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FENICIUS PDF Imprimir E-mail
EL MUNDO / 6/2/2016 CARLOS MÁRMOL EN 2012, el presidente de la Fundación Atarazanas, José Manuel Núñez de la Fuente, declaraba: «Agradezco muchísimo a la Caixa la sensibilidad, racionalidad e inteligencia con la que ha planteado el Caixafórum para que los sevillanos tengamos la suerte de contar con un magnífico contenedor de cultura. Todos sabemos de lo que es capaz la Caixa. Hay que tener mucho valor para meterse en este atolladero. El Caixafórum será el más especial de todos los existentes. El proyecto respeta y es coherente con las Atarazanas, que no sólo serán una plaza pública turística, sino objeto de interés por el relato de su historia». Minutos antes, la entidad financiera y la asociación privada, ahora crítica con la rehabilitación de los antiguos astilleros, firmaban un convenio merced al cual la Caixa les encargaba un proyecto sobre la historia del edificio del que no se ha vuelto a saber nada. El derroche de adjetivos obedecía al óbolo, de tal manera que lo que un año antes era una iniciativa destructora del patrimonio impulsada por un diabólico banco se había convertido en la Capilla Sixtina. ¿Les suena? Es un calco de la guerra indígena que desde hace semanas contemplamos con divertimento. Desde entonces, Núñez de la Fuente y Rafael Crespo, que empezó en Los Verdes, fue en la lista de Espadas en 2011 e intentó entrar en Podemos, los dos agregados comerciales de la fundación tras la huida de los primitivos patronos, lideran una fatwa contra quien ponga en cuestión el derecho de pernada que dicen tener sobre los astilleros. Su mascarada incluye difamaciones contra periodistas entre los que se encuentra un servidor. Nada grave. Hay quien querría vernos abandonar el duelo, pero no vamos a darles el gusto. Sevilla no es patrimonio ni de los indígenas emplumados ni de los pregoneros con sonajero. Ambos coinciden: si les pagan, callan; cuando se acaba el dinero, denuncian. Los atarazanos llevan viviendo de los presupuestos desde 2009, cuando, entre otras deferencias, recibían 150.000 euros al año para un programa de excursiones a América que pagamos todos, pues se costea con fondos de Cajasol, Renfe, Diputación, el Ayuntamiento y la Junta. Zoido los metió en la nómina de las Ciudades Magallánicas. Espadas los mantiene. ¿Por qué? ¿Han invertido el dinero recibido en las Atarazanas? No. Se lo han gastado en ultramar, a mayor gloria del intercambio cultural. Ahora han inventado otro chiringuito transoceánico para exportar su industria: la firma encadenada de convenios de patrocinio. Quieren vivir de la Mar Océana hasta 2022. Y para eso necesitan, imperiosamente, convertir las Atarazanas en un pozo para poner un barquito. Su devoción no es Magallanes. Es el oro de los marinos fenicios.
 
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