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2016

DON PEDRO I, UN MONARCA DE SU TIEMPO PDF Imprimir E-mail

DIARIO DE SEVILLA/26/9/2016

JUAN PAREJO

Ni cruel, ni justiciero. Simplemente, un rey de su tiempo. Ésta es una de las conclusiones que se extrae de la lectura del libro El rey don Pedro I y su tiempo (1350-1369), una publicación miscelánea que recoge los estudios presentados en octubre de 2013 en el seminario que, con el mismo nombre, se celebró en la Universidad de Sevilla organizado por el departamento de Historia Medieval y Ciencias y Técnicas Historiográficas. Esta obra, coordinada por el catedrático Manuel García Fernández, abunda en la personalidad de este monarca sevillano, en la crisis que atravesó Castilla durante su reinado, profundiza en la memoria petrista, reflexiona sobre su animadversión hacia la nobleza, analiza el mito de su filojudaísmo, esboza las devociones del monarca, estudia sus retratos, y analiza en profundidad uno de sus grandes legados: el Palacio Mudéjar del Real Alcázar, que en 2014 cumplió 650 años.

"Pedro I, junto a Fernando III y Alfonso X El Sabio, son tres reyes que han pasado a la historia por ser sevillanos sin que ninguno naciera aquí. Ellos hicieron de Sevilla la capital de Castilla. Era la ciudad más importante del reino. La pusieron, como se suele decir, en el mapa", explica García Fernández. La personalidad de Pedro I está muy marcada por su relación con su padre, Alfonso XI. Él era el único hijo que tuvo con María de Portugal, pero Alfonso Onceno siempre tomó partido por su hijo bastardo, Enrique II, quien finalmente, y tras una cruenta guerra civil, se haría con el poder: "Su padre apenas le manifestó cariño en su niñez y eso le marcó. Pedro I se crió con las monjas de San Clemente, monasterio donde está enterrada su madre, María de Portugal. Esa soledad explica su carácter turbulento, indeciso, desconfiado, rencoroso, violento... enfrentado a la alta nobleza que lideraban sus hermanos de padre".
 
Pedro I mantiene la corte en Sevilla. Aquí materializa sus grandes éxitos diplomáticos. Recibe a reyes y embajadores, como los granadinos Muhammad V e Ibn Jaldum. Tiene sus amoríos, "su mujer era Blanca de Francia, pero su gran amor fue María de Padilla. Fue una persona lujuriosa. Tuvo más amores". Son muchas las leyendas que alumbran a Pedro I, algunas fundamentadas en crónicas, otras son inventadas, pero todas ellas ponen de manifiesto lo vinculado que estaba a Sevilla, ciudad que, junto a Carmona, siguió siendo petrista incluso tras recibir muerte por parte de su hermanastro en 1369 en el Campo de Montiel (Ciudad Real).
 
Pedro I realiza uno de los grandes palacios del Alcázar: "El Palacio Mudéjar o de Pedro I lo construyen alarifes que manda traer de Granada. Se puede decir que puso de moda el mudéjar en Sevilla. El palacio es una joya que luego sirve de inspiración para construir la Alhambra. Tenía una buena relación con algunos reyes granadinos".
 
La fama de cruel o justiciero se sustenta en hechos como que diera muerte su hermanastro Fadrique, gemelo de Enrique II, en la Sala de la Justicia del primitivo Alcázar, aunque el profesor García Fernández matiza que no se le puede juzgar con una mentalidad actual: "Los calificativos de cruel o justiciero son más denominaciones románticas que otra cosa. Simplemente fue un hombre de su época. Sería injusto juzgarlo así".
 
Pedro I fallece en 1369 y con su muerte se pone fin a la dinastía borgoñona, que arrancó con Alfonso VII, iniciándose el reinado de los Trastámara, con Enrique II que llegaría hasta los Reyes Católicos. Fue enterrado en una tumba "poco digna" en Puebla de Alcocer. A mediados del XV, Juan II lo traslada a la iglesia conventual de Santo Domingo el Real de Madrid. Tras la revolución de la Gloriosa, en 1868, sus restos pasaron al museo arqueológico de Madrid. Fue el cronista sevillano Joaquín Guichot, quien inicia la vindicación de Pedro I: "Se quería recuperar su memoria como rey sevillano. Se hace una petición a las autoridades para que los restos vengan a Sevilla. El 15 de febrero de 1877 se traslada en el tren conocido como "el madrileño" en una cajita de madera humilde, forrada en terciopelo rojo y con la bandera de España. Lo reciben las autoridades municipales y es depositado provisionalmente en la cripta de la Capilla Real con vistas a hacerle un monumento funerario, pero allí sigue, curiosamente junto a Don Fadrique, al que él mismo mató".
 
El profesor García Fernández lamenta el poco tacto que ha tenido Sevilla para honrar a dos de sus grandes reyes, como son Alfonso X y el propio Pedro I: "Hicieron de Sevilla la ciudad más importante y la capital del reino y no tienen ningún monumento significativo".
 
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