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2016

LA CIUDAD QUE SE FRENA A SÍ MISMA PDF Imprimir E-mail

CORREO DE ANDALUCÍA / 31/1/2016

ÓSCAR GÓMEZ

Sevilla tiene una extraordinaria capacidad para paralizar proyectos, poniéndolos en cuestión y enfrentando a todos los sectores sociales que se arrogan la potestad de avalarlos o criticarlos. Los últimos episodios del culebrón de las Reales Atarazanas vuelven a destacar la potencia de los frenos de la opinión pública de la ciudad, capaces de detener cualquier avance, con independencia de la relevancia de la entidad de la que parta una iniciativa o del beneficio que su llegada a buen término pueda suponer. Entre otros, para los mismos ciudadanos que lo critican.

Ocurrió con el mercado de la Encarnación. Ocurrió con Torre Sevilla. Ocurrió con la biblioteca de la Universidad de Sevilla. Ocurrió con la propia Exposición Universal de 1992. Ocurrirá con las naves de Renfe en la Bachillera. Ocurrirá con la fábrica de tabacos en Los Remedios y con la de artillería en San Bernardo. Ya viene ocurriendo con la antigua comisaría de la Gavidia. Ocurre con las Atarazanas. Y quién sabe si ocurrió con el Archivo de Indias, cuando se construyó a orillas de la Catedral. Ocurrió en la génesis del propio templo metropolitano hispalense, cuando se daba por supuesto que habría quien tomase por locos a sus promotores.

Es cierto que la tendencia a la paralización, al inmovilismo, denota en primer lugar una vocación de la sociedad sevillana por preservar la esencia de su patrimonio, pero no es menos verdad que deja a la ciudad mal parada ante quienes no pueden explicarse, al visitarla, cómo es posible que un emplazamiento con el valor histórico que tienen unos astilleros medievales donde se construyeron naves que firmaron con su estela sobre las aguas imprescindibles episodios de la historia de Europa estén cerradas a la visita. Convertidas en cobijo de gatos callejeros. Condenadas a un olvido de casi siete años.

Lo realmente importante no debería ser si el proyecto alcanza la cota original o no, por más razones que argumenten con todo el sentido quienes defienden ese particular en el proyecto. O si el espacio se abre a usos culturales o si alberga un mercado, un parque infantil, un centro cívico, un restaurante, un gimnasio o hasta un concesionario de coches. Lo que de verdad debería ser trascendente, y por tanto concitar el consenso, es que un emplazamiento de semejante valor histórico no permaneciera desterrado del circuito de interés turístico de la ciudad ni un minuto más. Muchos de los elementos arquitectónicos del edificio original pueden observarse aún en un proyecto que lo absorbió, como es la Iglesia de la Caridad. Y también podían contemplarse esos mismos elementos, encalados y cubiertos por muebles, o incluso tapiados, cuando los astilleros medievales sevillanos albergaban las instalaciones militares que le dieron un último uso razonable hasta la fecha. Pero desde luego, las naves cerradas, sirviendo de refugio para los vientos que ululan entre sus arcos los días de tormenta, y esperando a que las fauces del tiempo acaben por convertirlas en ruinas, no son más que un monumento a la idiotez de una sociedad incapaz de unirse para contarse a sí misma y con ello gritar al mundo lo orgullosa que se siente de su propia historia.

Que las Atarazanas permanezcan cerradas debería ser considerado por los vehementes defensores del patrimonio un crimen de la misma gravedad que la que otorgan a las supuestas aberraciones que contempla el proyecto arquitectónico para su rehabilitación. Con el agravante de que la parálisis de los grandes proyectos tiene la capacidad de ahuyentar a los inversores. Lejos de ser un síntoma de buena salud democrática, la capacidad de los sevillanos para hacer que el máximo órgano de gobierno de la ciudad se desdiga de sus propias normas es síntoma de inmadurez institucional y de temores absurdos. (El último pleno de la corporación municipal aprobaba el esperpento de instar a la Junta de Andalucía y a Caixabank a someter a la aprobación de los ciudadanos un proyecto que ya cuenta con licencia de obras, otorgada por el propio Ayuntamiento que ahora quiere conocer la opinión de los sevillanos).

Los grandes proyectos que las ciudades necesitan acometer de forma recurrente también necesitan de grandes inversiones. Y de sólidas garantías de que su asunción por parte de las instituciones que los avalen no supondrán lesiones a su imagen pública. La ecuación por la que las entidades de todos los ámbitos calculan sus riesgos a la hora de emprender en Sevilla proyectos que hacen evolucionar a la ciudad incrementa el factor del riesgo con cada uno de estos episodios que consiguen ralentizar el ritmo natural al que debería producirse esa evolución.

Las entidad promotora del proyecto de rehabilitación de las Atarazanas podría acometerlo mañana mismo, si quisiera, porque cuenta con todos los plácets legales para hacerlo. Pero se vuelve a encontrar con palos en las ruedas del que debería ser el avance lógico. La prudencia aconseja detener la marcha para reflexionar. Y producto de esas reflexiones saldrá también probablemente una nota para leer en el futuro: pensarlo dos veces antes de acometer un proyecto en Sevilla, en la medida en la que pueda afectar (incomprensiblemente) a la imagen de quien pretende dar un paso al frente.

 
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