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2015

UN BOSQUE DE JARAMAGOS EN LA MURALLA HISTÓRICA PDF Imprimir E-mail
DIARIO DE SEVILLA / 17/8/2015 EVA DÍAZ PÉREZ El sol del verano hace todo más desolado, más vencido, más gastado, más viejo. Aniquila el perfil de las cosas y calienta el alma de los objetos. También subraya las heridas de la ciudad. Es lo que ocurre en las murallas de la Macarena: que la luz violenta sirve para avisar del deterioro que existe en ese tramo de la antigua cerca. Queda ya lejos la rehabilitación realizada entre 2007 y 2008 en la que se limpió en profundidad, se efectuaron excavaciones arqueológicas y se adecentaron espacios que estaban en muy malas condiciones. Una intervención que culminó la realizada en la década de los ochenta que, por cierto, permitió precisar que la muralla era de la época de dominación musulmana y no de tiempos romanos como se creía. Sí, hace tiempo de aquella restauración y eso se nota. En el paramento se descubren grietas y fisuras y los jaramagos han crecido a placer aprovechando huecos. Jaramagos absolutamente secos, pero que suponen un peligro para el mantenimiento de la muralla porque las raíces permitirán el paso de las lluvias del otoño y filtraciones en la argamasa del paramento. Los jaramagos recuerdan la inclemencia del olvido, como escribió Rodrigo Caro en su Canción a las ruinas de Itálica. Son símbolos de las fábulas del tiempo, pero también la rúbrica del abandono, porque parece que hace tiempo que nadie se ocupa de la muralla histórica. Los jaramagos no son los únicos parásitos vegetales que horadan las piedras sino que se descubren grandes manchas de moho y verdinas -que han quedado fosilizadas, quizás ayudadas por el calor-, además de matorrales y arbolillos que amenazan con crecer en las almenas desmochadas. Es curioso entonces repasar las crónicas históricas y descubrir algunos documentos sobre esta fidelidad que tienen los mínimos bosquecillos a nutrirse de la muralla herida. En la Baja Edad Media se limpió de plantas parasitarias parte del recinto amurallado: «Roce de zarzas, higueras y árboles desde la puerta de Jerez hasta la Macarena», según cuenta Antonio José Albardonedo Freire en El Urbanismo de Sevilla durante el reinado de Felipe II. Cuando se realizaron las últimas intervenciones en la muralla se arreglaron zonas que eran un mapa de sordidez, un lugar habitual para vagabundos que aprovechaban la barbacana y área predilecta para las noticias de sucesos. Se acotaron adarves y se limpiaron antiguos caminos de ronda y rincones de los que en otros siglos servían para el ejercicio de las prostitutas cantoneras. Ahora la zona no está impoluta pero al menos cuenta con ese grado de limpieza sucia que domina toda la ciudad. Aunque sí se advierte que hace tiempo que Lipasam no se emplea a fondo. Lo demuestra la alfombra de hojas secas del eucalipto de la Puerta de Córdoba. En la parte ajardinada que da al Parlamento se encuentra el memorial dedicado a los republicanos fusilados en los primeros días de la Guerra Civil. Es uno de esos lugares frágiles, emocionales, cargados de simbología de otros veranos de sol y sangre. Allí también se ven ramos de claveles secos de los que se colocaron en el homenaje dedicado a las víctimas el pasado 18 de julio. La muralla es un lugar lleno de crónicas históricas. Se mira enfrente, donde se levanta el Parlamento, y aparecen pasajes del pasado. Allí, en ese solar ante el edificio del antiguo Hospital de las Cinco Llagas, que ahora es sede de la institución política, se vivió una de las más estremecedora escenas sufridas otro verano: el de 1649. Aquel año en el que media Sevilla murió a causa de la peste. Un lienzo anónimo, que se puede ver en el antiguo Hospital del Pozo Santo, reflejaba la dantesca escena: cientos de agonizantes, de moribundos, de apestados que esperaban ser admitidos en el hospital. Hay lugares que no son inocentes y estas murallas han visto pasar la historia de la ciudad. Ahora pasa el tráfico con sus nubes de dióxido de carbono que también dañan el lienzo de piedra. Pero fue el inevitable progreso el que se ocupó de moler la antigua cerca de la ciudad y las otras puertas como ocurrió en 1868 aprovechando tiempos revolucionarios. Así se acabó con la muralla que recorría todo el perímetro y que servía como defensa, de huestes enemigas o de las riadas del Guadalquivir, y para el control de mercancías del tributo de los derechos de alcabala. Por aquí entraron muchas comitivas reales como la de Carlos V cuando vino a casarse con Isabel de Portugal. En una plaza que ya no existe junto a esta puerta juró el emperador los privilegios de la ciudad. Ahora suenan las chicharras del calor y el jaramago y otros bosques vegetales proclaman el olvido de este lugar histórico. La luz salvaje de este verano advierte del deterioro. Ojalá se intervenga antes de que vuelva a ser demasiado tarde.
 
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