicas que hoy ofrecerá a la afición en la Mestranza.

Catas, reuniones de todo tipo, visitas turísticas con el toro como gran atractivo... Todo será posible en la nueva, y sin embargo original, Real Venta de Antequera.

El ganado bravo en los corrales en la primera mitad del siglo XX. V.A.
Hace sólo unos días, cuenta Lola Rojas, un grupo de turistas franceses visitó el recinto de noche y asistió a un espectáculo flamenco en el impresionante quiosco de hierro construido por los Osborne. «Quedaron impresionados», relata la sobrina del empresario Gabriel Rojas, del que heredó en 2012 la venta.

Explotar los vínculos taurinos y flamencos de la venta es el gran reto de los nuevos propietarios, que tras un año de trabajo y una inversión cercana al millón de euros reconocen que nada les proporcionaría mayor satisfacción que ver cómo se sirven de nuevo olorosos en el pabellón de González Byass para acompañar el jamón que se corta en el de Sánchez Romero, como en aquel glorioso pasado que late en cada rincón de una finca que hoy está totalmente integrada en la ciudad.

Quién sabe si la Feria de Abril volverá a tener en el año 2016 aquel otro escenario entonces en mitad del campo y en el que se daban cita por igual toreros, aficionados, flamencos y hasta grandes nombres de la literatura, como los que reunió Ignacio Sánchez Mejías en 1927. Los cimientos ya están puestos.

 
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