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2017

SOBRE EL MUSEO ARQUEOLÓGICO PDF Imprimir E-mail

DIARIO DE SEVILLA / 12/5/2017

FERNANDO FERNÁNDEZ GÓMEZ

Acabamos de saber que el Ministerio va a comenzar a estudiar el proyecto de reforma del Museo Arqueológico. Y se nos ha llenado el corazón de alegría y esperanza. Parece que al fin llega el día con el que todos soñábamos desde hace muchos años. Y que llega con aires de sensatez. Con aires de hacer lo que realmente se necesita y no con la idea de cambiarlo todo, como se pretendía en el Plan Museológico que conocemos y que no se ha discutido nunca. Creemos sinceramente que con este "recorte" se va a salvar el Museo, que el Museo va a seguir siendo una institución al servicio del Arte y de la Historia y no del esparcimiento.
 
No conocemos el Plan en profundidad, pero sí algún detalle. Por ejemplo que, tras la reforma que se pretendía, se iba a entrar al Museo por la gran puerta central, la que da al Parque de María Luisa, que sólo se suele abrir actualmente en las grandes solemnidades o para recibir a personajes ilustres a los que no se desea enseñar el Museo en sí, sino simplemente agasajarlo debidamente en un escenario monumental. Porque si se introduce a los visitantes normales por esta gran puerta ¿qué recorrido van a hacer? La entrada, sin duda, será espectacular, deslumbrante. Una enorme sala diáfana de las mayores que puede haber en Sevilla iluminada con luz cenital. Con razón se la conoce como Sala Imperial, porque resulta impresionante por sus dimensiones y porque en ella se muestran las efigies de los emperadores romanos hallados en nuestro suelo, Augusto, Vespasiano, Domiciano, Trajano, Adriano… Pero si el público hace su entrada directamente a esta gran sala, le habremos introducido de golpe en el corazón del Museo. Después de ver esto, todo lo que pueda ver le parecerá pobre y pequeño. Y le habremos dejado además sin recorrido lógico. Habremos entrado de golpe en la Roma Imperial. Y aquí ¿qué hacer? Hacia un lado los visitantes podrán ir, retrocediendo en la Historia, hasta las vitrinas de los fósiles de la actual sala I, con las conchas de moluscos y las defensas de elefantes de los animales prehistóricos que ocuparon este suelo antes que nosotros. Por el otro unos cientos de años más, desde Roma hasta la invasión de los árabes que acabó con el reino visigodo. ¿Será verdad que quiere hacerse esto? ¿Enseñar la historia hacia atrás?
 
PARA PODER DAR SENTIDO A LA ENTRADA POR LA PUERTA CENTRAL SE ESTABLECEN TRES RECORRIDOS DISTINTOS
La entrada al Museo por la gran puerta central no es una idea original. Es algo que ya se barajó en su día cuando se destinó para Museo el edificio de la Plaza de América. Pero se desechó por inviable. Porque no permitía facilitar luego a los visitantes un recorrido lógico, desde los comienzos de nuestra Historia hasta la Edad Media, período de tiempo que abarca el Museo. Y se puso la entrada donde actualmente se halla, en uno de los cuerpos laterales que permite el acceso directo a las Salas de Prehistoria de la Planta Baja, por donde se inicia la visita, y, al concluir ésta, el posterior paso a las salas de Roma y medievales, para salir por la puerta lateral del lado contrario del edificio. Un recorrido lineal, lógico, histórico, pedagógico.
 
Ahora, según consta en el proyecto, para poder dar sentido a esa entrada por la puerta central, se van a establecer tres recorridos distintos, uno que se dirigirá a la Prehistoria; otro a lo que podemos llamar Historia a partir de Roma; y un tercero para exponer libros y documentos.
 
Y nos preguntamos: ¿Es preciso todo esto? ¿Es esto lo que realmente necesita el Museo? Yo, que he trabajado en él más de 30 años, que conozco sus fondos tan bien como los pueda conocer cualquiera, puedo asegurar que no es eso lo que el Museo necesita bajo un estricto punto de vista museológico. Que su recorrido actual está perfectamente definido desde hace muchos años, desde los años 40 del pasado siglo, cuando abriera sus puertas, y a lo largo de los 70, en su gran reforma de tiempos de Pérez Embid, por museólogos de la talla de Navascués, González Robles, Casamar, Navarrete, García y Bellido, Almagro, Beltrán, Fernández Chicarro y otros admirados profesores y colegas, de manera que yo no tuve necesidad de cambiar apenas nada. Tan sólo preocuparme de irlo enriqueciendo con los nuevos hallazgos y adquisiciones, lo que fui haciendo progresivamente a partir de los años 80. ¿Quién ha redactado este nuevo proyecto museológico? ¿Cuáles son sus nombres, sus títulos, su experiencia en otros museos? ¿O va a ser el de Sevilla su primer proyecto? ¿Quién ha dado el visto bueno a las modificaciones que se quieren introducir y a las que luego tendrá que ceñirse el proyecto arquitectónico?
 
Nos gustaría saberlo y poder discutir con ellos, públicamente, en coloquios y mesas redondas, sus decisiones. Nosotros nos sentimos obligados a decir que estamos de acuerdo con el Ministerio. No es en absoluto necesaria la astronómica cantidad que se baraja para tener un museo digno, digno de la ciudad y digno de las piezas que conserva. Que tenemos un museo muy rico e importante. Pero que no es el Louvre ni el British, para que cada cual pueda elegir al llegar un itinerario u otro, porque verlo todo de una vez resulta imposible. Nuestro museo se ve con tranquilidad, completo, en un escaso par de horas, en las que podemos recorrer cuanto de interés arqueológico se ha hallado en nuestra tierra, pero sólo en ella, en sentido amplio, desde que era un fondo marino hasta que llegaron los árabes.
 
Cierto que el Museo necesita modernizarse. Pero sobre todo en lo referido al continente, el edificio en sí, sus estructuras, sus forjados, sus cresterías, sus elementos decorativos, su oxidada carpintería de hierro, saneando sus redes de conducción y evacuación de agua para evitar inundaciones y atascos, renovando instalaciones, eliminando barreras arquitectónicas, construyendo una sala acorazada donde puedan exponerse los tesoros tartésicos, ampliando, que se puede, las salas de prehistoria para introducir en ellas lo que actualmente se muestra, descontextualizado, en la segunda planta, modernizando vitrinas, cartelería, elementos expositivos, todo lo que se considere necesario hacer y renovar en un edificio construido hace 100 años y nunca suficientemente atendido en su mantenimiento. Lo que tantas veces se ha pedido. ¿Pero quién ha pedido cambiar los itinerarios, mover esculturas y mosaicos, con el riesgo y el trabajo que conlleva, para dar sentido a un nuevo recorrido? ¿Es necesario? ¿No va a resultar un gasto inútil, un capricho? ¿Qué gana el Museo con ello? ¿Qué ganan los visitantes? Se han pedido, al parecer, áreas de descanso. Posiblemente se quiere justificar la instalación de una cafetería. ¿Pero hace falta cuando hay tres a las puertas del Museo integradas en el Parque? ¿Quién va a mantenerla? Porque no se va a autofinanciar. Hace años se quiso instalar una librería, se abrió el concurso público y no concursó nadie. Porque nuestro museo, con el consumo de sus 70.000 visitantes al año, la mitad niños, no da para pagar los gastos que genera una instalación de ese tipo. Y tendría que estar cerrada. O gastándonos en ella el dinero que el museo necesita para sí, entre otras cosas para dotarlo de personal suficiente y evitar tener que cerrar salas porque no pueden vigilarse.
 
Seamos sensatos. Ahora que parece que llega el anhelado momento, lo que podríamos empezar a hacer sería analizar si lo que se pretende hacer en el museo es lo que realmente el museo necesita. Y aunque parezca una insensatez, nosotros, que tanto queremos al museo -pues en él hemos dejado gran parte de nuestra vida- nos vemos obligados a dar la bienvenida a los recortes, porque permitirán que sigamos teniendo un Museo Arqueológico. Aunque no vayamos a tener un parqué lúdico más.
 
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