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19

Ene

2018

LAS PIEZAS DEL PUZLE EN UNA MANO Y EN LA OTRA UN PELUCHE PDF Imprimir E-mail

CORREO DE ANDALUCÍA / 24/11/2017

GABRIEL RAMÍREZ LOZANO

La admiración por nuestros mayores debería ser una constante en la sociedad actual. Son ellos los que nos pueden indicar el camino. Por su experiencia, porque ellos vienen de cometer todos los errores posibles que podemos evitar con sus consejos y porque vienen de disfrutar de grandes logros que sólo podemos imitar sabiendo cómo se llegan a conseguir objetivos dificultosos. Los mayores son el pilar de nuestra sociedad y por ello merecen nuestra consideración y admiración.

Nicolás Salas me recibe en su domicilio. Mientras se prepara, charlo con uno de sus hijos sobre todo lo que tiene que ver con la música. Con el jazz y el rock andaluz fundamentalmente. Llega Nicolás. Nicolás comienza hablando de la historia de Andalucía y de Sevilla. Parece que las conoce bien y apunta algunos aspectos de lo más interesantes.

«No te olvides de algo muy importante: en el primer tercio del siglo XIX, Andalucía es la primera región de España. En todo. Aporta al PIB español de la época una cuarta parte del total. Era una región muy superior al resto. Mira, Andalucía aportaba el 25 por ciento del PIB y Cataluña no llegaba ni al 10 por ciento. Pero se produce un efecto curiosísimo que consiste en la llegada a España de todo lo que llega de Filipinas, Puerto Rico y América del Sur. Efecto de la descolonización. Toda esa riqueza que llega se va acumulando en Cataluña, País Vasco y Madrid. Pero, sobre todo, en Cataluña. Eso supone un cambio radical en la economía nacional puesto que Cataluña da un giro de 180 grados a la suya y eso afecta al resto del país. Y es en ese momento cuando la decadencia de Andalucía se acusa de forma más notable. Esa decadencia tiene su origen en los tiempos de la Reconquista y evoluciona paulatinamente hasta nuestros días».

Nicolás Salas va desgranando el tiempo hasta llegar a ese momento histórico en el que llega la autonomía para Andalucía.

«Vivimos un momento excepcional con la llegada de la Autonomía. Pero hay que decir que ha sido un fracaso. Tanto aquí como en el resto de España. Y por supuesto se están llevando por delante el Estado. Además, es un problema que no tiene solución.España ha entrado en un callejón sin salida en todos los sentidos. Las regiones actúan en beneficio propio y no en busca del beneficio común».

Nicolás Salas es un hombre entrañable. Mientras me va contando, salpica su discurso con aspectos cómicos que nos sacan de la conversación para que nos tomemos un instante de descanso. El humor andaluz mezclado junto con la erudición configuran un cóctel muy divertido. Retomamos la charla.

«En el siglo XX encontramos tres hitos que resultan claves para la historia de Sevilla. La Exposición Universal de 1929, la de 1992 y, entre medias, el Tarmarguillo. La exposición del año 1929 tarda veinte años en elaborarse y se hace contra los criterios de las clases dirigentes de la ciudad. Esa exposición la quiere el pueblo, pero no los que mandan Sevilla. Esto no se puede olvidar nunca. Eso produjo una cadena de enfrentamientos terribles en el Ayuntamiento, en la comisión de la exposición... Hay un caso que lo explica todo. Cuando Aníbal González se decide a hacer la plaza de América, se encuentra con que el Ayuntamiento no ha determinado donde irán los diferentes edificios, ni piensa hacerlo en breve. Y él, sin que el Consistorio autorizara la construcción, se pone manos a la obra. Es decir, la plaza de América está hecha contra el criterio del Ayuntamiento de Sevilla de la época. Bueno, pues se hace la exposición gracias al Rey Alfonso XIII, a Miguel Primo de Rivera y a José Cruz Conde. Esta exposición supuso que Sevilla entrase en el siglo XX con un cuarto de siglo de retraso».

Saltamos en el tiempo para que Nicolás siga encajando piezas en un puzle del todo apasionante.

«Llegamos al final del siglo XX. En sólo cinco o seis años, Sevilla logra conseguir lo que fue la Exposición Universal de 1992. Y,además, es una exposición que sí altera toda la ciudad, acaba con una red ferroviaria que la tenía atenazada; se recupera el Guadalquivir y, sobre todo, expande Sevilla. Este sí es un avance radical que coloca a Sevilla en el siglo XXI con adelanto. Una cosa muy curiosa».

Según me va descubriendo la historia, Nicolás Salas me mira sonriendo y con un brillo muy especial en los ojos. Atiendo como si fuera un colegial.

«Entre medias de las dos exposiciones se produce una metamorfosis de la ciudad que cambia por completo el panorama: el Tamarguillo, que es una inundación que no tiene trascendencia desde el punto de vista victimario porque se produce a mediodía y no hay víctimas. Pero sí coloca sobre la mesa lo que era la ciudad y que se ignoraba. Existía un cinturón de la miseria compuesto por 53 suburbios que rodeaban la ciudad y que estaban incluso dentro del propio plano sevillano. Esto origina 25 refugios de fortuna para acoger a la gente que se va de las chabolas y de los que tratan de escapar de lo que se conoce como arriados de secano (los que vivían en el casco antiguo no sufren la riada como los que viven fuera, pero sus casas se caen a causa de ella). Por fin, el Gobierno de Madrid se fija en Sevilla y se vuelca con ella. Se crean, a partir de entonces, más de 200 barriadas y núcleos urbanos nuevos que rellenan los huecos que habían quedado libres en el plano de Olavide».

Nicolás Salas fue una figura muy importante durante los años previos a que llegase la democracia a España y, posteriormente, durante la Transición. Una etapa convulsa muchas veces aunque llena de retos apasionantes que esperaban en el futuro incierto. Le pido que me hable sobre este asunto.

«Mira yo he tenido la suerte de vivir una experiencia única en el mundo del periodismo: ser director de ABC en Sevilla durante la Transición española. Supuso para mí una experiencia muy negativa. Ten en cuenta que estaba amenazado de muerte por ETA y por el Grapo. Vivía con escolta día y noche, con cinco hijos pequeños y no sabía, cuando salía de mi casa, si iba a regresar. Pero, al mismo tiempo, tenía que formar una redacción. Si de algo puedo estar orgulloso no es de mi trabajo sino del de mi redacción».

Nicolás hace una pausa. Me habla de lo importante que fue que sus redactores dejaran a un lado sus ideas políticas para ser, sobre todo, periodistas.

«Tenía como misión contar la verdad de Sevilla. Y está en el periódico. Todo gracias a mi redacción».

Nicolás Salas conoce Sevilla. Muy bien.

«Sevilla vivió una evolución-revolución durante los años sesenta y setenta que modifica completamente, no sólo a la propia ciudad, sino que cambia a toda España. Así de importante es Sevilla».

Tener a Nicolás Salas enfrente y no hablar de periodismo es un delito. Y si no lo es debería serlo. Se me acaba el tiempo y uso esos minutos finales que dan tan poco de sí para que exprese alguna recomendación a esos cientos de jóvenes que sueñan con ser periodistas.

«Ser periodista es ser la voz de los sin voz. Llevar a la opinión pública todo aquello que debe llevarse y para lo que no existen otros medios de hacerlo llegar. El periodista tiene que ser un servidor total de la verdad. Lo que sucede es que, por cuestiones empresariales, el periodista ha dejado de ser el motor de la redacción. Demasiados jefes en las redacciones, empresas que ya no son fabricantes de periódicos sino de otras cosas. Para ser periodista de verdad hay tres normas que no se pueden dejar de cumplir: ser persona –honrada, noble–; no tener tiempo nada más que para tu periódico; y no hacer nada que no quisieras que te hicieran a ti. El resto viene solo. El periodismo es una profesión hermosa, llena de momentos que culminan tus aspiraciones. El periodismo no morirá nunca. Otra cosa es que hayan muerto los periódicos».

Hoy hace calor en Sevilla. La humedad se une. Paseo por la calle Betis. Una mujer canta, en su casa, una canción en inglés. Asomada a la ventana, con los auriculares puestos, desafina y alza el tono sin saberlo. Unos metros más allá, un niño llora. Supongo que lo hace en español aunque él no lo sepa. También alza el tono más de la cuenta y desafina sin límite. Y el abuelo trata de calmarle enseñándole un juguete. Con paciencia, logra que el crío se fije en el peluche y deje de llorar. Sin dar importancia al gesto, ese abuelo hace cierta esa idea a la que llevo dando vueltas toda la tarde: son ellos los que siempre tienen un peluche cerca para entregarnos un poco de sensatez, de calma, de sabiduría. Y así dejamos de llorar. Gracias a ellos y sólo por ellos.

 
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