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2016

EL ARBOL DEL OLVIDO PDF Imprimir E-mail

EL MUNDO/ 5/2/2016

JUAN MIGUEL VEGA

CUANDO lo descubrí era apenas una ramita verde que retoñaba; el asomo inconsecuente de un proyecto vegetal de intenciones imposibles cuyo insobornable destino era una muerte inminente; sobre él pronto se habría de cernir la hoja metálica que truncara su impertinente y entrometida existencia. Eso, si antes no se encargaban de ello las crudas circunstancias a las que habría de exponerse; tal es la suerte que aguarda a quien se instala en el lugar inadecuado. Mas el tiempo pasó; pasaron meses y estaciones; calores y fríos; chaparrones y solanas y ahí sigue todavía, alimentándose de la savia del olvido y la indolencia para seguir creciendo y, quién sabe si de aquí a no mucho, también multiplicándose. Aquel insignificante brote nacido entre pañales de argamasa es ahora un erguido arbusto con un recto tronco de más de un metro que se eleva diez almenas a la izquierda del Arco de la Macarena y cuyas raíces se hunden, agrietándolo, en el tapial de la muralla sobre el que su figura campea cual si fuera un monumento a la desidia. Desde su privilegiada atalaya, el osado vegetal nos contempla cada día con jactancia y desprecio, acaso es consciente de cuán poco le falta para ser declarado 'especie protegida' o adquirir derechos reales sobre la noble tapia donde ha tenido los arrestos de encaramarse, sin que se pueda hacer ya nada para desalojarlo. Su existencia no es que haya pasado hasta ahora inadvertida. Nada más apareció, se dio aviso de su inoportuna presencia. Eran los tiempos del alcalde Zoido, pero a éste sólo le interesaba llegar a tiempo para inaugurar la Torre Pelli. Y ahora, con Espadas, las cosas siguen igual, si no peor. El otrora ramajo ya es un arbusto. Un árbol que, como el olivo plantado a los pies de la muralla, es también un símbolo. El símbolo apócrifo del olvido institucional que se extiende sobre el patrimonio monumental de Sevilla, del que la administración se desentiende hasta el punto de llegar casi a enajenarlo por cuatro perras, como ha hecho con las Atarazanas, con tal de quitarse el muerto de encima. Pero además del olvido está la indolencia; la imperturbable y dolosa aquiescencia de un pueblo que más merece ser llamado rebaño; un pueblo, el sevillano, que calla y otorga mientras las ramas del árbol del olvido le ocultan cada vez más el sol y extienden sobre él la sombra de la mediocridad, envolviéndolo en la más triste penumbra.

 
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