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2016

LA ALICANTINA PDF Imprimir E-mail

DIARIO DE SEVILLA / 25/7/2016

CARLOS COLÓN

CERRÓ La Alicantina. Vivir en Sevilla es un ininterrumpido adiós y un largo no. No poder ir al Lloréns, al Pathè, al Palacio Central o al Coliseo. No poder ir al San Fernando o al Álvarez Quintero. No poder tomar café en el Laredo. No poder sentarse en Los Corales. No poder comprar un libro en Pascual Lázaro, Atlántida, Sanz, la Librería Internacional o Montparnasse. No poder merendar en La Española o en el salón alto de Ochoa. No poder pasear por un Duque, una Campana o una Magdalena libres de esas arquitecturas que llaman modernas cuando son simplemente basura. No poder disfrutar de la modernidad de Riviera, la barra americana del Gran Almirante o el Rey de Reyes de Casa Senra. Vivir en Sevilla es renunciar a ese atracadero de la memoria y símbolo de la calidad de vida que es el patrimonio cotidiano. 

En la alegre y confiada Sevilla de 1929 se hicieron famosas las angulas -"al modo típico de Bilbao"- y las ostras de Marennes -las únicas que por su finura han obtenido el sello de calidad Label Rouge- de La Alicantina. Fue entonces cuando la horchatería que había abierto Ricardo Talent en 1922 se convirtió en la cervecería y marisquería famosa. En la posguerra de hambrunas de Carpanta se anunciaba así a los afortunados que podían frecuentarla: "¿Optimismo? ¡Naturalmente! Y más después de comer los selectos mariscos de La Alicantina". Poco a poco se fue haciendo un hueco en los ritos de ese centro burgués en cuyos comercios -menos en La Alicantina, donde siempre reinó la Macarena desde su hermoso azulejo- mandaba la foto en blanco y negro de Pasión en un marco oscuro neorrenacentista: misa de 12 en el Salvador, cerveza en La Alicantina y entradas numeradas para la sesión vermut compradas en La Teatral. 

 



Aquella Alicantina dominical de señores con gafas oscuras de pasta y fino bigote a lo Clark Gable, acompañados por mujeres de suntuosas caderas y medias con costura, alcanzó su plenitud cuando en 1963 Manuel Postigo y Teresa Pérez García tomaron el relevo. En los terribles 60 y 70 la plaza del Salvador fue asfaltada, convertida en aparcamiento, talada y profanada con farolas de ducha. Hasta Montañés fue desterrado. Pero La Alicantina sobrevivió. Y siguió haciéndolo en el siglo XXI, explotada por Antonio Palomino… Hasta ahora. Ojalá que este cierre sea temporal. O habrá otro trozo de ciudad, casi centenario, al que hacer eso tan sevillano de no poder ir.

 
 
 
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