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Nov

2016

CENIZAS JUNTO A UN ESTOQUE PDF Imprimir E-mail

DIARIO DE SEVILLA / 27/10/2016

DIEGO. J. GENIZ

Se sea creyente o no, está claro que las cenizas de un difunto no se pueden esparcir en cualquier lugar. Dejando a un lado el aspecto religioso, existen normas higiénicas y de comportamiento cívico que impiden que los restos de una cremación sean depositados fuera de aquellos espacios habilitados para tal fin. El último documento aprobado por el papa Francisco -con el nombre de Instrucción Ad resurgendum cum Christo- ha reavivado el debate sobre el destino de las cenizas y la conveniencia de regularlo. Una polémica que no sólo se ciñe a la Iglesia católica, sino que afecta a la convivencia ciudadana. 

Un día después de darse a conocer la normativa de la Doctrina de la Fe, que obliga a los católicos a que las cenizas de un fallecido sean depositadas en un recinto sagrado (cementerio o templo), el propio Ayuntamiento de Sevilla reconocía el problema que supone para los servicios municipales la retirada de estos restos que se suelen dejar en diversos enclaves de la ciudad, algunas veces cumpliendo el último deseo del finado o atendiendo a la voluntad de los familiares. El cementerio de San Fernando dispone de una zona concreta donde esparcir las cenizas para aquellos vecinos que no posean una propiedad dentro del camposanto. Es el conocido como cenicero, que, con aspecto piramidal, se encuentra justo detrás de las oficinas municipales. Depositar las cenizas en esta estructura -a modo de fosa común- cuesta 37,79 euros. Dispone de ocho nichos grandes, de los cuales dos se encuentran ya completos. 

Pese a este servicio de coste reducido, muchos sevillanos prefieren que las cenizas de sus seres queridos queden para siempre a los pies del Cristo de las Mieles, que preside la rotonda principal del cementerio. José León, quien acometió la última restauración del crucificado de Susillo, recuerda que antes de comenzar dicha tarea, cuando se eliminó la yedra que cubría el monte, tuvieron que retirar numerosos kilos de cenizas. "Estos restos, con la lluvia, conformaban un bloque compacto que afectaba al monumento", comenta León. Hasta tal punto llegó la cantidad de restos de cremaciones acumulados que los servicios municipales se vieron obligados a colocar carteles en los que se prohíbe el depósito de las cenizas. "En muchas ocasiones las dejaban con la urna, e incluso con la funda que las cubre. He llegado a ver cenizas de difuntos en botellas de plástico", señala el restaurador. 

Las cenizas de un cadáver no perjudican al material -bronce o mármol- con el que suelen estar esculpidos los monumentos, pero sí suponen un grave problema para la vegetación. En la glorieta del Cristo de las Mieles se declinó una propuesta de decoración floral por la cantidad de cenizas que vertían al año, lo que afecta a las raíces. Un caso similar ocurre con la escultura de Curro Romero, junto a la plaza de toros. La "veneración" taurina por el Faraón de Camas lleva a muchos sevillanos y foráneos a que sus familiares cumplan la última voluntad de esparcir las cenizas en los parterres que circundan este monumento. Rara es la semana en la que los operarios de Lipasam o los técnicos de Parques y Jardines no se ven obligados a retirar estos restos, que perjudican gravemente a las plantas. "Nos piden que sembremos romero por alusión a Curro, pero cuando lo hacemos las matas se queman por el efecto de las cenizas humanas, que resultan nocivas para estos cultivos", aclara José León. 

El Cristo de las Mieles, la escultura de Curro Romero y el monumento a Bécquer conforman el triplete de los principales enclaves donde los sevillanos depositan las cenizas de sus seres queridos. En este último (actualmente en restauración) se suelen esparcir en el espacio que queda entre el tronco del árbol y el mármol que lo rodea, una práctica bastante común. 

El río también suele servir de depósito para las cenizas de los fallecidos. Fuentes municipales aseguran que durante el año, desde el catamarán de Lipasam, se suelen extraer numerosos kilos de estos restos, muchas veces lanzados en las urnas, lo que supone un elemento "altamente contaminante" para la dársena. 

Las mismas fuentes reconocen que no existe una ordenanza municipal específica para el depósito de las cenizas, aunque éstas, al ser consideradas como "residuos", se incluyen en la normativa que los regula y, por tanto, se prohíbe arrojarlas en cualquier espacio o dominio público, excepto en los habilitados para tal fin. En Almonte, por ejemplo sí hay articulada una prohibición expresa de arrojar las cenizas en las marismas, con la que se puso fin al deseo de muchos rocieros que copiaron, en cierto modo, la última voluntad de Carmen Ordóñez. 

¿Y qué tiene que decir la Iglesia de Sevilla respecto al último documento del papa Francisco? La archidiócesis hispalense cuenta desde 2006 con un reglamento sobre columbarios en el que, de algún modo, se adelantaba a las disposiciones aprobadas recientemente por el Sumo Pontífice. En él se recuerda la preferencia de la Iglesia por la inhumación de los cadáveres frente a la cremación. No obstante, en esta normativa eclesiástica se ahonda en el concepto en el que deben ser entendidos los columbarios, "como extensión de los cementerios cristianos". En cuanto al depósito de las cenizas en las parroquias, el reglamento considera que los templos son "el espacio por excelencia para la celebración de la fe, por lo que también les compete en primer lugar custodiar el depósito de las cenizas de sus miembros difuntos". 

La archidiócesis, en esta normativa, regula el funcionamiento de los columbarios en los templos. En los últimos años han sido numerosas las hermandades que los han habilitado en sus sedes canónicas para prestar un servicio muy demandado por los cofrades. El Silencio, el Gran Poder, el Museo, la Lanzada, los Gitanos o el Cachorro son algunas de las corporaciones que cuentan con un depósito sagrado para las cenizas. En el caso de la basílica trianera del Cristo de la Expiración, éste se habilitó en 2011, bajo la sacristía del templo. Para hacer uso de él, el fallecido debe ser hermano en el momento del óbito. Los familiares habrán de abonar 75 euros por la urna y casi 300 euros por su uso durante 50 años. Según el hermano mayor del Cachorro, Marco Talavera, "este dinero es el que cubre el seguro de deceso". 

También los hay en edificios civiles. En el Benito Villamarín, durante el mandato de Luis Oliver, se habilitó un espacio para acoger un columbario, pero el alto coste para depositar las cenizas -3.000 euros- provocó que el proyecto fracasara. Sólo se prestó el servicio a siete familias. 

Adrián Ríos, delegado diocesano de Medios de Comunicación, asegura que en el ánimo de la Iglesia no está"lucrarse" con la nueva prohibición. "No se trata de abrir otra vía de negocio, sino de dar un enterramiento digno a los católicos fallecidos, ya sea a través de la sepultura o de la incineración", recalca Ríos, quien añade que la futura parroquia de San Juan Pablo II de la que será responsable en Olivar de Quintos (Dos Hermanas) contará con un columbario por expreso deseo de los devotos del Papa polaco. 


El fin último de la normativa pontificia es acabar con episodios como el vivido en la Semana Santa de 2015, cuando en el paso del Cristo del Cachorro una sevillana arrojó las cenizas de su marido, gran devoto del crucificado de Ruiz Gijón, una "anécdota" que dejó "huella" en el traje del capataz y en el antifaz de los manigueteros. Macabro recuerdo.

 
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