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Mar

11

Nov

2008

Las otras torres Pelli PDF Imprimir E-mail
 
La próxima semana se hará público el informe de Icomos sobre la torre Pelli, un documento que según el profesor de la Hispalense y miembro de Icomos, Víctor Fernández Salinas, «no se prevé positivo dada la preocupación que tiene el Comité Español de esta institución», el organismo que asesora a la Unesco.
Mientras tanto, la sombra de la torre del arquitecto argentino César Pelli sigue presente en Sevilla a fuerza de tanta infografía deslumbrante por la que se intenta que cale y forme parte de la realidad urbanística de la ciudad. Pero la futurible torre Pelli se resiste a ser un «icono, un hito», o quizás mejor un tótem fruto de un momento que puede estar pasando.
La torre ha pasado de la sombra dura a la penumbra, incluso antes de que el Colegio de Arquitectos de Sevilla, tras haberle dado el visado, pronunciara a media voz la palabra «contundente», que es una forma de decir que la torre produce un impacto negativo sobre la ciudad histórica, al estar tan cerca del casco antiguo, tan encima del monasterio de cartujos que da nombre a la isla.
La torre Pelli es el superlativo de otros dos proyectos que provocaron revuelo en Sevilla: la de Los Remedios o de los vencejos, ya concluida tras muchos años en esqueleto de hierro, y la de la Plaza de Armas, de menor altura, que acabó desechándose donde hoy está el jardín de cemento más árido de Sevilla. En los años sesenta, la de Los Remedios traía de cabeza a los académicos y profesores de Historia del Arte debido a su incidencia sobre una ciudad entonces casi intacta. Y ahora su contundencia queda muy disminuida frente a la torre acristalada de Pelli, al ser mucho menos ostentosa y de menor altura. Pero en aquella época, la ciudad comenzó a ser devorada por la piqueta y los mismos académicos seguían con la mirada fija en Los Remedios, hipnotizados por la torre de República Argentina, sin comprometerse de verdad con un casco histórico que se hacía pedazos. Ello movió al profesor profesor Diego Angulo Íñiguez a proponer en la Academia de Bellas Artes que el palacio de los Guzmanes, en el Duque, fuera declarado monumento nacional (mediante un informe que aún se conserva), pero, sobre todo, a advertir muy seriamente sobre los desmanes tan graves que se estaban produciendo en Sevilla, mientras la única preocupación parecía ser una torre no demasiada alta dentro de un barrio moderno de trazado bastante caótico.
La torre Pelli es otra cosa porque entra en la categoría de rascacielos debido a sus 178 metros de altura, que casi dobla a la Giralda. Es, por tanto, una idea ajena a las características urbanas de la Sevilla intramuros, tan llana, horizontal y homogénea. En el mismo solar desforestado y reservado para la torre Pelli podría estar ahora la de Bofill: un diseño del año 2001 y de menor altura, que fue desautorizado tras sesudos informes sobre su influencia negativa en el entorno y en el tráfico; informes provenientes de las instituciones que hoy gobiernan, las mismas que ha dado luz verde a la torre Pelli, mucho más impactante que la de Bofill.
El rascacielos de Pelli ha sido alabado por unos y criticado por otros. Las asociaciones de patrimonio fueron las primeras en alzar la voz, seguida del informe del arquitecto y sociólogo Francisco Morilla, que resaltaba los efectos que la torre iba a provocar no sólo en el paisaje sino en el tráfico de la zona; hasta que llegó la visita de Icomos y su decisión de evaluar el impacto que el rascacielos producirá en el casco antiguo y la zona declarada Patrimonio de la Humanidad en 1987 (Catedral, Alcázar y Archivo de Indias).
La asociación de profesores Ben Baso, ante el anuncio de la colocación de la primera piedra el pasado verano, manifestaba que la construcción de este «rascacielos a la sevillana» significaba un cambio de modelo urbano muy distinto al de la ciudad europea, que podía ser el precedente de una ciudad verticalizada y nada sostenible, con graves problemas de movilidad. Por su ubicación prevista, la torre provocaría un efecto similar, aunque a mayor escala, al que produce el bloque de pisos que sobresale en la calle Cervantes de Écija, levantado en la década de 1960.
Ben Baso lamentaba el silencio de las instituciones culturales ante el impacto y repercusiones negativas de un rascacielos que afectaría irreversiblemente a la calidad del entorno, tan cerca del límite del conjunto histórico y del B.I.C. del monasterio de la Cartuja.
Hecho el silencio tras la palabra «contundente», ahora hay que esperar el informe de Icomos.
Los rascacielos tienen su sitio. Los hay que son piezas notables de la historia de la arquitectura y es probable que con el tiempo, alguno tan representativo como el Empire State, forme parte de la lista del Patrimonio Mundial. Lo que no cabe duda es que el rascacielos es desde siempre un símbolo de poder como en su día lo fueron, salvando las distancias, las pirámides de Egipto, los arcos de triunfo, las fortalezas o las torres defensivas. Pero a diferencia de aquellos monumentos de la antigüedad, perfectamente integrados en su contexto, el rascacielos, fuera de su entorno propicio, puede ser también un elemento provocador y agresivo en relación a un conjunto urbano históricamente consolidado. Este conflicto traumático entre la advenediza arquitectura efectista de desmesuradas dimensiones y la ciudad horizontal que el tiempo ha modelado lentamente, se agudiza en las urbes de tamaño medio y configuración homogénea. Ciudades que poseen un tejido urbano plano, delicado, frágil. Nadie se imagina una Torre Pelli en Venecia, Évora, Weimar o Brujas. Tampoco en Praga ni en Sevilla, porque una cosa es el dibujo y otra la realidad. ¡Qué distintos se ven los volúmenes de las setas de la Encarnación a pie de calle! Faltan la perspectivas falsas de los planos: espacios que no existen.
Hace unos años un célebre arquitecto inglés, autor de algunas de estas torres tecnológicas, entonaba el mea culpa a esa edad avanzada en que se dicen las verdades, como cómplice de la aniquilación de la fisonomía de las viejas ciudades asiáticas a base de grandes proyectos faraónicos que de forma acelerada están borrando toda huella de su historia urbana.
Rascacielos con ego
De unos años a esta parte, algunos dirigentes políticos parecen haberse puesto de acuerdo para saciar su ego con la construcción de grandes rascacielos sin tener en cuenta el impacto que estas gigantezcas estructuras de acero y cristal producen en el paisaje urbano colindante. En realidad buscan un protagonismo que será mayor si la obra genera una sensación de ruptura o contraste con el medio urbano tradicional. Lo de menos es que perturbe para siempre la silueta de una ciudad tan horizontal y equilibrada como San Petersburgo, que responde a una época. Allí nació Putin, que sigue apostando por la megalómana torre que corona el proyecto Onkta o Gazprom City, diseñada por el estudio RMJM London Limited. Son 320 metros de torre lo que el político ruso quiere plantar en el río Neva junto al casco antiguo, hiriendo con su reflejo metálico el perfil de la ciudad barroca.
El ego de los políticos se alía con un reducido número de arquitectos que siempre son los mismos. Y al final sus factorías crecen a igual velocidad que sus rascacielos. Así aparecen de pronto dos bloques intrusos y desproporcionados en el horizonte virtual de Praga. Las asociaciones se oponen, la Unesco amenaza con borrarla de la lista del Patrimonio Mundial, y el mayor de los rascacielos, de 78 metros menos que la torre Pelli, se para momentáneamente.
En Colonia, con catedral declarada Patrimonio de la Humanidad, ocurre lo mismo tras un informe de Icomos, pero en Copenhague no hace falta la intervención de este organismo: los ciudadanos paran el rascacielos que el ego de los políticos quería plantar en el Tívoli, en pleno centro de la ciudad.
 
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