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CEGUERA CON LA CIEGUECITA PDF Imprimir E-mail

DIARIO DE SEVILLA / 8/12/2016

CARLOS COLÓN

Veinte años después que Pacheco, su definidor, pintara su más antigua Inmaculada, la del Palacio Arzobispal; doce años después que el joven Velázquez pintara su Inmaculada para el convento del Carmen Calzado; dos años después que Zurbarán pintara la primera de sus Inmaculadas; y veinte años antes de que Murillo pintara la primera de sus grandes Inmaculadas, la Concepción Grande o Colosal, para el convento de San Francisco, Martínez Montañés esculpió en 1630 la que tengo por mejor imagen sevillana de la Virgen. Superior a las que van bajo palio, a las que llevan ráfaga y a la que va bajo tumbilla. La hacen única su asombrosa conjunción de gracia y seriedad, delicadeza y hondura, majestad y sencillez, sacralidad y naturalidad. Se dice que Velázquez fue capaz de pintar el aire, el espacio vacío entre las figuras de sus cuadros; pues Montañés fue capaz de esculpir el aire quieto que nimba sus esculturas y el silencio que parece a la vez habitarlas y desbordarlas. Volcadas por entero hacia dentro de sí mismas para resurgir de sus entrañas como si fueran almas esculpidas, las imágenes de Montañés son conceptos materializados, misterios encarnados. Y en la cumbre de su obra, el Señor de Pasión, el Cristo de los Cálices y la Cieguecita. El primero tiene culto por tener hermandad; los otros no, paradójicamente, por depender de clérigos en vez de seglares.

El misterio que hoy celebramos los cristianos es el más delicado y sutil de los que la Iglesia ha definido a lo largo de los siglos hasta su proclamación dogmática en 1854. Por ello es también el más difícil de plasmarse en imágenes desde sus fuentes iconográficas más remotas del siglo IV A. C. con el Cantar de los Cantares y el siglo I con el Apocalipsis de San Juan hasta su definición iconográfica por Pacheco, pasando por la Mujer Apocalíptica de las pinturas de los códices medievales -siglo VIII al XIII- inspirados por el Comentario al Apocalipsis de San Juan del Beato de Liébana, hasta hallar su representación escultórica definitiva en la Inmaculada de Montañés, la Cieguecita.

¡Qué ciega está Sevilla para con su Cieguecita! La mejor imagen mariana de la ciudad que por tan mariana se tiene vive olvidada en la Catedral, huérfana de oraciones, sin culto, degradada de imagen sagrada a estatua de museo contemplada si acaso solo por turistas, en la soledad y el olvido de las imágenes sin hermandad.

 
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