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HAY QUE IR AL CINE CERVANTES PDF Imprimir E-mail

ABC SEVILLA / 16/11/2017

Ojú, Burgos, esto suyo de su artículo de usted parece que se ha convertido últimamente en la orden del día de una unidad militar, sólo falta el oficial de semana: que si hay que comprar yemas de San Leandro para ayudar a las madres agustinas que se les está hundiendo el convento y que el Duque de Seborge quiere auxiliar uniéndolo a la visita turística a la Casa de Pilatos; que si hay que ir al Cine Cervantes, y me imagino las razones que va a exponer usted... Así que por las mañanas, cuando coja el ABC y después de ver las esquelas por si hay que ir a algún funeral me ponga a leer su artículo, en vez del "A ver qué dice hoy Burgos", como pienso siempre, tendré que cambiarlo por: "A ver qué nos dice hoy Burgos que tenemos que hacer para salvar un trozo lleno de vida de la Sevilla que nos hemos cruzado de brazos y se nos va..."

Pues sí, querido lector: piensa usted bien. Al Cervantes, al antiguo Teatro Cervantes de Doña Concha Piquer y de Margarita Xirgu, al posterior Cine Cervantes de los grandes estrenos del empresario Hernández, lo han declarado algo que tiene un nombre muy feo, pero muy necesario: BIC. Así es como llaman ahora a los que antiguamente, como Santa Catalina o la Capillita de San José, fueron declarados Monumentos Nacionales bajo el reinado de Don Alfonso XIII. Eso de "monumento nacional", como seguramente mosqueaba por "nacional" a los separatistas catalanes y vascos, ya no se dice. Y le han puesto un nombre cuyo acrónimo es el que usa, pero que suena a bolígrafo: BIC, Bien de Interés Cultural. Solamente faltaba que hubieran establecido dos categorías administrativas en la declaración de monumentos: BIC naranja, que escribe fino, y BIC cristal, que escribe normal.

Igual que me pareció una puñalá trapera la multa de 170.000 euros a las clarisas de Santa Inés por restaurar el órgano de Maese Pérez (a quien llamé "Pedro", porque la memoria me hizo confundirlo con el truchimanesco retablo cervantino del Quijote al que puso música Falla), me parece estrictamente de cine, de cine Cervantes, de cine Llorens y de cine Trajano que la Junta haya declarado monumento (me niego a lo de BIC, yo soy de bolígrafo Cross por lo menos) a estas tres reliquias del cinematógrafo hispalense, tres salas con historia. De las cuales tres, o me equivoco como con el becqueriano Maese Pérez el organista, o la única que sigue funcionando como tal es el Cervantes, construido en la segunda mitad del siglo XIX por Juan Talavera y de la Vega, el padre del arquitecto del regionalismo, de Juan Talavera Heredia, y que se reformó en 1896 y en 1909, y que ha llegado hasta nuestros días con las modificaciones que en los años 50 hicieron dos sevillanísimos arquitectos, como don Alberto Balbontín y don Antonio Delgado Roig.

Frente a un Llorens convertido en salón de tragaperras y a un Trajano que luego fue cine de "catre y ensayo" (como decía con su guasa sanluqueña mi recordado profesor don Enrique Sánchez Pedrote), abierto después como pornográfica Sala X y ahora cerrado, el Cervantes a trancas y barrancas sigue abierto como cine. Una maravilla de sala, a la que hay que ayudar. Un monumento en sí: conservar intacto un cine de toda la vida en esta época de salas multicines. Si hay películas apropiadas, lleven a sus hijos y nietos al Cervantes, para que vean cómo eran de señoriales y grandiosos los cines de Sevilla. Fui allí a ver "Dunkerke" y me quedé maravillado de las dimensiones de la sala, de su lámpara de araña de Vicente Cebriá, de sus butacas maravillosas, de su escenario aún como de teatro. Me parecía que por aquel gallinero aún resonaba la voz de la Piquer. O que en aquella pantalla aún se proyectaban las películas de Cifesa o del primer Berlanga. Lo haya declarado la Junta o no como tal, el Cervantes es un auténtico monumento vivo del cine, al que hay que proteger y ayudar de la mejor forma: yendo allí a ver películas y dejarnos de multisalas. Entrar en la sala del Cervantes, ay, es penetrar de la nostalgia de los grandes cines del centro. Ayer hizo años de la muerte de Romero Murube. O sea, de los cielos que perdimos... y de los cines que perdimos. Excepto el muy benemérito Cervantes.

 
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