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Feb

2016

EL LEGADO SEVILLANO DE IGNACIO ZULOAGA PDF Imprimir E-mail

ABC SEVILLA / 9/2/2016

ANDRÉS GONZÁLEZ-BARBA

 Ignacio Zuloaga ( Éibar, 1870Madrid, 1945) es conocido fundamentalmente porque supo plasmar como nadie la sobriedad del alma castellana en cada uno de sus retratos. Sin embargo, hasta la fecha nadie había investigado la influencia que tuvo la luz y el color de Sevilla en sus primeras obras de juventud. De ahí el valor añadido que posee el estudio «Ignacio Zuloaga en Sevilla» (colección de Arte Hispalense de la Diputación de Sevilla), de José Romero Portillo, pues revela de una forma evidente el amor que el pintor vasco sintió hacia la capital hispalense en general y hacia Alcalá de Guadaíra en particular.


Romero Portillo (Alcalá de Guadaíra, 1981) aclara antes que nada que «yo no soy historiador del arte, sino un periodista, por eso más que un estudio histórico-artístico he hecho una crónica sobre el paso de Zuloaga por Sevilla y Alcalá».
La idea de este proyecto surgió a partir de una serie de artículos que hizo este periodista sobre personajes de la cultura que pasaron por la localida alcalareña. «Enrique Sánchez, director de La Voz de Alcalá, me animó a investigar sobre el paso de Zuloaga por Alcalá. A partir de ahí me puse en contacto con la familia del pintor, que me atendió de manera fenomenal», admite Romero Portillo.
Dos museos
La documentación para poner en pie el libro ha sido fundamental, por eso este autor ha acudido a la Biblioteca Nacional. También investigó las cartas que escribió Zuloaga cuando estuvo en Sevilla. «He visto todos los cuadros in situ», añade el periodista. De ese modo, ha estado en los dos museos Zuloaga: el de Pedraza de la Sierra (Segovia) y el Zumaya (Guipúzcoa). «Los dos fueron casas de Zuloaga. En Pedraza de la Sierra compró un castillo y en Zumaya compró una casa colindante con una ermita que estaba en el camino francés del camino de Santiago. Él restauró ambos inmuebles», sentencia Romero Portillo.

A partir de ahí, este autor habló con la Diputación de Sevilla, que no puso problemas para incluir este libro dentro del catálogo de la colección 
La exhaustiva investigación periodística realizada por este Romero Portillo lo llevó a rastrear en la Hemeroteca Municipal para detectar el paso que Zuloaga dejó en Sevilla. «No hay muchos documentos, pero descubrí algunos inéditos», aclara. Además, añade que algunos expertos, como el historiador de arte Enrique Lafuente Ferrari, «se volcaron sobre todo en la época castellana, pero los años sevillanos no estaban muy documentados hasta ahora». Además, este periodista reconoce que la vinculación del pintor vasco con la capital hispalense fue algo más que un « sarampión andaluz » , como muchos la bautizaron.
En ese sentido, el artista frecuentó los cafés cantantes de la Alameda y el mercadillo del Jueves. Su producción en Sevilla fue tan importante que pintó más de cincuenta cuadros. «Él venía de formarse en París en la Academia Libre. Por circunstancias económicas, unos amigos l e agencian un trabajo en una compañía minera de Sevilla en 1892. Los yacimientos mineros estaban en la Sierra Norte. A él le buscaron un trabajo como pagador de los mineros. Tenía que ir a caballo
de Sevilla a la Sierra Norte para darles el dinero, siempre con un revólver por si había algún salteador de caminos», aclara este periodista.
Zuloaga se instaló en la Casa de los Artistas, cerca de la calle Feria. Durante su estancia en la ciudad andaluza trabaja de forma muy independiente. Si en París había tenido una gran relación con Gauguin, Degas, Toulouse Lautrec, Rusiñol o Ramón Casas, entre otros, en Sevilla pintó en solitario y no se apega a la escuela paisajista de Alcalá de Guadaíra. Llegó a relacionarse con Gonzalo Bilbao, pero sin que surgiera una amistad. «Zuloaga tiene más relación con los pintores foráneos que vienen a Sevilla, como Darío de Regoyos, que con los pintores locales», afirma este investigador. Quizás con el único pintor sevillano con el que se llevó bien fue con Javier de Winthuysen, pues con Gonzalo Bilbao «hay una carta que escribe a su tío Daniel Zuloaga en la que afirmaba que Bilbao lo estaba copiando», asegura Romero.
El paso de Zuloaga por Sevilla no es continuado. Él venía en otoño y en invierno. Su temporada de trabajo en Andalucía era casi invernal, ya que se quería alejar del frío intenso de París para buscar mejores condiciones climáticas y una luz más óptima. Se buscó una casa en Alcalá de Guadaíra justo en la ladera del castillo. En ese sentido, el barrio gitano de Alcalá le atraía porque allí había unos modelos determinados. « Él se interesa por el costumbrismo, pero se salta los estereotipos y busca la psicología en el personaje retratado. No t i ende al miniaturismo como se hacía en Andalucía a finales del XIX. Se interesa por los grandes formatos», dice Romero Portillo, quien también añade que el pintor vasco «busca modelos adecuados, como toreros, gitanas, floristas, cigarreras, etc.». Así, hace cuadros notables como «Retrato del picador El Coriano». Estos modelos los repitió hasta su muerte en 1945.

Ignacio Zuloaga y Juan Belmonte entablaron una gran amistad. El pintor invitaba a Zumaya al torero a las corridas benéficas. A este respecto, el hospital de San Juan de Zumaya —cuyo nombre está puesto en homenaje a Juan Belmonte— se hizo a través de las corridas benéficas que organizaba el artista y a las que invitó a Belmonte y Joselito el Gallo. «Belmonte dijo que si Zuloaga no hubiese sido pintor, hubiera sido un gran torero por su valentía. Además, el vasco consideraba al torero como uno más de la Generación del 98, apareciendo retratado en uno de sus cuadros más importantes, "Mis amigos", junto a Baroja, Azorín, Valle Inclán, Marañón y Ortega y Gasset».

La etapa sevillana de Zuloaga acabó a nivel artístico en 1904, aunque siguió viniendo a la ciudad para disfrutar de la Semana Santa, que le encantaba, o la Feria de Abril. A partir de ese año comenzó a trabajar en el taller de su tío Daniel en Segovia.

 
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