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11

Mar

2016

LOS ENEMIGOS DE SEVILLA PDF Imprimir E-mail

ABC SEVILLA / 1/3/2016

FRANCISCO ROBLES

LOS enemigos más peligrosos de Sevilla no son los antisevillanos. La ciudad puede con todo, y al final convierte las aceradas críticas de sus hijos más rebeldes en una declaración de amor. ¿O es que Blanco White no amaba a la ciudad desde la bruma de su retiro londinense, cuando se lamentaba de las supercherías mientras dejaba que una suave veta de añoranza se escapara por las grietas inevitables de la nostalgia? ¿O es que Cernuda, paradigma del antisevillano para los que no han leído su obra, no estaba enamorado de la ciudad hasta la médula donde mojaba la pluma que le sirvió para escribir Ocnos? El mismísimo Eugenio Noel no pudo sucumbir ante el asombro que provoca la belleza y definió a Sevilla con uno de estos títulos que la perseguirán hasta el final de los tiempos: la de los incomparables atardeceres.

Los enemigos más peligrosos de la ciudad no son los carcas de la izquierda rancia, esos reaccionarios que pretenden provocar porque ya no tienen nada que decir. Su ideología totalitaria, enemiga de la dignidad y de la libertad del ser humano, se derrumbó cuando los berlineses que vivían presos del comunismo derribaron el muro para comer plátanos. Sí, los plátanos que se compraron con los marcos que les daban sus paisanos del otro lado para que al menos pudieran tomar algo cuando pasaban la frontera. Los enemigos más peligrosos de esta Sevilla anclada en la mediocridad son los que confunden una cofradía con un juego de tronos o de pasos, por poner un poné. Las redes sociales arden con la leña que le están dando a esa agrupación pirata (sic) que sacó este puente un paso a la calle. Ya está bien, dicen algunos. Ya está bien de esta degeneración que está sufriendo la fiesta que ha sido capaz de resistir los embates de los unos y de los otros, de los tradicionalistas y de los ilustrados, de los rojos y los azules, de los que querían cargársela y de los que pretendieron apropiársela. Ya está bien de dejar que la Semana Santa se degrade hasta el punto de convertirse en un remedio kitsch de esa grandeza íntima que tanto tiempo, tanto sudor, tanta sangre y tantas lágrimas le han costado a la ciudad.

Esos enemigos de Sevilla no necesitan el premiado caballo de Troya que los lleve hasta el corazón de la urbe. Están dentro. En los atriles donde se atreven a emular a un Laffón, a un Sánchez del Arco, a un Díez Crespo, a un Romero Murube... sin tener ni pajolera idea de lo que significa el oficio de escribir. Están en las partituras que pretenden suplantar la voz popularísima de Farfán, la profundidad de los Font de Anta, el rigor de Pantión, la gracia de Cebrián. ¿Seguimos? Así llegaremos a los modeladores de ninots que se creen Montañés o Mesa, y cuando decimos ninots esperamos que no se molesten... los valencianos. Quien quiera encontrar a los enemigos más peligrosos de ese sueño que llamamos Sevilla, que no busquen en los rincones donde se esconden los provocadores que exhiben su condición de hispalenses en la cobardía inherente a su forma de tirar la piedra y esconder la mano. Los peligrosos están dentro. Y lo malo es que se creen que son, encima, los mejores sevillanos del mundo.

 
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