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Mar

17

Nov

2015

SANTA MARÍA LA BLANCA, EL BARROCO SEVILLANO EN 3D PDF Imprimir E-mail

EL MUNDO / 16/11/2015

FRANCISCO JAVIER RECIOHay espacios que hablan por sí mismos, sin necesidad de que los historiadores los interpreten. Edificios con un relato propio, que no están incrustados en la Historia sino que la construyen como parte sustancial de ella. A ese tipo de lugares pertenece la iglesia de Santa María la Blanca, posiblemente el más fabuloso ejemplo de Barroco religioso andaluz, testimonio del día en que la Iglesia decidió afrontar el avance de la Reforma Luterana colmando de mensajes y visiones sagradas hasta el último rincón de sus templos.

Santa María la Blanca quedará libre de andamios a partir de este lunes, y recuperada plenamente para el culto y las visitas a mediados de diciembre. Sus pinturas murales, sus hermosos paños de cerámica y sus yeserías imposibles estarán por fin a la vista, recuperadas en todo su esplendor después de cinco largos años de intervenciones que han afectado a todos los elementos del edificio, desde sus cimientos de mezquita y sinagoga al sistema de iluminación que ahora utilizará tecnología led.

Las obras, divididas en tres fases, se iniciaron en 2010 y durante los tres primeros años obligaron al cierre completo del templo. En ese periodo se actuó básicamente en la cubierta, la cimentación y los muros. El objetivo básico era el de evitar las filtraciones y humedades que a lo largo de los siglos han deteriorado la estructura y, muy particularmente, el enorme despliegue ornamental y pedagógico que contienen las paredes interiores del edificio.

A partir de enero de 2013, con las dos primeras fases ya ejecutadas, la iglesia se reabrió al culto, aunque con un horario restringido a lo largo de este último año para permitir el avance de la última fase de restauración, que se inició el pasado febrero y que este mismo lunes entra en su recta final con la retirada de los andamios y tablones que han permitido el trabajo de los especialistas.

Esta tercera fase de la intervención, adjudicada por el Arzobispado a la empresa Ágora por 474.000 euros, de los que el Ayuntamiento aporta 100.000, ha consistido básicamente en la recuperación de las pinturas murales y las yeserías, oscurecidas por efecto de la humedad, el humo de las velas y el envejecimiento químico de los materiales originales. El deterioro era absoluto en algunas zonas. Se han resanado grietas, retirado repintes, recuperado los tonos dorados y retirado la suciedad acumulada. Sólo en casos muy determinados se ha optado por lareintegración del elemento original desaparecido, y, cuando se ha hecho, se ha dejado un testigo para diferenciar el original de la copia.

Los hermanos Pedro y Miguel Borja, autores de las yeserías; el escultor Pedro Roldán, a quien se atribuyen las piezas de mayor tamaño; y el pintor Alonso Pérez, que se encargó de las pinturas murales muy probablemente asesorado por Bartolomé Esteban Murillo, no se lo pusieron fácil a los restauradores con surevolucionario atrevimiento artístico: «No hay dos dibujos iguales; si recreáramos alguna imagen basándonos en otras que sí se conservan corremos el riesgo de inventarnos algo que nunca existió realmente», explican los restauradores Juan Manuel Macías y Juan Aguilar, al frente de un equipo formado por dos decenas de especialistas entre los que figuran, además de diez restauradores, un grupo paralelo de químicos, biólogos e historiadores.

El equipo ha contado, además, con un especialista en escaneo tridimensional, que fotografía cada centímetro del templo con un doble objetivo. El primero, contar con un modelo completo del programa decorativo, que en adelante será esencial con vistas a la investigación y a posteriores labores de mantenimiento y restauración; el segundo, permitir la reproducción de piezas perdidas. Con esta finalidad, los técnicos han utilizado una impresora en 3-D, con la que se han reproducido en plástico termofundible piezas que habían desaparecido. Se ha hecho en casos muy contados, cuando existía la información suficiente y fiable sobre el elemento perdido y con la garantía de que, al tratarse de un material de última tecnología, siempre serán distinguibles de las piezas originales. Así se ha hecho, por ejemplo, con algunas de las letras que componen la advocación mariana del templo, situada en el frontal del arco situado a los pies de la nave central.

Quien visitara Santa María la Blanca antes de febrero observará ahora un cambio radical en la iglesia. Posiblemente, su reacción sea similar a la que tuvieran los primeros sevillanos que la conocieron en el último tercio del siglo XVII, incluso a la que llevó al cronista oficial de la época, Fernando de la Torre Farfán, a escribir páginas encomiásticas en torno a su profusa decoración. La restauración ha permitido recuperar -e incluso potenciar, gracias a la nueva iluminación- el efecto tridimensional de la decoración buscado por los autores originales, tanto en las yeserías como en las pinturas murales que, a modo de trampantojos, son la continuación de las primeras. Lo que hasta principios de año era un dibujo plano por efecto del deterioro, desde ahora volverá a ser un espectáculo formidable de volúmenes, luces y sombras.

También serán mucho más visibles los detalles, en ocasiones minimalistas, como las numerosas reproducciones de la Giralda -en figuras de yeso y pintadas sobre los muros- como testimonio de la vinculación del templo al Cabildo de la Catedral; los dibujos de barcos, jarras de azucenas muy similares a las de la Giralda, cabezas de león, flores o los innumerables ángeles, todos diferentes; los proverbios, salmos y citas del Apocalipsis; o curiosidades como un plato con una cuchara y piezas de pan. Elementos con una finalidad más allá de la pura ornamentación, que buscaban hacer pedagogía de la fe entre un pueblo mayoritariamente analfabeto. Lecciones sobre Dios en tres dimensiones que ahora regresan en toda su brillantez.

 
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