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May

2017

LA CASA DE LOS ARTISTA PDF Imprimir E-mail

DIARIO DE SEVILLA / 1/4/2017

CARLOS COLÓN

Allí tuvieron casa los condes de Castellar, los marqueses de Torrenueva y el marqués de Aracena. Allí iban los curiosos impertinentes ingleses a ver bailar sevillanas boleras en la Academia de Pericet, cuyo centenario anuncio azul añil perduró en la fachada hasta que lo borraron -¡ay, Sevilla!- al iniciarse la restauración, despojando al nacimiento de la calle Feria de la huella de esa dinastía de bailarines cuyos fundadores, los hermanos Ángel y Rafael, llegaron a la Sevilla de mediados del siglo XIX para enseñarse con Amparo GálvezLa Campanera, la gran bailaora que nació y vivió en la Giralda por ser hija del campanero.

Allí tuvo estudio el joven Zuloaga cuando, tras regresar de la bohemia parisina en la que había tratado a tipos que se llamaban Monet o Degas, llegó a Sevilla en 1892 dudando si quería ser pintor o torero; o intentando ser las dos cosas, anunciándose en los carteles de la plaza de toros de la Escuela Taurina como Ignacio ZuloagaEl Pintor; y allí pintó más de 40 cuadros, entre ellos el deGallito y su familiaque se conserva en la Hispanic Society de Nueva York. Allí tuvieron también sus talleres García Ramos, Rico Cejudo, José Pinelo, Juan Miguel Sánchez, Juan Laffita, Gustavo Bacarisas, Alfonso Grosso, Santiago Martínez, Pérez Comendador o el imaginero Buiza. Allí recibió clases de Rico Cejudo el bohemio marqués de Benamejí, Manuel de la Lastra y Liendo, ceramista y pintor que dejó huella perdurable frente a esta casa: el retablo cerámico que en 1918 pintó para la Hermandad de la Amargura.

Es la Casa de los Artistas que tantos años se dejó caer, cerrada y abandonada, hasta que en 1998 se anunció que iba a convertirse en una residencia de ancianos bajo el patrocinio de la Fundación Club de Leones. Por fin -¡20 años más tarde!- va a abrirse tras mil follones y alguna que otra denuncia por la destrucción de un arco califal y otras actuaciones "radicales". Ya se verá. Y ya lo veré, porque soy de ese barrio y conocía muy bien la Casa de los Artistas de los años 60 y 70, cuando aún quedaban algunos talleres en su sevillanísima callecita de entrada -grandes adoquines, bultos de cal, arriates de jazmines- que conducía al inmenso patio en el que tantas tardes felices y luminosas pasé leyendo, sentado en la gran escalera señorial que conducía a unas galerías que parecían a punto de desplomarse. ¿La reconoceré? Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora…

 
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