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17

Feb

2016

BÉCQUER: UN JIRÓN DE NIEBLA PDF Imprimir E-mail

En el Panteón de Sevillanos Ilustres yacen juntos Gustavo Adolfo Bécquer y su hermano Valeriano, bajo un monumento del gran escultor marchenero, Coullot Valera, el mismo que diseña el magnífico monumento a la Inmaculada de la Plaza del Triunfo.

La periodista Aurora Flores, en un bello artículo en ABC, recuerda que hoy se cumplen 180 años del nacimiento del poeta en el barrio de San Lorenzo, en una casa de la que sólo conservamos la fachada  porque a la Comisión de Patrimonio y al arquitecto de turno les parecía que la arquitectura romántica tradicional era demasiado pobre en cuanto a materiales y había que modernizarla, como en Madrid se ha hecho con la casa de Lope de Vega, en París con la de Víctor Hugo o en Segovia con la fonda donde estuvo Antonio Machado. ¿O es al contrario y allí se ha respetado y aquí nuestra Comisión y nuestros arquitectos son más modernos? ¿O más “ignorantes”…?

En 1913, la intelectualidad sevillana de fines del S.XIX y especialmente unos hombres extraordinarios, los hermanos Álvarez Quintero, decidieron que este era el sitio donde debía descansar Gustavo Adolfo. El había pedido dormir junto al río, en una tumba olvidada:

¿A dónde voy? El más sombrío y triste

De los páramos cruza

Valle de eternas nieves y de eternas

Melancólicas brumas.

En donde esté una piedra solitaria

Sin inscripción alguna

Donde habite el olvido,

Allí estará mi tumba.

 

Entonces el ferrocarril recorría toda la orilla del Guadalquivir. Sevilla decidió que tenía que dormir  en la Iglesia de la Anunciación de la vieja Universidad y desde la estación de Córdoba hasta la Iglesia acompañó el cadáver de ambos hermanos en una manifestación popular que hoy sólo consiguen las muertes trágicas de algún torero, o alguna Virgen Coronada. Sevilla era entonces una ciudad culta, mal que le pese a los cuervos de siempre, que adoraba a sus poetas. La muerte temprana de los hermanos y su amor filial aumentaba más aun su leyenda.

Al brillar un relámpago nacemos,

Y aún dura su fulgor cuando morimos,

¡Tan corto es el vivir!

La gloria y el amor tras que corremos,

Sombras de un sueño son que perseguimos.

¡Despertar es morir!

Años más tarde la vieja Universidad se destruyó, en aras, nuevamente, de la modernidad y la que había sido cripta de la Iglesia se convirtió en Panteón de Sevillanos Ilustres. Allí fueron a parar los restos de los Bécquer. Gracias a algunos alumnos, cada viernes el Panteón se abre y el recuerdo de Bécquer resucita, pues nada más queda, alguna lápida, el monumento del Parque de María Luisa, alguna leyendas y la Venta de los Gatos a la que ha prometido Juan Espadas remozar y mantener como recuerdo tangible de uno de los más grandes escritores de lengua hispana.

Se preguntaba  Juan Ramón Jiménez ¿qué era aquel jirón de niebla que en las tardes de Semana Santa él veía con ojos de poeta vagar por Sevilla? ¿es Bécquer decía? Y se contestaba: sí, es el poeta.

Bécquer revivido por el amor, por la gracia eterna de Dios

Hoy la tierra y los cielos me sonríen,

Hoy llega al fondo de mi alma el sol,

Hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado…

¡Hoy creo en Dios!

 

 

 
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