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Jun

2017

LA VIDA DESPUÉS DEL BARROCO PDF Imprimir E-mail

CORREO DE ANDALUCÍA / 31/5/2017

FRANCISCO GARCÍA PAÑOS

Pasó el esplendor de un Barroco que se conoció como el Siglo de Oro, nada menos. Se escapó el monopolio del comercio de Indias rumbo a Cádiz en 1711, y la vida siguió en una Sevilla venida a menos en muchos ámbitos. Pero todavía interesante. Porque, incluso tardía y débil, la Ilustración fue la encargada de liquidar el Antiguo Régimen. Y, con sus 80.000 habitantes, Sevilla era, aún, una gran capital.

Todo eso, con mucho detalle y un alarde de patrimonio de la Universidad de Sevilla (US), está en la base de la exposición Sevilla en el Siglo de la ilustración. Cultura, ciencia y arte en la ciudad del XVIII, que puede visitarse en el Centro de Iniciativas Culturales de la US (CICUS) hasta el 23 de junio.

José Beltrán Flores, comisario de la muestra y catedrático de Arqueología, explica que, en efecto, en la Sevilla de la época se produce una «efervescencia cultural en la segunda mitad del XVIII que no va acorde con esa cierta decadencia socioeconómica que tiene la ciudad al perder el monopolio del comercio de indias».

Sevilla, y eso tampoco se recuerda a menudo, fue sede de la corte de Felipe V, quien vivió en el Alcázar entre 1729 y 1733. De forma que, entre el afán reformista de aquellos Borbones, los del siglo XVIII, y la presencia de ilustrados de primer nivel, con Pablo de Olavide a la cabeza, Sevilla era una ciudad interesante. Otra cuestión es que Olavide acabara en la cárcel por hereje después de un auto de fe cuyas actas se exponen aquí.

Para explicar estas cuestiones desde diferentes ámbitos, la exposición se divide en dos secciones. La primera, Sevilla en el XVIII, «es una introducción a la ciudad en su propia materialidad», en palabras de Beltrán: «Por eso arranca con el plano de Olavide, el primer plano de la topografía de la Sevilla del XVIII, que se hizo en 1761».

Interesante resulta el análisis de la sociedad, en el que se contrapone «religión y fiesta, fiesta profana frente a la religiosidad católica», que sirven para entender «esos cambios, y sobre todo esos enfrentamientos, que existen en el ámbito social de la Ilustración».

La parte final de esta primera mitad se denomina Puerta del Mundo. El motivo: «Indicar cómo Sevilla seguía teniendo una vocación atlántica, una vocación hacia el exterior que se plasmaba tanto en el ámbito comercial cuanto en el ámbito científico con las grandes expediciones, que aparecen materializadas en dos figuras: el almirante López Pintado y Antonio de Ulloa».

La Universidad tiene su propio hueco. También porque, junto a las academias, fue agente principal del cambio. Vivió, además, su propia ilustración. La US encargó un informe sobre la reforma universitaria y un nuevo plan de estudios a Olavide –otra vez–, «cuyo manuscrito se conserva en la Biblioteca Colombina y que hemos traído aquí a la exposición», destaca Beltrán. La Hispalense, además, se mudó «desde el antiguo colegio universitario Santa María de Jesús, que estaba en el inicio de la Avenida de la Constitución actual, a la antigua Casa Profesa de los jesuitas», que dejaron libre el inmueble cuando Carlos III los expulsó del país. «Es cierto que no llegó a producirse esa transformación efectiva de los planes de estudio –valora Beltrán–, pero desde el punto de vista histórico, y desde el de nuestra universidad, supone un antes y un después. Esa segunda universidad es la que llega a nosotros».

El nuevo gusto en la Ilustración es el nombre dado a la parte final de la exposición, dedicada a los cambios culturales, científicos, artísticos y arqueológicos, con un nombre propio para acabar: Francisco de Bruna. Conocido como el señor del gran poder, porque capitalizó el poder político y judicial de la Sevilla ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII, se reivindica aquí su labor cultural. De su mano, y gracias a sus descubrimientos en Itálica, nació el primer museo arqueológico de la ciudad, que ubicó en el Alcázar y que incluía la estatua de Trajano, todavía centro del museo actual. Otra huella más de una época a la que Sevilla reserva poco hueco en su memoria. Hasta ahora.

 
 
 
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