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EL MUNDO / 6/1/2015

JUAN MIGUEL VEGA

PRETENDÍA contarles hoy la jocosa historia protagonizada por un sacerdote sevillano que tuvo una delirante actuación oficiando hace unos días una misa de difuntos en la capilla del tanatorio de la SE-30. Servidor no había visto jamás que de un funeral saliera todo el mundo, deudos incluidos, partiéndose de risa, que fue lo que pasó. Entiendo, sin embargo, que dado el día que es, lo suyo es atender asuntos que generen ilusión y hagan mirar hacia adelante. Así que aplazo lo del cura hasta pasado mañana. Lamento dejarles con la miel en los labios, pero total van a ser sólo dos días. Además, así compran ustedes el periódico también el viernes, que la cosa está muy mala. Total, aún estamos a primeros de mes y quién no tiene el euro y pico que cuesta.

 

Lo que en cambio no parece que haya es ganas en el Ayuntamiento de resolver lo de la colección de obras de arte que don Mariano Bellver quiere donar a Sevilla. Algo inconcebible. ¿Cuándo se ha visto a alguien rechazar un tesoro que le dan gratis? Bien, pues eso es exactamente lo que está haciendo Sevilla, mientras al fondo Málaga contempla la escena. Hace unos días, el arriba firmante tuvo, junto a un grupo de ilustres amigos, el privilegio de visitar el domicilio del frustrado donante. En nuestra heterogénea pandilla había gente como Enriqueta Vila, Isidoro Moreno, Rogelio Reyes, Juan Pedro Álvarez, Manuel Arcenegui o Joaquín Egea. Todos coincidieron en el pecado de lesa incultura que cometerían nuestros políticos despreciando la colección del señor Bellver. No sólo cuadros, también esculturas, relojes, muebles, retablos, lámparas...

El erudito y también amigo Juan Lacomba, que los ha inventariado y ejerció de guía, se detuvo en una mesa versallesca que tasó en sesenta millones de pesetas. O sea, que no son exactamente baratijas del jueves lo que este hombre quiere legarnos. Hacer aquella visita fue realmente un privilegio. Es verdad que un cierto halo kitch envuelve el lugar, pero lo hace con encanto y hasta aportando un contexto que haría las delicias del visitante; americanos y japoneses no durarían en reservar con años de antelación para visitar la casa Bellver en la Plaza del Museo.

Porque la colección no sólo debe quedar en Sevilla; también debe impedirse que la mutilen llevando una parte al Pabellón Real. Que se quede donde está. En su casa. Claro, por pedir, que no quede. Hasta lo posible. ¿No es hoy precisamente el día de Reyes?

 
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