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Mar

2018

LA CASA ENCENDIDA PDF Imprimir E-mail
Iglesias y Conventos

ABC SEVILLA / 5/3/2018

FRANCISCO ROBLES

Porque todo es igual y tú lo sabes, has vuelto al lugar donde la infancia es inmaculada como la vida que buscas en ese lugar concreto de la ciudad. El cielo, barroco de nubes que esponjaban el algodón del mediodía. Las calles son tan tuyas que están en la palma de tu mano, en las venas que por fuera recorres y en las arterias que te recorren por dentro. Aquel niño sigue vertebrando tu alma y tu memoria. Es el esqueleto que se niega a convertirse en la prematura canina que convierte la vida en el duro oficio de esperar la llegada de la muerte. Eso nunca. Para eso no te trajo al mundo la mujer que te sigue llevando con su nombre de la mano hasta el templo donde los apóstoles le piden al Cristo que no pase el momento de la suprema felicidad. El Monte Tabor puede estar en cualquier sitio. Solo hay que tener la necesaria voluntad para encontrarlo. Y ayer lo encontraste, una vez más, en ese lugar donde la luz del mediodía buscaba la sombra antigua del Amor.

De aniversario está la hermandad. Fusiones que van más allá de los papeles y que llegan al fondo del alma donde brilla la luz interior de esta ciudad de contraluces y entreluces. El Amor se fusionó con la infancia a través de ese nudo que establece el Señor con los niños. Y sanseacabó. A partir de ahí podremos especular lo que queramos. Pero cuando un niño dirige su mirada limpia al Señor de la Sagrada Entrada, entonces entra la Borriquita en su alma y ya no lo abandona para siempre. Y eso fue lo que sentiste cuando viste el pelícano situado en el frontal del paso. Ese pelícano con sus crías. Esa historia de tus hijos que son los dos claveles que siempre le faltan al Cristo, porque una tarde de víspera y de abril se los llevaron a un hospital cuando más los necesitabas. Y eso tampoco se olvida. Porque el olvido jamás puede ser la carcoma que el tiempo utilice para corroer lo más sagrado, lo más puro, lo más auténtico de la vida: el Amor.

Cuatro siglos de historia y cuatro Cristos de Juan de Mesa. Qué bien puso los nombres el que los nombres ponía. Son los cuatro puntalitos que sostienen el corazón del hombre. El Gran Poder que nos sirve para enfrentarnos con la vida, la Conversión que siempre nos ofrece la posibilidad de encontrar la Verdad por muy malvados que hayamos sido, la Buena Muerte que nos libera de la angustia existencial del ser humano... y el Amor. Los nombres nos llaman y nosotros los buscamos. Solo podemos pedirle a Dios esas cuatro necesidades. El hombre que esculpió a Dios y que hoy estará hablando de su novela con tu amigo Fernando -Dios, cómo duele la ausencia en el frío cortante de los botellines halados como el alma- sabía que el hombre necesita solo eso: el poder para levantarse cada mañana en busca del afán nuestro de cada día, la puerta abierta para volver a Dios cuando a Dios se le vuelve la cara, la suavidad de la Buena Muerte como un tránsito de la Nada al Todo... y el Amor.

Ante el retablo barroquísimo y volandero de Cayetano de Acosta, el Cristo de los Cristos aparece como un lirio moreno de Judea, clavel de España en el verso lorquiano. Ese abrazo de Bernini como una columnata que va más allá del húmero, del cúbito y del radio. Ese Laocoonte cristiano que vence a la sierpe de la muerte. Esa nariz hebrea y ese perfil patriarcal que le dan un aire al Padre. Esa manera de abrazar y de abrazarnos cuando llega la oscura noche del alma y San Juan de la Cruz le escribe sus liras a solas en la iglesia, con la luz apagada: «Descubre tu presencia, y máteme tu vista y hermosura; mira que la dolencia de amor no se cura sino con la presencia y la figura».

He aquí la presencia y la figura. He aquí el oro viejo del canasto, el aliento que desprenden las volutas de los respiraderos, el faldón echado, los candelabros que convierten la tiniebla del codal en la miel acristalada por la luz. Has vuelto a leer a Luis Rosales sin leerlo. Porque todo es igual y tú lo sabes, has regresado a la inmaculada infancia, con la cruz de Santiago al pecho y con el nombre de tu madre grabado a fuego en la mano con la que ella escribe. Y has dicho lo mismo que el poeta: gracias, Señor, la casa está encendida.

 
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