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LA TORRE Y LOS ASTILLEROS PDF Imprimir E-mail

DIARIO DE SEVILLA / 13/11/2016

JOSÉ ANTONIO CARRIZOSA

Cuando Caixabank recogió los restos del naufragio de las dos cajas de ahorros sevillanas -recuerde el lector que tenga edad para ello lo que significaban en la Sevilla de final del siglo XX El Monte y la San Fernando- se encontró, entre otras muchas cosas que por ahora quedan en la historia oculta de la ciudad, un rascacielos a medio construir. La entonces llamada Torre Pelli, ahora rebautizada -sin mucho esfuerzo de imaginación, la verdad- como Torre Sevilla, había sido concebida como una provocación paisajística más que como una respuesta a la necesidad de contar con grandes equipamientos de oficinas y comercios, de los que se andaba sobrados en el centro y en otras muchas zonas, en los terrenos que habían albergado la Expo 92. Era una provocación de la misma escuela ideológica de la que por la misma época se llevaba a cabo en la Encarnación con las setas de Jürgen Mayer. El edificio de madera en el solar del antiguo mercado sacudía los cánones aceptados como permisibles, por los que se creen dueños y señores de esos cánones, en la zona histórica de la ciudad, mientras que el rascacielos perpetraba la herejía de dejar enana a la Giralda, a no demasiada distancia. Estas cosas en Sevilla no salen gratis y dan lugar a encendidos y estériles debates que se eternizan hasta que la realidad impone sus argumentos inapelables, como ha pasado en uno y otro caso.

Caixabank, seguro que tirando de lógica más que de ganas, decidió que no podía hacer otra cosa que terminar la altísima estructura que le había tocado en herencia y actuar con inteligencia para hacer de aquello un emplazamiento atractivo y convertirlo en una zona emblemática de la ciudad del futuro. Los resultados están a la vista. La ocupación de la torre avanza a un ritmo mejor del que se podía prever cuando se terminó la obra, el hotel ha venido a echar una mano al igual que lo ha hecho el traslado del Caixfórum tras el fiasco de las Atarazanas. Si las cosas no van muy mal en el área comercial todavía en proyecto, se habrá creado en la zona más moderna de la ciudad un polo de atracción que puede aportar interesantes dividendos a la ciudad. Cuando la cosas se hacen bien suelen dar resultados.

No se puede ser tan optimista en el otro gran proyecto de la entidad financiera para Sevilla. La rehabilitación de los antiguos astilleros del Arenal se eterniza sin que se le vea final y sin que Sevilla pueda recuperar un edificio histórico de características muy singulares y con un potencial enorme. El proyecto del arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra, que hasta donde llegan mis cortas entendederas en este tipo de asuntos es espectacular, ha recibido una oleada de ataques de los conservacionistas que ha desembocado en la paralización por parte de un juzgado de la licencia de obras que ya había dado el Ayuntamiento tras las preceptivas autorizaciones patrimoniales. La ofensiva en contra de la intervención en las Atarazanas se ha producido ante el silencio de la entidad financiera, la Junta de Andalucía e incluso el propio arquitecto. Lo cierto es que la única posibilidad real en estos momentos de puesta en valor de un recinto abandonado a su suerte desde hace décadas está en claro riesgo de malograrse y Sevilla de volver a perder una oportunidad. La ciudad está especializada en dejar pasar trenes. Muchas veces esos trenes se pierden porque logra imponerse una visión de las esencias sevillanas alérgica a cualquier innovación. El progreso, obviamente, no es destruir lo que existe; es aprovecharlo para que cumpla una función que sirva a la comunidad. Las Atarazanas, tal y como están, son un monumento al abandono y una muestra de desprecio a nuestro patrimonio, uno de los activos, a falta de otros, fundamentales para Sevilla y su futuro.

 
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