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Vie

11

Dic

2015

DECADENCIA ABSOLUTA PDF Imprimir E-mail
Santa Catalina

andaluces en una razonable situación, muy lejos del abandono y la ruina que los carcomen. En este tránsito de la vida a la muerte, en el camino, los ricos despojos que desconchan tan tristes días caen en manos ajenas a la propiedad, para que azulejos del XVII o taraceas mudéjares le pongan un toque de distinción a algún chalé faraónico de la costa marbellí o a un despacho potente de abogados neoyorquinos. Se nos está cayendo la arquitectura y el mundo religioso de Andalucía día a día, poco a poco, como si fuera una terrible e insoportable condena ante la que no cabe ni el recurso de clemencia.

Creo que este artículo que hoy firmo lo habré escrito tres o cuatro veces en los últimos diez años. Y cada vez que me vuelco sobre la pantalla para, nuevamente, reescribir la versión actualizada, no puedo dejar de sentirme absolutamente estúpido. Como el que le habla a la pared. O el que predica en el desierto. Todo lo que escribimos y denunciamos se lo pasa el poder por el arco de sus autojustificaciones. Que suelen ser las de siempre. Ya sea en San Telmo. Ya sea en Palacio. No hay dinero. Y sin dinero no hay futuro. Y sin futuro qué importa lo que le pase al convento de Madre de Dios, al de Las Teresas, al de San Leandro o al de Santa Inés. ¿A quién le importa eso si ahora y antes y mucho antes que antes si lo único que les hacía temblar es que el derrumbe no hiciera mucho ruido y pudiera ensombrecer la foto en el periódico del baranda de turno? Ya sabemos que solo hay dinero en Andalucía para vacas asás, para cursos de deformación y para colocar al frente de la dirección de Empleo a un figura que gestiona tan divinamente que ha dejado arruinado a su pueblo. Eso lo sabemos. Y también sabemos que el brazo eclesiástico no acaba de quererse enterar de que en los conventos sobrevive, a la tempestad de los tiempos, la única llama prendida que ilumina la fe como escudo de lo que viene, de lo que está llegando. Dice muy poco de todos nosotros que mientras otras confesiones, en su pleno derecho, aspiran a levantar centros de cultos monumentales, a los católicos se nos caigan los conventos y sigamos entusiasmados como locos por las bandas de música. Que son imprescindibles. Tan imprescindibles como el apoyo de la comunidad a esos conventos que se están tragando el tiempo, la tierra y la incapacidad de dos administraciones para mantenerlos en pie.

 

No quiero ser pesimista ni mucho menos oscurecer el futuro inmediato de estos centros religiosos con una nube oscura cargada de electricidad negativa. Pero miro alrededor y veo el trabajito que nos ha costado sacar adelante la iglesia de Santa Catalina. O, en el plano del patrimonio civil, las Atarazanas, por ejemplo. No vive la ciudad sus mejores momentos para que las grandes bolsas de socorro cultural acudan al rescate. A ver qué pasa con los siete millones de euros que Abengoa destinaba anualmente a su magnífica fundación Focus. Así que me temo lo peor. Me temo que lo mejor que nos legaron los tiempos más excelentes de nuestro arte y patrimonio, desde Juan de Oviedo a Barahona, pasando por Juan de Mesa, se venga un día abajo entre grandes golpes de pecho de unos y otros. Mientras que en el extrarradio de la ciudad se levantan pujantes minaretes desde donde otras confesiones podrán ver cómo nos preocupamos por no hacer nada bueno con lo nuestro…

 
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