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2016

CAFÉS DE SEVILLA: LA CALIDAD PERDIDA PDF Imprimir E-mail

DIARIO DE SEVILLA / 6/10/2016

CARLOS COLÓN

AYER escribía que el abarrotamiento de bares, restaurantes y veladores sin norma que los contenga ha rematado a Santa Cruz con una peste a fritanga que lo convierte definitivamente en un vertedero turístico. Tres días antes, y sin que hubiera conspiración previa, el compañero Navarro Antolín titulaba su artículo El triunfo de la fritanga. Y no se refería a Santa Cruz, sino a la Avenida de la Constitución. Porque esta peste pringosa no solo afecta al barrio judío, sino a todo el entorno de la Catedral. Y se va extendiendo por todas las calles en las que lo que sobrevive de Sevilla va siendo arrasado por la marabunta turística que jamás ha encontrado en el Ayuntamiento un Charlton Heston que la detenga (para lectores más jóvenes: me refiero a Cuando ruge la marabunta, que estrenó un 16 de febrero de 1955 en ese mismo cine Pathé cuyo destino como bar de copas lamentaba Navarro Antolín en su artículo). 

Pero hoy no voy de pestes grasientas, sino de clamorosas ausencias que retratan hasta qué punto esta ciudad es tan hortera, cateta, cutre y alérgica a la belleza como lo son sus habitantes, y de las que también se ocupaba Carlos. Es la ausencia de los cafés. Que una ciudad de 700.000 habitantes que se quiere la tercera capital de España no tenga ni una sola cafetería digna de tal nombre da su verdadera talla. Según George Steiner los cafés repletos de gentes y de palabras, donde se escribe poesía, se conspira, se filosofa, se gestan las grandes empresas culturales, artísticas y políticas del Occidente, son la seña de identidad primera de Europa. De lo que se desprende que África empieza el límite norte de Sevilla, allá por San Pablo y Kansas City. 

 



Ni un café ha sobrevivido en esta ciudad que tantos y tan hermosos tuvo desde el siglo XIX hasta los años 70 y poco más del pasado siglo. No he llegado a conocer los más grandes y hermosos que mi padre sí conoció -el de París, el Madrid, el Hernal, La Perla-, pero sí el Britz, Los Corales, el Laredo, los salones de té de la Española y de Ochoa, los Catunambú, el Gran Almirante con patio frente a los juzgados y el Nuevo Gran Almirante de San Pedro con barra alta de platos combinados, Via Veneto o Nova Roma, yeyés los tres últimos. Ninguno ha sobrevivido. ¡Cafés de Sevilla! Antonio Burgos describió bien qué significa su muerte: "Un censo de calidad perdida, en la ciudad paulatinamente degradada".

 
 
 
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