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25

Oct

2017

ALEIXANDRE, EL NOBEL MÁS TRISTE PDF Imprimir E-mail

CORREO DE ANDALUCÍA / 10/10/2017

ISMAEL G. CABRAL

«Fue algo completamente inesperado, de verdad. Sabía que estaba propuesto para el Nobel, pero precisamente minutos antes de que me llamaran los de la agencia France Press para darme la noticia, había leído en la prensa de la mañana la lista de los finalistas al premio. Como no estaba incluido en ella pensé que no me lo darían, por eso la sorpresa ha sido mayor». Así se expresaba Vicente Aleixandre (1898-1984) al periodista de El País que le telefoneó el 6 de octubre de 1977 para tener unas primeras impresiones del poeta tras haber sido reconocido con el Premio Nobel de Literatura, la más alta distinción del mundo de las artes.

Ahora, cuando se cumplen exactos 40 años de la concesión de aquel galardón, parece que urge más que nunca poner en valor la obra del escritor sevillano. La Academia Sueca le concedió el premio en base a «su obra poética creativa que, enraizada en la tradición de la lírica española y en las modernas corrientes, ilumina la condición del hombre en el cosmos y en la necesidad de, la hora presente». Obtuvo entonces 12 millones de pesetas.

A pesar de su condición de sevillano, a la que nunca renunció aunque abandonó su ciudad natal a los dos años de nacer, la obra de Aleixandre es muy desconocida, no solo en Sevilla, también globalmente. Es probablemente su legado el menos divulgado de entre los poetas que formaron la Generación del 27, opacado quizá por las figuras de autores más mediáticos como García Lorca, Alberti y Cernuda, entre otros. «De hecho, sólo se conocen de sus poesías completas dos ediciones, la de Aguilar y la de Visor, no habiendo tenido revisiones como le ha ocurrido a Cernuda o Lorca», explica el filólogo Javier Maestre.

Distinguido como Sevillano de Honor en 1978 por impulso de Radio Sevilla a raíz de su galardón internacional, Aleixandre lo llamó el Nobel «del sufrimiento y el dolor» debido a su delicado estado de salud. Fue a recogerlo a Estocolmo en su nombre el poeta canario Justo Jorge Padrón; por aquel entonces Aleixandre padecía un herpes en la cara y no recibía visitas. Y las pocas personas que accedían a él lo encontraban, según las memorias del poeta Joaquín Caro Romero, «en la planta baja de la casa siempre tumbado en un sofá, con una manta que le tapaba hasta el cuello y su perro a los pies. En los 23 años que yo mantuve una amistad con él tuvo varios perros pero siempre le puso el mismo nombre, Sirio».

Hoy, el autor de Historia del corazón está en el más profundo de los olvidos, casi rescatado únicamente por las referencias a él en los libros de texto escolares. Ello a pesar de que aquel Nobel no vino solo a premiar la trayectoria de un poeta, también y de manera indirecta, volvía a señalar a España en el mapa, resituándola culturalmente tras el ostracismo de la dictadura franquista. «La sangre de la Guerra Civil española se ha secado en Suecia. Después de casi cuarenta años de profundo divorcio mental, mucho más extenso, triste y desalentador que la distancia física que separa a Suecia de España, el Instituto Nobel se suma a las esperanzas sin límites de millones y millones de españoles, de millones y millones de europeos, por el futuro de nuestro país, rindiendo tributo y dando eco universal a uno de los mejores poetas que ha formado España: Vicente Aleixandre», escribía el corresponsal en Suecia del periódico ABC.

Pero el escritor es, según su biógrafo, el historiador Emilio Calderón, «el Nobel más olvidado de todos». «Pocos poetas amaron tanto y sufrieron a la vez con tanta intensidad como Aleixandre por culpa del amor; sin una vida amorosa tan intensa y plena, Aleixandre no hubiera sido el mismo hombre y, en consecuencia, tampoco el mismo poeta», dice su mayor estudioso trazando otro aspecto biográfico fundamental del sevillano. Otro elemento en el que repara es la fidelidad de Aleixandre a los amigos, como el caso de Miguel Hernández: «Sin su intervenciones Hernández no gozaría del prestigio que hoy disfruta; él era amigo de todos los poetas, así como un ‘confesor de almas’, como lo llamó en su día Luis Cernuda», cuenta Calderón.

En la Sevilla de hoy, su huella se circunscribe al Paseo que lleva su nombre en el interior de los Jardines del Cristina y el monumento a su memoria enclavado en la Plaza homónima que se encuentra en el barrio del Porvenir. También un instituto le honra con su denominación. Nada más. La huella de Aleixandre es tan débil que incluso su casa en Madrid, Velintonia, en el distrito de Moncloa, ha estado años en total abandono. Ahora, el Ayuntamiento de Madrid trabaja para proteger el inmueble de dos plantas. «Es una casa que durante cincuenta años estuvo acogiendo a personajes del mundo de la cultura, especialmente escritores y poetas», recuerda el biógrafo. Aleixandre dejó escrito que «olvidar es morir». No sabía el autor de Poemas de la consumación que su aserto iba a resultar tristemente tan profético.

 
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