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Mar

10

Mar

2009

Abierto por obras PDF Imprimir E-mail
En estos tiempos de secretismo con respecto al patrimonio, tan mal gestionado y manipulado muchas veces en provecho propio, hay que resaltar la transparencia informativa con que se ha llevado a cabo la restauración de la iglesia del Salvador. Todo lo contrario de lo que está ocurriendo en el Palacio de San Telmo, donde sigue manteniéndose la política de puertas cerradas para que nadie vea los estragos de la piqueta en este Bien de Interés Cultural de primer orden. Aquella frase sorprendente de «abierto por obras», que le gustaba repetir a Juan Garrido Mesa, se ha cumplido en todo momento en el Salvador desde el comienzo de las obras hasta su terminación.
En estos tiempos de secretismo con respecto al patrimonio, tan mal gestionado y manipulado muchas veces en provecho propio, hay que resaltar la transparencia informativa con que se ha llevado a cabo la restauración de la iglesia del Salvador. Todo lo contrario de lo que está ocurriendo en el Palacio de San Telmo, donde sigue manteniéndose la política de puertas cerradas para que nadie vea los estragos de la piqueta en este Bien de Interés Cultural de primer orden. Aquella frase sorprendente de «abierto por obras», que le gustaba repetir a Juan Garrido Mesa, se ha cumplido en todo momento en el Salvador desde el comienzo de las obras hasta su terminación.
Tomando como modelo la experiencia de la catedral de Victoria, miles de visitantes pudieron conocer paso a paso los trabajos que se realizaban en el templo y en el subsuelo mediante un circuito elevado que se montó ex profeso. No había nada que ocultar, ni operaciones especulativas ni intervenciones radicales que afectaran al monumento. Y al final, para redondear esa misión informativa y para que la memoria de lo realizado no se pierda, el arquitecto director de las obras de restauración, Fernando Mendoza, nos lo cuenta todo en un libro que titula «La Iglesia del Salvador de Sevilla. Biografía de una Colegiata». Edición patrocinada por Cajasol y la Diócesis de Sevilla, y dedicada a la memoria del canónigo Juan Garrido Mesa, gestor y motor de la recuperación del Salvador.
La caída en 2003 de una piedra de cinco kilos de peso en el arco del altar de Santa Ana fue motivo suficiente para que el templo se cerrara poco después. Luego vinieron los estudios del propio arquitecto y las prospecciones y análisis estructurales realizados por Vorsevi, que se dieron a conocer en estas páginas. Inmediatamente después, el abogado Joaquín Moeckel inició la lista del patrocinio privado de las obras, animando con su ejemplo a numerosas personas, instituciones y organismos diversos. El total de los fondos de esta campaña fue de 500.000 euros. Y a partir de ahí se unieron el Ministerio de Cultura y la Junta de Andalucía. Las obras acabaron en 2008, y la antigua colegiata quedó fuera de peligro, perfectamente consolidada, limpia y con todo su tesoro artístico reluciente.
A través de más de cuatrocientas páginas e innumerables ilustraciones, Fernando Mendoza nos da cuenta de todo lo que debe saberse de la historia de esta iglesia, su solar y del complejo proceso de restauración, tanto de lo arquitectónico como de sus bienes muebles: retablos, pinturas esculturas... Los orígenes del Salvador quizás haya que buscarlos en la basílica romana que posiblemente allí hubo, como parte del foro, y en la posterior catedral de San Isidoro, hipótesis que se apunta en este libro, pasando por la mezquita de Adabbás, de la que nos queda, sobre todo, una parte del patio y el arranque de la torre, hasta llegar a la mezquita colegial cristiana. Derruida ésta, se levantó en su lugar el primer templo barroco (1671-1679), obra de Esteban García y Pedro Romero; y tras su derrumbamiento se inició la segunda construcción (1671-1712) según proyecto de Pedro Romero. En los años posteriores y hasta 1859 se realizó el acabado de la iglesia: todo su tesoro artístico incluido el espléndido órgano, restaurado por Grenzing.
Muy interesante todo lo referente a la arquitectura del templo, sus antecedentes, el estudio de otros modelos barrocos que han podido influir en su traza, y la simbología que el edificio encierra. El autor recoge diversos estudios y descripciones del templo para luego entrar de lleno a describir de forma pormenorizada las distintas fases de la restauración del monumento, llevado a cabo por la empresa Bellido. El libro se cierra con un amplio anexo dedicado a restauración de los retablos y demás obras de arte: las que allí se quedaron y las que hubo trasladar al Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico para su tratamiento.
Las excavaciones apenas han revelado restos importantes de la mezquita de Ibn Adabbás. El edificio estaba tan expoliado que ni siquiera ha aparecido el muro de la quibla. Sin embargo los vestigios hallados y los datos históricos existentes han permitido la reconstrucción gráfica de la planta de la mezquita. Muy bellos los dibujos de Francisco Garmendia. Los trabajos arqueológicos han aportado también nuevos datos de la capilla de los Pineda, en la que se han recuperado tres enterramientos cubiertos con azulejos del siglo XIV.
Hoy el Salvador es un templo renovado y bien consolidado. Ya está fuera de peligro y eso es lo fundamental. Lo más llamativo quizás sea la pintura mural de Juan Espinal (hacia 1775) en la bóveda del presbiterio, que había quedado ennegrecida por el polvo y el humo de las velas. Una vez recobrado su colorido original se puede apreciar en toda su dimensión la espectacularidad de esta obra de carácter ilusionista que representa la Gloria Celestial con retazos de arquitectura fingida.
El templo parece ahora más amplio y luminoso. En el exterior han conservado la verja de la Plaza del Salvador, un elemento tardío pero consustancial al edificio, que le sirve de protección. Y si de gustos se trata, hay quienes consideran que la limpieza ha borrado la pátina que daba volumen a los pilares y las bóvedas, y que el colorido del templo, en general, está algo subido de tono. Son cuestiones subjetivas. En cuanto a la iluminación, uno se queda con luz natural diurna que entra en diagonal por las vidrieras y va encendiendo y dorando lentamente la piedra a lo largo del día. Toda una experiencia. De noche la cosa cambia: la luz artificial inunda el templo y el San Cristóbal de Martínez Montañés, ahora entre rejas, palidece bajo una luz blanca de oficina. El santo suplica con su mirada que lo liberen de su actual presidio y lo lleven al altar donde antes estaba.
Esperemos que se cumplan las palabras del cardenal, cuando dice en el prólogo que «la colegial del Divino Salvador tiene que ser lugar abierto...» Así debe permanecer por siempre: abierto libremente al público, como siempre ha estado, como lo estuvo la Catedral antes de que los sevillanos perdieran el hábito de entrar en ella y en su Patio de los Naranjos. Porque fueron los fieles de Sevilla los que hicieron posible, con sus donaciones, la construcción de este templo del Salvador. Un hecho que se ha repetido varios siglos después mediante el patrocinio de su restauración. Empresa compleja y fascinante por la que Fernando Mendoza ha recibido merecidamente el Premio Nacional de Restauración.
Tomando como modelo la experiencia de la catedral de Victoria, miles de visitantes pudieron conocer paso a paso los trabajos que se realizaban en el templo y en el subsuelo mediante un circuito elevado que se montó ex profeso. No había nada que ocultar, ni operaciones especulativas ni intervenciones radicales que afectaran al monumento. Y al final, para redondear esa misión informativa y para que la memoria de lo realizado no se pierda, el arquitecto director de las obras de restauración, Fernando Mendoza, nos lo cuenta todo en un libro que titula «La Iglesia del Salvador de Sevilla. Biografía de una Colegiata». Edición patrocinada por Cajasol y la Diócesis de Sevilla, y dedicada a la memoria del canónigo Juan Garrido Mesa, gestor y motor de la recuperación del Salvador.
La caída en 2003 de una piedra de cinco kilos de peso en el arco del altar de Santa Ana fue motivo suficiente para que el templo se cerrara poco después. Luego vinieron los estudios del propio arquitecto y las prospecciones y análisis estructurales realizados por Vorsevi, que se dieron a conocer en estas páginas. Inmediatamente después, el abogado Joaquín Moeckel inició la lista del patrocinio privado de las obras, animando con su ejemplo a numerosas personas, instituciones y organismos diversos. El total de los fondos de esta campaña fue de 500.000 euros. Y a partir de ahí se unieron el Ministerio de Cultura y la Junta de Andalucía. Las obras acabaron en 2008, y la antigua colegiata quedó fuera de peligro, perfectamente consolidada, limpia y con todo su tesoro artístico reluciente.
A través de más de cuatrocientas páginas e innumerables ilustraciones, Fernando Mendoza nos da cuenta de todo lo que debe saberse de la historia de esta iglesia, su solar y del complejo proceso de restauración, tanto de lo arquitectónico como de sus bienes muebles: retablos, pinturas esculturas... Los orígenes del Salvador quizás haya que buscarlos en la basílica romana que posiblemente allí hubo, como parte del foro, y en la posterior catedral de San Isidoro, hipótesis que se apunta en este libro, pasando por la mezquita de Adabbás, de la que nos queda, sobre todo, una parte del patio y el arranque de la torre, hasta llegar a la mezquita colegial cristiana. Derruida ésta, se levantó en su lugar el primer templo barroco (1671-1679), obra de Esteban García y Pedro Romero; y tras su derrumbamiento se inició la segunda construcción (1671-1712) según proyecto de Pedro Romero. En los años posteriores y hasta 1859 se realizó el acabado de la iglesia: todo su tesoro artístico incluido el espléndido órgano, restaurado por Grenzing.
Muy interesante todo lo referente a la arquitectura del templo, sus antecedentes, el estudio de otros modelos barrocos que han podido influir en su traza, y la simbología que el edificio encierra. El autor recoge diversos estudios y descripciones del templo para luego entrar de lleno a describir de forma pormenorizada las distintas fases de la restauración del monumento, llevado a cabo por la empresa Bellido. El libro se cierra con un amplio anexo dedicado a restauración de los retablos y demás obras de arte: las que allí se quedaron y las que hubo trasladar al Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico para su tratamiento.
Las excavaciones apenas han revelado restos importantes de la mezquita de Ibn Adabbás. El edificio estaba tan expoliado que ni siquiera ha aparecido el muro de la quibla. Sin embargo los vestigios hallados y los datos históricos existentes han permitido la reconstrucción gráfica de la planta de la mezquita. Muy bellos los dibujos de Francisco Garmendia. Los trabajos arqueológicos han aportado también nuevos datos de la capilla de los Pineda, en la que se han recuperado tres enterramientos cubiertos con azulejos del siglo XIV.
Hoy el Salvador es un templo renovado y bien consolidado. Ya está fuera de peligro y eso es lo fundamental. Lo más llamativo quizás sea la pintura mural de Juan Espinal (hacia 1775) en la bóveda del presbiterio, que había quedado ennegrecida por el polvo y el humo de las velas. Una vez recobrado su colorido original se puede apreciar en toda su dimensión la espectacularidad de esta obra de carácter ilusionista que representa la Gloria Celestial con retazos de arquitectura fingida.
El templo parece ahora más amplio y luminoso. En el exterior han conservado la verja de la Plaza del Salvador, un elemento tardío pero consustancial al edificio, que le sirve de protección. Y si de gustos se trata, hay quienes consideran que la limpieza ha borrado la pátina que daba volumen a los pilares y las bóvedas, y que el colorido del templo, en general, está algo subido de tono. Son cuestiones subjetivas. En cuanto a la iluminación, uno se queda con luz natural diurna que entra en diagonal por las vidrieras y va encendiendo y dorando lentamente la piedra a lo largo del día. Toda una experiencia. De noche la cosa cambia: la luz artificial inunda el templo y el San Cristóbal de Martínez Montañés, ahora entre rejas, palidece bajo una luz blanca de oficina. El santo suplica con su mirada que lo liberen de su actual presidio y lo lleven al altar donde antes estaba.
Esperemos que se cumplan las palabras del cardenal, cuando dice en el prólogo que «la colegial del Divino Salvador tiene que ser lugar abierto...» Así debe permanecer por siempre: abierto libremente al público, como siempre ha estado, como lo estuvo la Catedral antes de que los sevillanos perdieran el hábito de entrar en ella y en su Patio de los Naranjos. Porque fueron los fieles de Sevilla los que hicieron posible, con sus donaciones, la construcción de este templo del Salvador. Un hecho que se ha repetido varios siglos después mediante el patrocinio de su restauración. Empresa compleja y fascinante por la que Fernando Mendoza ha recibido merecidamente el Premio Nacional de Restauración.
 
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