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Nov

2016

LA CAMPANA, PATRIMONIO COTIDIANO PDF Imprimir E-mail

DIARIO DE SEVILLA / 31/10/2016

CARLOS COLÓN

CUANDO las cosas se hacen bien y a tiempo, con una normativa clara discutida con los sectores afectados, se concilia la preservación digna de los entornos urbanos y su vida comercial. Esforzándose además por hacer posible la supervivencia del comercio tradicional, parte tan fundamental del patrimonio cotidiano como indefensa frente a las poderosas franquicias. Porque no sólo de monumentos vive una ciudad, sino de los bares y tiendas que a lo largo de un tiempo a veces centenario han definido su fisonomía. 

En cambio, cuando las cosas se hacen tarde y mal se generan unos daños que se multiplican al intentar corregirlos, perjudicando a comerciantes y hosteleros sin establecer un orden que conjugue los intereses públicos y los privados. Sucede con los veladores. Que estorben a los viandantes o que desnaturalicen y hasta degraden espacios públicos depende de su ubicación, número y diseño. Sin olvidar que hay cafeterías y bares que añaden valor a la ciudad por su historia y su belleza, y franquicias que se lo restan por su agresiva y grosera impersonalidad. 

No es justo, por ejemplo, que los veladores de la confitería La Campana reciban el mismo trato que los de una hamburguesería. Nada más injusto que tratar igual a los desiguales. La Campana aporta valor a la ciudad y a su entorno. Hace 131 años, desde 1885, que se mantiene en el mismo lugar con la misma fisonomía. Su continuidad de escaparates con la Papelería Ferrer, fundada en 1856, constituye un milagro en esta ciudad cateta que confunde lo antiguo con lo viejo y lo nuevo con lo moderno. Ambas, más El Cronómetro (1901), Maquedano (1908), Casal (1929) o los fantasmas de los cines Imperial (1905) y del mejor conservado Llorens (1913: el Ayuntamiento y la Junta tienen, ahora que ha cerrado el salón recreativo, otra oportunidad para recuperarlo como cine), es de lo poco que sobrevive de la genuina calle Sierpes. En vez de quitarle a La Campana sus veladores, debería recibir ayudas por su esfuerzo para mantener vivo el patrimonio cotidiano. 


Sería una broma siniestra que se "castigara" a La Campana atizándole con el rigor de la normativa mientras desde las ventanas del Ayuntamiento se ven los muchos veladores del bar que ha destrozado el antiguo Laredo (1930, decoración de Juan Miguel Sánchez y José Ruesga Salazar) con el visto bueno o el mirar para otra parte de la dúctil Comisión de Patrimonio.

 
 
 
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