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RENTA ANTIGUA: NO CIERRAN, SÓLO SE MUDAN PDF Imprimir E-mail

EL MUNDO / 21/6/2015

EDUARDO DEL CAMPO

 

«Nos trasladamos, no cerramos», ha tenido que avisar Rafael Sainz con un gran rótulo en la histórica ferretería Bazar Victoria, en la esquina de Entrecárceles con Álvarez Quintero, para recordar que el fin de los alquileres de renta antigua no ha matado el negocio que fundó aquí hace un siglo su abuelo Isaías. Eso sí, va a restarle algo del sabor añejo que tiene este local donde se venden entre 6.000 y 7.000 cachivaches distintos. Sainz, que estaba a un año de la jubilación pero piensa seguir a pocos metros en la calle Francos 28, se afana con sus empleados en liquidar todo lo que pueda con un20% de descuento para que sea más ligera la mudanza a finales de junio.

 

El pasado 1 de enero expiró la moratoria de 20 años prevista por la ley de arrendamientos urbanos de 1994 para los alquileres de locales que pagaban aún cantidades muy baratas en relación a los precios actuales del mercado, aunque en algunos casos los propietarios dieron a sus inquilinos seis meses más de gracia para negociar un nuevo contrato o darles tiempo a buscar otro sitio. Por eso estos días en el centro de Sevilla se está produciendo un vaivén de negocios tradicionales -muy minoritario en relación al volumen total de locales, pero significativo por el señero carácter de sus protagonistas- que cambian de ubicación. No cierran la actividad, sólo se mudan a pocos metros pagando una renta tres o cuatro veces más alta pero aun así rentable, pues tienen su clientela y el negocio va bien.

 

En el Bazar Victoria se extinguirá parte del atractivo que le confería elposo viejo de su mobiliario. Pero el dueño, positivo, dice que la pérdida no será tanta:se va a llevar todo lo que pueda al nuevo local de alquiler, incluidas sus cajoneras y los bellos soportes metálicos del techo. Y, a fin de cuentas, la esencia del negocio, estos utensilios geniales, se mantendrá. Como las pinzas para sujetar la copa de vino al plato mientras se tapea de pie o el pulverizador que se enchufa directamente al limón para rociar su jugo. «Vendemos también por Internet. He enviado hasta a Nueva Zelanda». Quería quedarse pagando lo que fuera, pero la dueña, la colindante Fundación Cajasol, «quiere el local para abrir un museo con su colección de pintura». ¿Cuánto le vale el nuevo sitio? «El triple».

Como indicativo, Israel Carlón, gerente de la agencia inmobiliaria Itályca en la calle Feria 119, señala que un local de alquiler de 50 metros cuadrados en lo mejor de la calle Tetuán, la milla de oro comercial de Sevilla, vale unos 4.000 euros, mientras que un local de cien metros cuesta en la calle Feria 1.200 o 1.300. Añade que las mudanzas por el final de la renta antigua son pocas y que la salida al mercado de los locales atrapados en precios antiguos no ha modificado el coste medio.

También preparan su mudanza en la Antigua Cerería de la plaza del Salvador, que en unos días se llevarán sus cirios, ostias para consagrar (500 unidades a cuatro euros, hechas en el este de Europa), armazones de vírgenes para vestir y demás figuras y objetos religiosos a otro lado de la plaza, en el local que ha dejado vacío la zapatería Dorado. Es una solución temporal mientras buscan un local definitivo, explica Manuel López, que ha tomado con su hermano Antonio el relevo a sus padres en el negocio que estableció un bisabuelo en 1916, cuando vendían aquí la cera que producían con sus colmenas en La Puebla del Río. Tampoco se van por gusto: querían pagar la renta nueva, pero la propietaria, la Orden de San Juan de Dios, ha preferido recuperar el local «para abrir una entrada de ambulancias» al asilo que tiene en el edificio.

Lo mismo le ha ocurrido al doblar la esquina a la relojería Rafael Torner, propiedad asimismo de la orden religiosa. El letrero con hermosas letras doradas brilla aún sobre el local ya vacío y cerrado en la calle Sagasta 1, y un cartel avisa de que este negocio, encargado desde 1915 del mantenimiento en hora de los relojes municipales, se ha mudado a la cercana Alcaicería 22. O sea, que sobrevive. Allí encontramos a Rafael Torner Martínez de Azcoytia, de 86 años, cuyo abuelo Rafael Torner Velasco se estableció en Sagasta en 1877 y cuyo sobrino Francisco Javier Magüesín Torner completa estos días el cambio al frente de la relojería. Como la marquesina dorada de la antigua tienda no cabe en el nuevo local, la guardarán de recuerdo. «Sabía que venía [la hora de mudarse], perome ha afectado muchísimo. Son muchos años. Empecé allí con mi abuelo en 1940». Entonces pagaban apenas entre 60 y 80 pesetas al mes. Con las actualizaciones, estaban abonando al final 790 euros al mes, una ganga en la zona.

La vida sigue y los relojes se siguen vendiendo y reparando en el nuevo sitio. Lo mismo hacen ya La Casa de las Especias y la papelería Pichardo, que han reabierto en José Lasso de la Vega tras cerrar en José Gestoso y la plaza de San Andrés.

Otras tiendas históricas actualizaron sus contratos mucho antes de expirar la moratoria. Es el caso de la Cordonería Alba, abierta en Francos 38 tras un traspaso en 1904 que le costó 2.000 pesetas a Francisco Alba Galán, padre del padrino del actual responsable, Jesús Spínola. Hace unos doce años reconstruyeron el edificio y firmaron la nueva renta con los Peyré, aunque Spínola no dice cuánto paga por este localito de 12 metros cuadrados. Sus cíngulos de oro fino valen hasta diez mil euros.

Locales vetustos como éste están tejidos a la identidad comercial de la urbe. El presidente de la asociación de comerciantes de Sevilla, Tomás González, dice en su tienda de ropa de caballero Noguel, en Tetuán, que «tendría que haber una ley que ayudara a mantener negocios históricos en su sitio, para no perder este patrimonio, porque al mudarse pierden el encanto», aunque matiza que comprende a los propietarios, que estaban perdiendo dinero por las rentas antiguas, y que «hay que compensarlos». «En otras ciudades europeas están convirtiendo tiendas históricas en museos», apunta. No tiene datos exactos de a cuántos locales ha afectado el fin del alquiler barato, pero estima que en el centro son «el 5 o el 10%», de los que una parte ha acordado seguir donde están pagando más, algunos han tenido que mudarse y no conoce casos en que hayan clausurado la actividad. ¿Y él? Tiene suerte de no tener que complicarse. «El local es mío».

 
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