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2017

LA VÍA DEL TREN DE TORNEO ME COSTÓ UNA HERNIA DE DISCO PDF Imprimir E-mail

DIARIO DE SEVILLA / 19/2/2017

Alcalde entre 1983 y 1991, Manuel del Valle (Sevilla, 1939) no vive de las rentas de ser el autor de la foto de la tortilla. “Aun pecando de inmodestia, podría ganarme la vida con la fotografía”. Enseña una muestra: Nápoles, Calatañazor, San Francisco, Regumiel de la Sierra, en Burgos, sus tres nietos.

–Fue el alcalde que puso en marcha el Maratón, que hoy llega a su edición 33. No le pega nada ese perfil deportivo...–Aunque no lo parezca, yo he sido jugador de rugby. Jugué en el equipo de la Facultad de Derecho con jugadores que fueron internacionales como Bosco Fernández Vial, Venancio García Palacios o Ignacio Junquito. He sido corredor de cien metros lisos.

–¿Cómo surge el maratón?–Por la insistencia de Pedro Rodríguez de la Borbolla, que es como Fidel Castro: te gana por convicción o abatimiento del contrario.

–Uruñuela pone en marcha la Bienal y usted el maratón...–Para mí lo más importante fue el PGOU de 1987.

–Si hubiera existido el selfie, estaría en la foto de la tortilla...–Podría haberle dado al disparador automático y salir corriendo para ponerme con los demás, pero prefería el encuadre manual. Soy una persona alérgica a las fotos. Me gusta hacerlas, pero no me gusta salir. Vi la composición, cogí la máquina y tiré la foto.

–¿Era consciente de que tenía ante sí una imagen histórica?–No. Aquella reunión en la marisma tuvo lugar en 1971 y para 1976 faltaba un mundo de tiempo.

–Llovía tan poco que el 23-F le cogió buscando agua...–Estábamos en Lora de Estepa. Empezó a refrescar, fui al coche a por un abrigo, puse la radio y escuché los tiros del Congreso. En ese pueblo eran todos votantes del PSOE, algunos habían vivido la guerra y querían bajar al pueblo, huir al monte y romper la documentación del Partido. Llegué a mi casa en el Polígono San Pablo y un vecino, teniente coronel del Cesid, me dijo que todo estaba bajo control. Al día siguiente, convoqué un pleno de la Diputación rechazando el golpe y a favor de la democracia. Un acto de inconsciencia, porque Tejero todavía no había salido del Congreso.

–Le pusieron Manuel del Valle por un tío suyo al que fusilaron en la guerra el mismo día que Federico García Lorca...

–Mis tíos Manuel y José del Valle, hermanos de mi padre, eran canónigos, los fusilaron el 18 de agosto del 36 y están enterrados en la catedral de Málaga. Siempre hay un Manuel del Valle en la familia. Era el nombre de mi abuelo, maestro de escuela. Mis dos abuelos eran de El Coronil pero no se conocían. Se casaron con dos señoras de Setenil de las Bodegas. 

–¿Le fastidió que los doce años de Alfredo Sánchez Monteseirín acabaran con su vitola de alcalde más longevo?–En los cargos hay que estar el tiempo justo. Fui jefe de gabinete con Plácido Fernández Viagas, he sido cuatro años presidente de la Diputación Provincial, ocho años alcalde. En 1991 pensé que ese tiempo justo había terminado.

–Yáñez fue el más votado, no fue elegido. ¿Se rompieron los huevos de la foto de la tortilla?–Fue un pequeño drama y un pequeño desastre.

–Le faltó ser ministro, como Zoido, el único con usted que ganó con mayoría absoluta. ¿Estuvo en alguna lista de ministrables?–Fueron especulaciones de la prensa. Sí me propusieron ser delegado del Gobierno en Andalucía cuando lo dejó Alfonso Garrido, dije que no y nombraron a Amparo Rubiales. Me llamó el ministro del Interior, Corcuera, y ante mi negativa me dijo que al día siguiente saldría mi nombramiento en el BOE. Pues pasado mañana, le dije yo, saldrá mi dimisión.

–El 83 hay dos goleadas: el 12-1 a Malta y su mayoría absoluta.–Estaba muy reciente la victoria de Felipe. La marca era el partido.

–En octubre de 1974 usted está en Suresnes y nace Susana Díaz.–No lo sabía...

–¿Qué ha cambiado de Plácido Fernández Viagas a Susana?–Plácido era ninguneado por todo el mundo, empezando por los gobernadores civiles.

–¿Era un ‘Plácido’ de Berlanga?–Teníamos un coche viejo que nos había prestado la Diputación en el que íbamos el chófer, Anarte, Pablo Juliá, Paco Mir, Plácido y yo. Es una persona que me marcó mucho por su integridad personal y la firmeza de sus convicciones. Hace poco he encontrado un libro suyo, Los niños que perdieron la paz, con un comienzo brechtiano.

–En su biografía, escrita por Alicia Gutiérrez (Un destino casual, RD Editores), se dice que Borbolla no lo consideraba a usted el mejor candidato para 1987...–Después ha dicho lo contrario. En el 87 se empezó todo y no se había podido acabar nada. Los Bermejales era campo. Las Rondas Norte y Tamarguillo eran maquetas. La gente no se acuerda de cómo era la ciudad de entonces. Cómo era la calle Torneo con la vía del ferrocarril que me costó una hernia de disco. Unos puentes que no llegaban a ninguna parte.

–¿El realismo mágico?–Pusimos una maqueta de la futura ciudad en el Casino de la Exposición y la gente decía: qué bonito, pero no se va a hacer. Y se hizo. Si tuviera que decir de qué estoy más orgulloso, diría que de la transformación de la ciudad.

–Como diría su admirado Ramón Carande, sólo le faltó transformar a los ciudadanos.–¿Sabe lo que ha transformado a la gente? El AVE. En aquella época la gente no viajaba. Cuando estuve en la Diputación, organizamos excursiones para mayores y había gente que no había ido nunca a la playa. Cualquier cosa que hicieras, estabas inventando el mundo.

–¿Después de la ciudad del cambio, el cambio de la ciudad?–Hay ciudades que se transforman día a día, pero en Sevilla se hace a salto de muchas décadas. El 29, el PGOU del 87, el 92.

–¿Un icono de ese cambio?–El ferrocarril. Santa Justa estaba rodeada de la nada. Siempre he pensado que el AVE es un elemento integrador de España, y que por eso la ETA siempre se opuso a su implantación en el País Vasco. En Cataluña no tuvo ese efecto y empiezo a dudar de mi aserto.

–¿Se reconoce en su ciudad?–Soy una persona que procura desapegarse de lo que ha hecho. Cuando voy por esa calle que se llama Avenida Alcalde Manuel del Valle, a veces pienso: quién sería ese hombre. Una avenida muy larga con muy pocos vecinos porque era un carril ferroviario.

–¿En su época pensó en el traslado y ampliación de la Feria?–Mi propuesta era trasladarla al solar de Tablada.

–¿Sigue siendo una asignatura pendiente?–Más que la Feria, la asignatura pendiente sigue siendo Tablada.

–Fue también el alcalde de Cita en Sevilla: Frank Zappa, Ian Dury, Joe Cocker. Como en el maratón, no le ‘pegan’ nada...–Ttrajimos a Nina Hagen y por poco nos excomulgan.

–Vive en la plaza Alfonso de Cossío, referente del Derecho...–Me dio Derecho Civil. A finales de los setenta, Cossío era el nexo de unión entre los partidos de izquierda y la ciudad de Sevilla.

–¿No era Cossío el abogado de Felipe González cuando lo entrevistó Holgado Mejías?–Me llama Paco Palomino, cuñado de Felipe, y me dice que lo está buscando la Brigada Social. Vamos al aeropuerto, que era como el de Casablanca, y Felipe en vez de salir por la puerta de pasajeros sale por equipajes. Palomino se fue a su casa y yo con Felipe a ver a don Alfonso de Cossío. Dijo que había que ir a la Gavidia. Me quedé esperando en el coche. Un día después lo entrevistó Holgado.

–¿Usted habría vivido de fotógrafo y Felipe de abogado?–Depende. Le voy a contar otro episodio de Cossío. Él defendió a Soto en el Proceso 1001 y a Saborido lo defendía Adolfo Cuéllar. Carrillo llamó desde el exilio para que lo defendiera Felipe González. Lo cual era una barbaridad porque su defensor era Cuéllar y además Felipe no tenía ni idea de Derecho Penal. Nos fuimos los dos a Madrid, fuimos a ver a Saborido a la cárcel y nos dijo que a él el único que lo defendía era Cuéllar. Y nos volvimos a Sevilla. Al día siguiente, 20 de diciembre de 1973, me llamó Peces-Barba al despacho de Capitán Vigueras y me dice: Manolo, han volado a Carrero.

–¿Y esa foto con el Papa Juan Pablo II?–Tiene su historia. Está hecha cuando fuimos a la beatificación del cardenal Marcelo Spínola. El Gobierno español mandó una delegación de segundo nivel encabezada por Leopoldo Torres Boursault, vicepresidente del Congreso. El Vaticano decidió suspender la audiencia papal y la sustituyó por lo que la diplomacia de la Santa Sede llama un belho encontro. Te encontrabas con el Papa en un pasillo, junto a la Pietá, y allí te saludaba. El Gobierno había mandado de embajador a un divorciado y las relaciones con el Vaticano no pasaban por su mejor momento. En la puerta nos esperaban unos manifestantes españoles que no llamaron rojos y nos pusieron a parir.

–¿Siguió la bronca del otro día en la Facultad de Derecho?–No quiere decir que yo no haya participado en algún acto similar en mi época. No es de las cosas de las que me sienta más orgulloso precisamente. Fue en una conferencia de Fraga, que salió escopeteado con el capitán general, el jefe de la Región Aérea y el rector. Pero no es lo mismo protestar en una dictadura que en democracia.

 
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