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Mar

19

Ene

2016

EL PANTEÓN DE SEVILLANOS ILUSTRES EN SUS MORADORES PDF Imprimir E-mail

 

EL PANTEÓN DE SEVILLANOS ILUSTRES EN SUS MORADORES

 

Las figuras de Arias Montano y Felipe II no han tenido mucha suerte en la historia.

 

Felipe II representa para algunos el oscurantismo, la inquisición, algún iletrado diría el fascismo con la anacronía que suelen utilizar los hijos de la Logse, a ello contribuyó la leyenda negra tejida por franceses e ingleses, que hablan del asesinato de su heredero por los amores incestuosos con su madrastra, del Rey comiendo mientras asiste a la quema de herejes o de los amores secretos con la Princesa tuerta, la Éboli, como refleja Verdi en su ópera Don Carlos. Completa el cuadro, el Rey con el féretro junto a su cama aguardando la muerte. Para colmo, frente a la figura de su padre mujeriego y guerrero, él aparece como un desconfiado burócrata.

 

Benito Arias Montano, que yace en nuestro Panteón de Sevillanos Ilustres es tan desconocido para sus conciudadanos como el propio Panteón. Cuán estudiado sería en las escuelas y universidades de otros países donde la historia no es una asignatura que sólo sirve para sacar el lado oscuro del pasado y los que la imparten, en muchos casos, parecen contertulios de Sálvame.

 

Arias Montano es uno de los más grandes humanistas españoles y universales. Como tal, va a participar en el Concilio de Trento donde se definiría el Dogma Católico frente a los Protestantes.

 

En 1568, Felipe II le pide consejo sobre la redacción en los Países Bajos de una Biblia poliglota, ¡cuál no sería la fama de este hombre que había estudiado en Sevilla y luego en la Universidad de Alcalá de Henares, la fundada por Cisneros, medicina, filología, matemáticas, etc!. Antes había acompañado al Rey a su boda con la Reina de Inglaterra, María Tudor, donde comienza la relación con el monarca.

 

Durante su estancia en Amberes, Benito Arias Montano se relaciona con los sabios allí instalados como Lucius, botánico con el cual se intercambiará noticias y semillas. Arias Montano le enviará la obra de Nicolás Monardes, el que tuvo su huerto en la Calle Sierpes, que la traducirá al latín.

 

Igualmente, se relacionará con él matemático Ortelius o el geógrafo Mercator creador de uno de los mapas más interesantes del Renacimiento.

 

A Amberes, le llegará noticias de las maniobras que está haciendo un profesor de la Universidad de Salamanca, León de Castro, que acusa ante la Inquisición tanto al gran Fray Luis de León, el asceta de la Vida Retirada, como a su amigo Arias Montano de extender ideas contrarias a la pureza religiosa. Pero la sombra de Felipe II protege a Don Benito, es más, el Rey le encarga la creación de la Biblioteca del Escorial, la más importante de la historia desde aquella perdida y destruida en Alejandría, cuando Roma dominaba el mundo.

 

Arias Montano aportó a la Biblioteca no sólo su saber, sino libros, mapas e instrumentos matemáticos y astronómicos que había adquirido por toda Europa.

 

En torno a nuestro sabio se reúnen en el Escorial, científicos como los sevillanos Simón de Tovar y Francisco Sánchez de Oropesa que mantendrán permanente contacto con sus homónimos  de los Países Bajos, tanto católicos como protestantes, lo que desmonta la idea de una España fanática, encerrada en sí misma y lejos del humanismo europeo.

 

Los últimos diez años de su vida, Arias Montano, decide retirarse a la Peña que lleva su nombre en Aracena donde hace realidad el poema a la Vida Retirada de su amigo Fray Luis de León. Allí recibirá la visita del Rey Felipe II, que marcha para Portugal a fin de hacer posible el sueño que aun algunos mantenemos de la Unidad Ibérica.

 

Felipe II no irá allí a cazar osos, ni jabalís, ni nada parecido, va a conversar con el sabio sevillano, para luego alojarse en otro punto mágico: el Convento de los Capuchos en Sintra, Portugal, pobre residencia para el extraordinario humanista y Rey que fue Felipe II.

 

En 1598, la muerte se llevará a ambos. Felipe II yacerá en el Escorial, Benito Arias Montano en el Convento de Santiago de la Espada, entre las calles San Vicente y Guadalquivir.

 

Las tropas napoleónicas, las que según los ilustrados, que tanto admiran algunos, nos iban a traer la luz frente a la oscuridad, destrozaron la tumba y aventaron sus cenizas ambas le traían recuerdos de la grandeza cultural y política de un país al que Europa imitaba en su vestimenta, en sus personajes literarios y utilizaba su lengua en diplomacia, además de haber acabado con la soberbia francesa  en la gloriosa jornada de San Quintín.

 

“Rebus sic stantibus”

 

 

 

 

 

 

 
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