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2015

LUIS CERNUDA: CINCO VISIONES DEL POETA EN EL ANIVERSARIO DE SU MUERTE PDF Imprimir E-mail

ABC SEVILLA / 5/11/2015

FRANCISCO ROBLES

Aquel 5 de noviembre de 1963 era martes. Amanecía en Coyoacán, México. Cernuda se levantó temprano, se puso el batín y cogió las cerillas para encender su pipa. No llegó a hacerlo. Aquella mañana se lo encontraron muerto en la puerta del baño. Vivía en un anexo que pertenecía a la casa de Concha Méndez, la escritora de la Generación del 27 que había estado casada con Manuel Altolaguirre. Luis Cernuda nunca tuvo una casa propia. Errante perpetuo. Exiliado de sí mismo.


Antonio Rivero Taravillo, poeta y traductor, biógrafo de Cernuda, siempre se ha sentido atraído por «la discreción con la que murió. En ese momento definitivo de la muerte se da cita la armonía con lo que fue su existencia. No hay estridencias. Probablemente no fue consciente de su muerte». Lejos de estar enfermo, el poeta se sentía ilusionado por un proyecto que había visto la luz, aunque él no lo hubiera tenido aún en sus manos: «Cernuda estaba deseando ver la tercera edición de "Ocnos", que había salido de imprenta y estaba a punto de llegar a la casa donde vivía. En esa edición se recogían más textos. Cuando el libro llegó a la casa de Concha Méndez, Cernuda ya no estaba allí».
Cernuda había escrito «Ocnos» en Glasgow, bajo la lluvia triste de 1942, con Europa en guerra y con Sevilla en la distancia de un exilio que se adivinaba como definitivo. En esas páginas traza el retrato más hermoso de la ciudad. Para encontrar esa belleza limpia no tiene más remedio que regresar a la infancia. Luego vendría el sentimiento que le imprimió su carácter. Para analizarlo, nadie mejor que el psiquiatra Jaime Rodríguez Sacristán, autor del libro «Luis Cernuda ante sí mismo: un acercamiento a la psicología del poeta». «Hay un debate sobre el carácter del poeta —señala el doctor Rodríguez Sacristán— ya que se ha cometido una injusta valoración de su personalidad. Existe una confusión muy grande. Su narcisismo es discutible. Cernuda se caracteriza por una tristeza de fondo, por esa melancolía propia del sevillano y del andaluz que está en su personalidad igual que estaba en la de Juan Ramón. Esa tristeza de fondo, que él acepta en algún momento, es esencial en su personalidad junto al sentimiento de vacío».
Han pasado 52 años y Cernuda permanece vivo para los poetas que siguen su estela. Es el caso de la poeta sevillana María Sanz, quien afirma claramente que «Cernuda se eleva por encima de otros poetas gracias a la sensibilidad exquisita con que trata los temas eternos de la poesía, como el amor o el paso del tiempo. Esa sensibilidad provoca que su relación con Sevilla sea de desapego. La ciudad no lo acogió, como hace con tantos poetas. Al final somos unos exiliados, aunque el exilio sea interior». Poetas tan jóvenes como Gonzalo Gragera, que a sus veinticuatro años cuenta con dos poemarios publicados, también sienten la atracción por Cernuda: «Gracias a él descubro qué es el acorde, la belleza en la palabra, la literatura como un deseo cumplido que calma la sed de la realidad».
Recién levantado de la siesta, el profesor y maestro Rogelio Reyes nos da una clase magistral sobre el autor de La realidad y el deseo: «Cernuda es la voz más intensa, la que conecta mejor con los problemas y las angustias del hombre de su tiempo: ahí está la razón de su vigencia. Es el más moderno del 27. Al servicio de esa intensidad se encuentra su lenguaje innovador. Cernuda conecta con el hombre fragmentado y dividido de la segunda mitad del siglo XX, incapaz de conciliar la realidad y el deseo. Ni Lorca, ni Salinas ni Guillén llegaron a ese punto. Sigue siendo el poeta con más vitalidad de aquel grupo. Su coloquialismo no es nada ramplón, sino absolutamente moderno y vivo. Su lenguaje es el de los poetas líricos sevillanos del Siglo de Oro, a los que tanto admiraba: meditativo sin llegar a ser arcaico».
Pero toda influencia tiene su peligro en el mundo del arte, y no digamos en la selva del lenguaje poético. La lucidez congénita, moral e intelectual, de Rogelio Reyes da la voz de alerta: «Ese lenguaje lo siguieron los poetas más dinámicos de la generación del 50, o del grupo Cántico, y los de la lírica contemporánea. El peligro llega con la reiteración y el manierismo. Mucha poesía actual es excesivamente cernudiana. Es necesario renovar el lenguaje y romper ese canon para no caer en el error de una poesía impecable en la forma pero sin alma, sin vida».
Cada vez que el biógrafo pasa por la calle Acetres y ve la casa natal de Cernuda en venta, ocupada por una cristalería, piensa lo mismo. Y Antonio Rivero lo dice: «En otra ciudad del mundo no sucedería esto con la casa natal de un poeta de tan altísima categoría». Pero ya se sabe que Sevilla es la ciudad donde habita el olvido.

 
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