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EL AUTOR QUE SE QUEDÓ Y SE CONVIRTIO EN CLÁSICO DEL SIGLO XX PDF Imprimir E-mail

DIARIO DE SEVILLA / 29/9/2016

M. MUÑOZ FOSSATI

Él quería ser pintor. De hecho, durante mucho tiempo pensó que esa sería su profesión. Pero le pasó como a Alberti: fue otra de las Artes la que le encumbró. Eso, si relativizamos la expresión 'encumbrar'. Antonio Buero Vallejo, nacido en Guadalajara en 1916, hijo de un militar gaditano encarcelado y fusilado en una cárcel de la República en 1936, y él mismo represaliado por la dictadura franquista tras la guerra, encarcelado durante años por su militancia comunista, llegó en la posguerra y durante casi todo el franquismo a ser el más grande dramaturgo de la escena española, reconocido por sus colegas y multipremiado por la crítica y por las instituciones. Un auténtico clásico. Hoy, 29 de septiembre, habría cumplido cien años, aunque sólo llegó en vida a los 84. 

En una polémica que se hizo famosa durante décadas, llegó a ser criticado por "posibilista", un término acuñado para desdeñar a los escritores e intelectuales que durante el franquismo jugaron constantemente con los límites de la censura y la represión para decir lo que querían decir, aceptando esos límites pero sin renunciar a colar en sus obras, no las teorías y esquemas revolucionariso, sino simplemente la realidad de un país pobre en dinero y en posibilidades de esperanzas, aherrojado por la dictadura. El posibilismo se anteponía a aquellos que prefirieron o no tuvieron más remedio que el exilio, y desde allí no dejaron de proclamar su decidida oposición al régimen. O bien, a los que residiendo en España, veían una y otra vez sus obras prohibidas por la censura por no querer disfrazar nada. En este ámbito, fue significada la polémica que le enfrentó con Alfonso Sastre, perseguido por la censura y opuesto a la práctica de Buero de decir lo que se podía, pero sin rendirse. Hay que tener en cuenta que en realidad, Buero no se quedó por voluntad propia, sino porque fue encarcelado. 

Hoy esa polémica queda lejos y superada. Las obras de Buero, desde aquel gran éxito que fue su Historia de una escalera y que retrataba un vecindario oprimido pero a la vez preso de sus propios egoísmos, alcanzaron premio tras premio. Tan innegable era su valía como lo era su militancia política. Él superó la contradicción entre esta y el éxito en pleno franquismo con la dignidad de su actitud y comportamiento público. Tampoco, en tiempos de experimentación escénica, se decidió Buero por la innovación dramática o de textos, siendo en realidad sus obras consideradas más bien como clásicas, y lejos de las numerosas corrientes transgresoras que corrían imparables durante las décadas anteriores a la Guerra Civil. 

Su obra está ahí, triunfante durante décadas en su retrato de las angustias del ser humano, y ahora muy poco representada, esperando que las generaciones más jóvenes, tal vez, las descubran: Historia de una escalera, premio Lope de Vega en 1949, el drama que lo llevó al éxito para siempre; su primer texto escénico, En la ardiente oscuridad, una reflexión sobre la ceguera, que fue representado posteriormente; El tragaluz, llena de ataques encriptados al régimen franquista; obras históricas como Un soñador para el puebloLas MeninasEl sueño de la razón y El concierto de San Ovidio; sus trabajos más críticos como La Fundación o La doble historia del doctor Valmy... 


Muchas de ellas recibieron premios. El propio Buero y sus obras fueron Premio Nacional de Teatro hasta en cuatro ocasiones. Fue distinguido con el Premio Nacional de Las Letras Española en 1996 y obtuvo el mayor galardón literario en lengua española, el Premio Miguel de Cervantes, en 1986. Tal vez sea otro posibilismo, el reinante en el teatro de hoy, el que impida que su tesoro dramático se represente.

 
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