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Jue

05

Feb

2009

Sin setas no hay paraíso PDF Imprimir E-mail
En estos casi diez años de mandatos, el alcalde de Sevilla ha hecho algunas cosas buenas, por qué no decirlo. Pero considero que, además de rodearse de un equipo de fontaneros útiles para las pendencias del partido pero escasamente dotados para gobernar la ciudad; además de permitir y proteger los excesos y la vida opulenta de la que alardean algunos de ellos; además de ceder excesivas parcelas de gestión municipal a una formación minoritaria y radical para mantenerse en el poder; además de discriminar de forma sectaria a los barrios que no le votaron, escamoteando las inversiones que reivindican e imponiendo proyectos que rechazan; además de realizar contrataciones con pequeñas empresas de gestión sospechosa y no fiscalizar la ejecución de los trabajos; además de tolerar un creciente nepotismo en la administración local; además de no lograr articular un discurso ilusionante para la ciudadanía; además de segregar a los medios de comunicación en función de sus críticas y restringir el derecho a la información a los menos amables; además de disparar el gasto y situar al Ayuntamiento en una situación de asfixia financiera sin precedentes; además de colocar a empresas municipales como Lipasam y Tussam al borde de la quiebra; además de construir un costoso tranvía sin consenso social y sin tener ultimado un proyecto de transporte global; además de apagar cualquier reivindicación inversora ante la Junta de Andalucía para no molestar al máximo dirigente de su partido y no comprometer su situación; además de impulsar un candidato crítico en el PSOE sevillano que tuvo que retirar su candidatura antes del congreso por la falta de apoyos; además de permitir el acoso a funcionarios que tuvieron que abandonar sus puestos de trabajo tras años de probada eficiencia; además de no aceptar ninguna crítica, el alcalde ha cometido un error fundamental: obsesionarse con la Sevilla del mañana antes que con la Sevilla del presente.
Esta permanente proyección futurista hizo que descuidase la ciudad y la hipotecase con unos proyectos audaces que debían cambiar la historia y conducirnos a un paraíso urbano. Pero el nuevo y suntuoso Fibes no se construye, el Metro se atasca y las setas de la Encarnación se demoran indefinidamente con serias dudas sobre su viabilidad. Y sin setas, símbolo de esa Sevilla imaginaria que prometía Monteseirín, no hay paraíso. Lástima que el alcalde no se diera cuenta de que el paraíso estaba en la Sevilla que ya existía.
 
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