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OJALÁ PUDIÉRAMOS PDF Imprimir E-mail

ABC SEVILLA / 24/1/2015

JAVIER RECIO

EL verbo inglés «afford» no tiene traducción directa al español. Sólo el pronominal de permitir remite a la idea de quien tiene los medios para hacer algo que es el significado del vocablo extranjero. Las ciudades también están limitadas en su libertad para permitirse según qué gastos o qué proyectos. Probablemente, sea la funesta manía de no conjugar el verbo permitir en su forma pronominal («permitirse») que tienen los políticos autóctonos el origen de no pocos disparates. Si los responsables de la cosa pública se hubieran preguntado «¿podemos permitírnoslo?» con el mismo celo pequeñoburgués con que la formulan quienes rigen la economía doméstica, no habríamos levantado las Setas de la Encarnación, el auditorio de la SGAE, el estadio de la Cartuja ni tantas otras infraestructuras millonarias ociosas o en desuso de las que daba cuenta el espléndido y documentado reportaje de Eduardo Barba en estas mismas páginas el pasado lunes. Al final, como recuerda el título de esta sección, la ciudad inevitable que acabamos habitando es sólo la única resultante que llega a ser factible de entre todas las posibles. Todas las demás se quedan por el camino, empedrado como el cielo de buenas intenciones que nunca llegan a fructificar.

Ojalá pudiéramos permitirnos una ciudad en la que la Catedral estuviera consagrada al culto y perderse entre sus naves inmensas fuera gratuito. Que la riqueza intrínseca de su propietario o de un mecenas espléndido hiciera innecesario cobrar un precio de acceso para admirar los tesoros que esconde. La Unesco ha decidido fijarse en la armonía que el Cabildo Catedral ha encontrado entre el uso religioso y el turístico del monumento patrimonio de la Humanidad y lo va a proponer como modelo en un congreso en París por mucho que a nosotros nos parezca una barbaridad que no se garantice el libre acceso a las capillas donde rezaban nuestros padres o nuestros abuelos. Pero el modelo actual garantiza que no se haya venido abajo la grandiosa montaña hueca y que quien lo desee pueda rezar sin mayor impedimento ante la patrona.

Ojalá pudiéramos permitirnos una ciudad que pudiera prescindir de los ingresos que proporcionan los congresos turísticos, para los que se disponen los principales espacios singulares como un atractivo añadido para que nos visiten: una recepción en el patio de la Montería del Alcázar o una cena en la plaza de España siempre queda más lucida que un refrigerio servido en un impersonal hangar de avión. Ojalá la riqueza generada en la ciudad por su industria y su comercio hiciera innecesario ese reclamo con el que tratamos de diferenciarnos de otras ciudades sin atractivos naturales.

Ojalá pudiéramos permitirnos una ciudad en la que los bares obtuvieran rentabilidad suficiente de su negocio como para no tener que aprovechar hasta el último milímetro libre de acera a su alrededor con veladores y terrazas donde una clientela sin mucho poder adquisitivo puede disfrutar de consumiciones a un precio asequible.

Ojalá pudiéramos permitirnos una ciudad donde un monumento capital como las Atarazanas no estuviera sujeto a la intervención de un patrocinador bienintencionado con una inversión cerrada, sino que fueran los criterios históricos y técnicos los que determinaran la rehabilitación integral del edificio tal como fue concebido. Ojalá las administraciones públicas, en especial la propietaria del edificio, fueran conscientes de lo que significa y destinaran una cantidad económica para sufragar la excavación completa acorde con su importancia.


Ojalá pudiéramos vivir en alguna otra de las ciudades posibles y no sólo en la única inevitable.

 
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