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2017

MATISSE EN SEVILLA PDF Imprimir E-mail

DIARIO DE SEVILLA / 8/1/2017

JOSÉ MARÍA RODÓN

Henri Matisse (1869-1954) nunca tuvo inclinaciones bohemias. De vida y apariencia típicamente burguesas, fue un artista tardío. Completó la carrera de Derecho y hasta llegó a ejercer la abogacía cuando logró la aprobación familiar para aventurarse en el mundo artístico. Incluso uno de sus maestros académicos, Fernand Cormon, lo expulsó del taller al enterarse de que tenía 30 años. Lo único verdaderamente feroz en él fue su pintura. Hasta el punto de compartir con Picasso el reducido altar de la maestría artística del siglo XX.

Aquel hombre de usos y hechuras presuntamente normales, gafas de montura fina, barba a lo hipster y pulso endiablado hizo de la pintura su covacha, su tablero de convulsiones, el motor de su extravagancia. Pintó como muchos pintores juntos. Él, que fue un tipo común por fuera y de enigma por dentro, se puso al frente del fauvismo, movimiento que se presentó en los primeros años del siglo XX al mundo como un territorio que pedía ser descubierto. Sus conquistas son ahora revisadas en Madrid por la Fundación Mapfre en la exposición Los Fauves. La pasión por el color.

Un episodio menos conocido es que el loco arsenal de vanguardia que Matisse vivió en Sevilla. Aquí estuvo casi mes y medio -desde el 27 de noviembre de 1910 hasta mediados de enero de 1911-, apenas interrumpidos por un viaje de tres días a Granada (del 9 al 12 de diciembre). En la capital andaluza, pintó, además, sus tres únicos cuadros españoles: el retrato de la gitana Joaquina, hoy en la Národní Galerie de Praga, y los bodegones del Museo del Hermitage, Sevilla I y Sevilla II. En ellos, incluyó una jarra de la factoría Pickman y una aceitera de color verde cobre brillante de Triana.

El episodio puede rastrearse en la intensa correspondencia que mantuvo aquellos días con su esposa Amélie. En ese conjunto de misivas, Matisse le confiesa que ha recuperado el ánimo para pintar ("Pienso trabajar en Sevilla", anota el 11 de diciembre) después de mucho tiempo sin posibilidad emocional para hacerlo. Tal es la premura por volver a los pinceles que ni siquiera puede esperar a que lleguen los tubos de pintura que había solicitado a su mujer y le pide prestado el material a su amigo, el pintor Francisco Iturrino.

Es el tiempo de una renovación formal tras meses de crisis personal y artística. Así, la visita a una exposición de arte oriental en Múnich le resulta fascinante en la búsqueda de un arte nuevo, más instintivo y emocional, pero algún revés en una venta importante de obras y, sobre todo, la repentina muerte de su padre acaban por hundirle. Transcurre el invierno de 1910 y a Matisse se le hace necesario cambiar de aires, por lo que decide emprender un viaje que alguna vez que le había rondado la cabeza. Finalmente, el pintor pone rumbo a España desde París el 16 de noviembre. Le esperan más de 26 horas de viaje.

Primero, recala en Madrid, donde visita el Museo del Prado: "El tiempo es magnífico, las vistas pintorescas, el Prado exquisito, espero que todo siga así". También recorre los anticuarios y compra un magnífico tapiz alpujarreño del siglo XIX de fondo azul intenso y grandes motivos de granadas en color crudo por 300 pesetas. Tras un encuentro con Iturrino, amigo de París, viaja el 27 de noviembre a Sevilla. En la ciudad hispalense se aloja en el Hotel Cecil, en las inmediaciones de la Plaza Nueva.

Con todo, durante sus primeros días en Sevilla, Matisse cae enfermo, con fiebre muy alta, temblores y delirios, al parecer a raíz de una crisis provocada por el insomnio. En las cartas a su esposa Amélie, expone con detalle las penurias de su enfermedad, que le obligará a trasladarse al hogar de su amigo Auguste Bréal, casado en segundas nupcias con la española Carmen Balbuena. Allí, en una casa con patio típicamente andaluza, queda al cuidado del médico de la familia. El galeno le receta descanso, tranquilizantes y tres baños calientes al día.

Una vez restablecido, visita la Giralda y la Catedral y frecuenta el Círculo de Labradores, "donde estoy como entre algodones, lo cual no es común en España", confiesa en una carta a su mujer con el membrete del club social fechada el 14 de diciembre. Al rastrear el epistolario de Matisse, sorprende el inusitado interés del pintor por el aseo o las tareas escolares de sus tres hijos y su preocupación por el estado de ánimo de su madre tras el fallecimiento del padre del artista.

En estos días sevillanos, Matisse visita academias de baile flamenco, como la de Manuel Otero, o tablaos donde bailaban jóvenes andaluzas, como Dora, que "prolongaba el sonido con sus movimientos" y que le inspiraría los rasgos de uno de los cuadros que pintó en la capital andaluza, la gitana Joaquina. Junto a su amigo Iturrino, acude por las tardes a clases de dibujo.

Otras veces, Matisse se detiene en las cartas a su esposa Amélie en los pequeños detalles, tan curiosos como reveladores, como su intensa alegría por la venta de dos de sus cuadros, su desconcierto por el estruendo de graves sonidos de las campanas que anuncian la festividad de la Inmaculada o el enfado de la mujer por su viaje sin fecha de regreso fijada, lo que determinará su precipitado regreso a Francia.

Así, a través de la correspondencia puede deducirse que la contrariedad e incomprensión de la esposa del pintor al decidir demorar su vuelta por razones de trabajo es una situación que le entristece: "Créeme que hago bien en quedarme, nos volveremos a ver contentos cuando haya trabajado", escribe el 14 de diciembre en unos pliegos con el sello del Círculo de Labradores.

Acercándose los días de Navidad, el artista le insiste a Amélie que se reúna con él en Sevilla, le facilita un detalladísimo plan de viaje con descripción minuciosa de horarios de trenes y escalas aprovechando que ella ha tenido que desplazarse a Perpiñán a ayudar a su hermana en una mudanza. Le sugiere que la ciudad le inspira para pintar, que para él es importante seguir en la ciudad, que por qué no pasan juntos una temporada en Andalucía...

Ante la negativa de Amélie, Matisse emprenderá precipitadamente el viaje de vuelta a mediados de enero de 1911. El 17 hará escala en Toledo, donde se instala en el Hotel Castilla. Desde allí, enviará una postal al coleccionista y crítico Leo Stein con sus impresiones sobre la pintura de El Greco. El 20 llega a Barcelona por tren y envía a su familia una postal que reproduce la plaza de Cataluña. El 25 llegará a Toulouse, donde también hace escala y visita a unos familiares, para finalmente llegar a París vía Cahors. Aquí acaba la cronología de la estancia de Matisse en Sevilla. Pero los ecos de aquellos días le durarían toda la vida.

 
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