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Mar

30

Dic

2008

Zurich y el Patio de los Naranjos PDF Imprimir E-mail
Que no habrá dicho, sensatísimo todo, el antonomástico arquitecto de la Modernidad, que sus declaraciones me han reconciliado, si no con sus obras (que ahí está San Telmo), al menos con sus palabras. Aseguran que entre los arquitectos sevillanos se ha abierto el debate sobre la ciudad; lo que traducido resulta que han empezado a largar contra las mamarrachadas que el Ayuntamiento se está hartando de hacer en calles y plazas, ante el habitual silencio cobardón de la Sevilla que se lo traga todo, hasta los quioscos.
El arquitecto al que me refiero es Guillermo Vázquez Consuegra, que una de dos: o ha dejado de ser moderno y progresista para convertirse en un carca rancio y facha, o le ha dado un súbito ataque de sevillanía, por lo que le damos la bienvenida al club. Lo que ha dicho Vázquez Consuegra es lo que pensamos, ¿qué digo yo?, Pablo Ferrand; o Joaquín Egea, portavoz de la Asociación para la Defensa del Patrimonio Histórico de Andalucía (Adepa); o Esteban Moreno, presidente de la Asociación de Profesores para la Defensa del Patrimonio Ben Baso; y siga usted poniendo los cuatro gatos (incluidos los míos, Remo, Rómulo y Romano) que nos preocupamos aquí por estas cuestiones y tenemos el valor de decirlas en la ciudad que traga. ¿No está La Vaca Que Ríe?, pues Sevilla es La Ciudad que Traga.
A mí, la verdad, me parece que estoy leyendo a Pablo Ferrand cuando veo en esas declaraciones: «Lo más importante de Sevilla no son las fachadas de sus edificios, la mayoría del siglo XIX, sino su estructura urbana. Si eliminamos todo lo que es singular, Sevilla se convertirá en una ciudad del montón como tantas otras en Europa. Deberíamos cuidar lo que nos hace diferentes. Si convertimos a Sevilla en Zurich, ¿para qué vendría la gente aquí?»
Ole, Ferrand, iba a decir. Pero digo: óle, Vázquez Consuegra. Eso: si convertimos a Sevilla en Zurich, ¿qué leches van a venir a ver los turistas? Se irán a Zurich, porque el original es siempre mejor que la fotocopia.
Y a mí, la verdad, me parece que estoy leyendo a Joaquín Egea cuando las mentadas declaraciones añaden: «La única plaza mayor que existía en época medieval en Sevilla era la de San Francisco. Los otros lugares de encuentro para la vida pública eran los interiores de las manzanas y los patios de los naranjos de la antigua mezquita, hoy iglesia del Salvador, y de la mezquita nueva, la actual Catedral. Ambos espacios han estado funcionando como plazas públicas durante siglos, hasta que el Cabildo Catedral, en el caso del Patio de los Naranjos, decidió cerrarlo y dejarlo sólo para los turistas. Limitar a los ciudadanos el uso de un espacio público tan cualificado como el Patio de los Naranjos es un escándalo. Uno de los lugares más cualificados de la ciudad que ahora, lamentablemente, está ocupado en parte por pequeñas tiendas y casetas que le restan belleza.»
Ole, Egea, iba a decir. Pero digo: óle, Vázquez Consuegra, por haber dicho lo que muchos pensamos pero que, como no somos del régimen, no tiene mérito.
Y a mí, la verdad, me parece que estoy leyendo a los miembros de la Asociación Ben Baso cuando las declaraciones siguen así: «Santa Marta es una de esas pocas plazas interiores que todavía permanecen abiertas. Los vecinos se han quejado al Ayuntamiento porque hay gente que entra aquí para hacer botellón o la convierten en un urinario y la única solución que les dan es poner una cancela. Por ahora se han negado, pero me temo que Santa Marta tiene los días contados. Esto es una muestra de la obsesión por la seguridad de nuestra sociedad. En cualquier espacio público donde surja un problema, la medida más inmediata es cerrarlo.»
Ole y óle, señor Vázquez Consuegra. Olvido por un instante lo de «iguala con la vida el pensamiento» y me alegro por la sensatez de sus declaraciones. A ver si a usted le hacen más caso que a nosotros. A ver si diciéndolo usted, el arzobispo coadjutor que llega de una Córdoba con su Patio de los Naranjos de la Mezquita abierto, y no de peaje, salva por lo menos el Patio de los Naranjos en esta Sevilla donde el Ayuntamiento, tras grandísimos esfuerzos y enormes inversiones, ha conseguido que esto sea Zurich con tanque de salmuera o Viena con manteca colorá.
 
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