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07

Nov

2008

LA COLECCION CARRANZA IRA AL REAL ALCAZAR PDF Imprimir E-mail
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Actualizado Miércoles, 29-10-08 a las 07:34
Seamos optimistas y digamos que ahora sí va en serio que la Colección Carranza se queda en Sevilla. Y en el Real Alcázar, como había prometido el Ayuntamiento al donante desde 1996, cuando fue recibido en esta ciudad por la entonces alcaldesa Soledad Becerril, que no pudo cumplir su deseo por el cambio de gobierno municipal.
Sí, ahora parece que va en serio. El alcalde está dispuesto a cumplir el acuerdo de 2004 y poner a su disposición tres de las salas prometidas en la zona alta del Cuarto del Almirante, que da al patio de la Montería. Esto lo han pactado de común acuerdo el alcalde y el benefactor, de manera que las dos salas restantes pueda seguir usándose para las exposiciones temporales. Allí se verá la parte principal, pero otras piezas de interés se expondrán en el futuro museo de cerámica Santa Ana, en Triana. El proyecto de la instalación museográfica lo llevará a cabo el profesor Alfonso Pleguezuelo, experto en cerámica y autor de libros y catálogos de las colecciones de Vicente Carranza.
Mañana, encuentro oficial
Mañana será un día histórico. Mañana, el alcalde recibirá a Vicente Carranza y a su mujer, y después, el matrimonio será acogido oficialmente en el Real Alcázar, donde le atenderán diversas autoridades: la delegada municipal de Cultura, Isabel Montaño —la última mediadora de este proceso—, el alcaide y otras autoridades.
Vicente Carranza, un santo Job manchego, inteligente y tenaz, tiene dos obsesiones —benditas obsesiones—: la cerámica trianera y Sevilla, y ahora cuenta con las suficientes pruebas para creer de verdad que el asunto va en serio, que las mil piezas de la mejor colección de cerámica española, que tantas ciudades quieren, irán a las tres salas altas del Cuarto del Almirante del Alcázar, donde deberían estar desde el año 2004. Así es, pues por iniciativa del director de ABC de Sevilla, Álvaro Ybarra, y la mediación del anterior delegado municipal de Cultura, Juan Marset, el alcalde Alfredo Sánchez Monteseirín envió unas cartas a Patrimonio Nacional solicitándole que cediera el uso de las cinco salas de la parte alta, que estaban inutilizadas, con objeto de instalar en ellas la Colección Carranza. A la respuesta afirmativa del duque de San Carlos, entonces director de Patrimonio Nacional, le siguió otra carta del alcalde agradeciéndole el gesto, por lo que suponía para Sevilla tener un museo estable en el Real Alcázar, y de esa categoría.
La cuestión quedó paralizada. No pudo ser ni entonces ni en posteriores intentos, hasta que hace tan sólo unas semanas Vicente Carranza, cansado de tantas gestiones fallidas, desistió de su deseo de regalar la colección a Sevilla. Pero lo hizo dejando abierto un resquicio de luz, con la esperanza, cada vez más socavada de que, quién sabe, a lo mejor todavía era posible a los 80 años y tras 12 años de idas y venidas, de ver en vida —y que sea por mucho tiempo— su colección en unas salas con el nombre de su hijo Miguel Ángel Carranza. Cuántos años rescatando para Sevilla y Triana lo que el tiempo había dispersado no sólo aquí (anticuarios, coleccionistas, mercadillos) sino en todo el mundo, cuando viajaba en compañía de su mujer y su hijo, al que tanto le debe la difusión de la cerámica trianera.
La exposición de 1996
La gran exposición que con su legado se montó en 1996, en el convento de San Clemente, dejó boquiabiertos a muchos sevillanos que la visitaron. Miles de personas pasaron por las salas del monasterio y dejaron palabras inolvidables de agradecimiento para este hombre que ya había decidido entonces que estas piezas maravillosas e inimitables, todas distintas (del siglo XIV al XX), sólo podían ir a Sevilla, porque si no se quedaban en Sevilla posiblemente volverían a dispersarse. Obras estudiadas por el profesor de la Hispalense Alfonso Pleguezuelo, por el propio Carranza y por su hijo Miguel Ángel. Eso se llama salvar el patrimonio más frágil y en peligro para luego devolverlo restaurado, clasificado y estudiado a su ciudad de origen, sin pedir nada a cambio.
Vicente Carranza, el hidalgo manchego que llegó a Madrid poco después de la guerra con una maleta de cartón y un duro en el bolsillo, dirige desde hace muchos años la empresa de cerámica Paz y Cía. en Madrid. Sus fondos artísticos están bien colocados, por donación, en su pueblo natal, Daimiel, del que recibió la Medalla de Oro, y en el museo nacional de Santa Cruz de Toledo, ciudad de la que es académico. Él, hombre de palabra, dijo que sólo aceptaría que su colección fuera al Alcázar, lugar que se le ha prometido en tres ocasiones sin él haberlo pedido.
Vicente Carranza tiene ya preparados los billetes para Sevilla. Dicen que se le nota muy animado en este giro del destino, cuando todo se veía negro.
Quedan todavía pendientes por resolver otras donaciones importantes para la ciudad, pero la de Carranza se ha salvado en el último momento, como pasa en el fútbol, y todo parece estar ya en marcha y bien encauzado. Las obras podrían durar unos seis meses y, con un poco de suerte y cruzando los dedos, a lo mejor en primavera llega la inauguración de este museo que se creía perdido.
Y que Vicente Carranza y Pepita García Gómez, su mujer, lo disfruten por mucho tiempo, y nosotros lo veamos.
 
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