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Oct

2016

EL SAGRADO TURISMO PDF Imprimir E-mail

ABC SEVILLA  / 16/8/2016

FRANCISCO ROBLES


Este año ha habido más gente que en anteriores ediciones y eso es positivo para el turismo». Lo ha dicho el alcalde Espadas, pero eso mismo podría haber salido de los labios de un alcalde popular. Izquierda y derecha coinciden en la adoración al becerro de oro, al chuletón de plata, al pescaíto de bronce. Todo sea por engordar las cifras del turismo. El número de pernoctaciones en los hoteles de la ciudad mientras caen los cuarenta grados a la sombra de los termómetros, el número de almuerzos y cenas servidos en los restaurantes que no cierran por las vacaciones... de la clientela, el número de visitas a los monumentos de pago —incluidos aquéllos donde se paga religiosamente— o los que se abren a la vista de todos. El número, el número, el número... ¿A eso se reduce una ciudad milenaria? ¿Al número de turistas que nos visitan para hacerse un selfie y colgarlo en el grupo de guasap?

El sagrado turismo está a punto de colapsar las ciudades históricas con sus tiendas de recuerdos, sus veladores prestos para servir paellas recalentadas o «microondizadas» a las siete y media de la tarde, que es lo que siempre se ha estilado aquí. ¿O no se viaja para eso? Cenar al sevillano modo en verano siempre ha consistido en meter una paella precocinada en el microondas, o recalentarla al baño María como se hacía antiguamente, y zampársela con una jarra de sangría. ¿O así no se ha cenado siempre en Sevilla? Pues eso es lo que buscan y lo que se les ofrece a los turistas que han convertido el corazón sentimental de la ciudad en el parque temático del que ya no vamos a librarnos jamás.

Hasta la procesión de la Virgen sin aditamentos advocacionales, como diría un vestidor de verbo fácil, se ha visto inmersa en esa vorágine numérica y aritmética del sagrado turismo. Hasta ahora habíamos creído que la procesión de la Virgen era un ensueño de nardos y silencio, de peregrinos que bajaban desde la noche alta del Aljarafe para buscar el rostro gótico de la Sevilla medieval. Una procesión tan breve como íntima, ceñida a los contrafuertes y las puertas de al Catedral, al shan islámico del Patio de los Naranjos, a los triunfos de la plaza del mismo nombre en singular. Pues no. La procesión de la Virgen ya puntúa en los juegos olímpicos del turismo. Del sagrado turismo, que es algo así como el turismo sacro... pero al revés. Si no fuera por la guasa, ¿verdad, usted?

 

Esos turistas de los que se enorgullece Espadas, como si el alcalde los trajera de uno en uno, no saben que la Virgen llevaba ayer el manto que le regaló la misma Infanta de España que donó los terrenos de los jardines de San Telmo para que fueran nuestro Parque de María Luisa. Había nacido su hija Amalia el 28 de agosto de 1851 en Sanlúcar de Barrameda. Era la segunda hija del entonces todopoderoso duque de Montpensier. Amalia, la pobre y dulce infantita Amalia, no llegó a cumplir los veinte años de edad. Murió en el maldito palacio de San Telmo el 9 de noviembre de 1870. Pero estas historias no interesan al turista que sólo busca el selfie y una botella de agua mineral, aunque al final lleguemos a creernos que esta procesión se celebra en honor y gloria del sagrado turismo.

 
 
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